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Carta de una maestra a otra

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Begoña Gorgues Sebastián

Paiporta

Son las cuatro de la tarde del décimo segundo día de huelga. Volvemos a estar a la sombra (afortunados de haberla conseguido) de la calle en la que se encuentra la Consellería de Educació. La puerta está cerrada. Hoy tampoco nos dejan entrar. La marea verde resiste, a más de treinta grados, con paraguas, abanicos, toldos, sillas de camping botellas de agua, megáfonos, pitos e instrumentos musicales. La comunidad docente insiste mientras al otro lado de la valla, la cúpula de Conselleria, extiende otra vergonzosa propuesta de acuerdo. 

Han pasado casi tres semanas, han dimitido centenares de equipos directivos, hemos vivido manifestaciones históricas, no han conseguido pararnos. A pesar de las mentiras, el desprestigio, las faltas de respeto, las pérdidas económicas y el cansancio físico y psicológico, hemos escogido seguir luchando. 

Una gota de sudor recorre mi espalda, las piernas me pesan, el reloj vibra, leo una nueva notificación: la negociación no avanza. Miro las caras de mis compañeros, los músicos tocan otra canción que cantamos sacando fuerzas de donde ya no quedan: “consellera, consellera, que la pública s’ofega i al final reventarà”. 

Estoy cansada y me invade la desesperanza. Me pregunto si todo esto servirá de algo y trato de calmar la impotencia y la rabia sacando de la riñonera el silbato y soltando en él el aire contenido en esta jornada tan parecida a las anteriores. 

Es entonces cuando la veo entre la multitud: la cara de la consellera pegada a un cartón, como si fuera un ninot de Falla. ¿No le da vergüenza verse así? ¿Puede dormir por las noches sabiendo el número de colegios afectados por la DANA que siguen en barracones? No lo entiendo. No me cabe en la cabeza cómo una persona que ha dedicado su vida a la educación pública sea capaz de menospreciar y maltratar de esta manera a la comunidad docente. 

Maricarmen, me dirijo a ti como compañera. Tú, antes de inspectora y consellera, fuiste maestra. Tú también miraste a los ojos a la infancia y viste en ellos la vulnerabilidad, probablemente, sentiste la necesidad de proteger, cuidar, consolar y abrazar a tantos niños y niñas que se cruzaron en tu camino. ¿Ya no recuerdas el calor de las aulas en verano? ¿Te has olvidado de los centros que se caen a trozos? ¿Nunca has dado clase en barracones? ¿Cómo es posible que no quieras escucharnos? 

Somos conscientes de que quienes nos gobiernan apuestan por la élite, pero tú escogiste la escuela pública. Quizá, algún día, como tantos de nosotros, supiste ver en ella los valores que reclamamos ahora: un derecho fundamental, un espacio de libertad, un refugio para todo el alumnado, independientemente de su origen, características y procedencia. El primer escalón para garantizar la igualdad real de oportunidades. Esta lucha va más allá de un colectivo que reclama mejoras en sus condiciones laborales. Dignificar la escuela pública es apostar por una sociedad en la que todos y todas tengamos cabida. Proteger lo público en un acto de rebeldía frente a un sistema en el que el dinero manda. Alzarse para evitar los recortes en Sanidad y Educación es cuidar el mayor tesoro que tenemos en este país, es luchar por una sociedad más justa, compuesta por ciudadanos críticos capaces de tomar decisiones responsables. Ese es el motivo de nuestra lucha. 

Quizá tú, Maricarmen, solo eres la cabeza de turco de un gobierno cínico, mentiroso y manipulador al que lo único que le importa es el poder, pero si algún día sentiste la vocación de la misma forma que lo hacemos nosotros, si queda algo de ese ADN de maestra de infantil (alabada por antiguos compañeros y alumnos) pregúntate qué estás haciendo, deja a un lado el orgullo y dile a tu partido que paréis de hacer el ridículo. Esta lucha acaba de empezar. Sabes que tenemos la razón. Pase lo que pase, ya hemos ganado. Pero todavía tienes la oportunidad de redimir tu errores. ¿En qué bando quieres estar, señora consellera? 

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