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Va de bous

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José Luis Vicent Marín

València

Me llaman Indulgente porque desde que era novillo, cada vez que derribaba algún humano y veía el temor en su mirada, me apenaba de él y daba media vuelta satisfecho de no haber terminado con sus ilusiones por una simple demostración de fuerza.

Por suerte, ahora los de mi especie estamos de enhorabuena, porque desde que un torero retirado impone su criterio desde la sombra rescatándonos del ostracismo, nuestra reputación ancestral se recupera poquito a poco, y como quien no quiere la cosa, nos están elevando a un nivel insospechado hace apenas tres años. Estamos ocupando la parrilla televisiva autonómica en franjas de máxima audiencia, con debates, conferencias y retrasmisiones en directo o históricas, recortando informativos si hace falta y sin atender a los horarios infantiles, aunque creo que eso les da igual o hasta lo prefieren. Al fin y al cabo, formamos parte, en su lenguaje político, de la cartera de cultura donde nuestro renglón ha sido agraciado con un aumento significativo del presupuesto, ya sea subvencionando ganaderías, fundaciones, escuelas, corridas propiamente dichas o fiestas populares de esas en las que nos sacan a corretear por las calles y plazas de los pueblos con los pitones incendiados.

Un gran acierto sin duda, la gente ya está un poco harta de estilos arquitectónicos, instalaciones de arte incomprensibles, obras de teatro polémicas o películas de autor cuando lo que quiere es divertirse. Y aunque los macrofestivales están que se salen, ¿qué mejor fiesta que la de los toros que según dicen aumenta significativamente el PIB?

Ahora mismo estoy un tanto nervioso porque he escuchado mi nombre y mi peso, ¡qué grande soy!, y deben estar a punto de darme paso por la puerta de toriles. La verdad es que tengo muchas ganas de contribuir a su júbilo enfrentándome a una verónica o una revolera, así como a los tercios de varas, de banderillas y de muerte ¡qué términos tan divinos! Y al final, aunque en mi agonía ya no pueda verlo muy bien, sentir el filo de la espada atravesando mis entrañas hasta provocar un vómito sanguinolento para, a continuación, apenas teniéndome en pie y dado que mi hoyo de cruces está claramente definido, recibir el estoque certero que me fulmine sin paliativos. Ojalá instantes después aún sea consciente de la decisión de Presidencia y de cómo otorga al diestro mis dos orejas y el rabo para ofrendarlos a un público entusiasta y enfervorizado mientras un tiro de caballos me arrastra por la arena con las patas tiesas apuntando al cielo.

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