La península de los campos vacíos
Víctor Calvo Luna
Los incendios de este verano están asolando aquella tierra que se podía cruzar saltando de árbol en árbol. Ahora, también le ha llegado el turno a Portugal (tan cerca y tan lejos). Alguien ha comentado en las redes: «al campo le faltan cabras, y a los despachos les sobran cabrones». Y es que la rabia e impotencia que provoca el abandono de nuestros pueblos está justificada. Los políticos solo se acuerdan de la España vaciada en las campañas electorales y las tragedias «naturales». Quieren reparar su mala gestión con actos populistas y emotivos (algunos incluso gimotean). Parece tema para el realismo fantástico, pero, desgraciadamente, se trata de la cruda verdad del abandono y la desidia gubernamentales. Utilizando a nuestros clásicos, se trata, también, de la «crónica de una tragedia anunciada». La realidad es tozuda. Podemos negarla y cerrar los ojos, por inoperancia o por interés político; pero, al final, nos alcanza y se lleva por delante a los más indefensos y vulnerables; pero, acto seguido, a los responsables políticos de la devastación.
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