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La moda de la espiritualidad

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Víctor Calvo Luna

València

Mi abuela materna, Vicenta, decía que ella creía en Dios, pero no en los curas. Las pocas veces que iba a misa, permanecía todo el tiempo de rodillas. No sé si lo hacía como sacrificio y homenaje al altísimo, o porque, a su edad, ya no podía levantarse con facilidad tras la genuflexión. Yo no entendía su gesto, pero lo respetaba y la ayudaba a incorporarse. Con el tiempo he llegado al convencimiento de que aquella conducta extravagante de mi abuela era fruto de una honesta y verdadera espiritualidad; de una conversación trascendental y privada con ese dios que confiaba y respetaba, y al que acudía en los momentos difíciles de su vida. Que lejana queda hoy aquella conducta espiritual e íntima de mi abuela comparada con los fastos, el folclore y el sensacionalismo de la visita papal a nuestro país; con las canciones y atuendos de Rosalía; con la religiosidad convertida en objeto de moda y consumo; del que desconocemos su contenido pero nos deslumbra su envoltura. Vicenta, nos queda un consuelo y una certeza: las modas pasan, mientras que las ideas permanecen.

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