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Un año de León XIV

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Ramón Fernández Aparicio

València

Tuve la gracia de asistir hace ahora un año, desde la plaza de San Pedro, al anuncio de su elección del papa León XIV. Recuerdo todavía el humo blanco elevándose sobre la Capilla Sixtina, el silencio expectante que la multitud, y, después, la sonrisa contenida y los ojos vidriosos de aquel hombre vestido de blanco que se presentaba por primera vez ante el mundo.

Desde entonces ha transcurrido un año de un pontificado de este "león manso" que no ha tenido miedo de enseñar las garras frente a los nuevos tiranos de nuestro tiempo: la guerra, el descarte de los pobres, la idolatría del poder o la cultura del odio y la polarización.

 Dentro de apenas un mes lo recibiremos con los brazos abiertos en Madrid, Barcelona y Canarias. Y me gustaría animar especialmente a los jóvenes a acudir a este encuentro. Porque no recibimos simplemente a un líder religioso más, ni a un ídolo de masas. Recibimos al sucesor número 267 del apóstol Pedro, la piedra sobre la que Cristo quiso edificar su Iglesia.

Resulta conmovedor recordar que Pedro fue aquel hombre que negó tres veces al Señor, lloró amargamente su pecado y escuchó después, junto al lago de Galilea, también por tres veces, la pregunta decisiva: "Pedro, ¿me amas?". Sobre esa fragilidad quiso construir Cristo la Iglesia.

Por eso el entusiasmo de tantos jóvenes y familias ante la visita del Papa no puede explicarse solo sociológicamente. Quizá sin conocer mucha teología, quienes viajarán para verlo intuyen que en el papa encontrarán a Pedro: al mismo tiempo firme y frágil, roca y pecador sostenido por la gracia. Y que quien estrecha su mano o escucha su voz, se encuentra de algún modo con aquello que santa Catalina de Siena llamó en una expresión inolvidable: "el dulce Cristo en la tierra".

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