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Wilkes, Caszely, Cruyff y Pedja

Es una pena que el año pasado, enfrascados como andábamos entre tantas angustias, se nos escapara como un suspiro el 16 de diciembre de 2013. Se cumplían nada menos que cuatro décadas de uno de esos momentos que dan oxígeno al hincha para volver al túnel otro siglo con la esperanza de ver la luz algún día. Carlos Humberto Caszely, una de las mayores rarezas de nuestra historia, metía cuatro goles en el mismo partido, bajo los focos de la capital, aunque fuese el Rayito la víctima. Una matinal para la eternidad. Rayo 0-Caszely 4.

Es un tipo genial este Caszely. Lo hemos comprobado por enésima vez con su visita de hace unos días a Valencia. Magnífico contador de historias, inmejorable comercial de sí mismo. Carlos aprovecha cada viaje a Europa para pasarse por Orriols y mantener viva la red de afectos. Se agradece enormemente. Es un tipo más valioso de lo que dice su palmarés. Uno de los grandes en la Sudamérica no albiceleste o «verdeamarela». Goleador histórico de Chile, leyenda de Colo-Colo, donde aún recuerdan un tanto electrizante en la Libertadores en marzo del 73: «Se pasó, se pasó», rugía el Estadio Nacional después de que el regordete se estampara contra la red rival con el portero y media defensa detrás. Pocos meses después Pinochet convirtió aquel estadio en campo de concentración y Carlos se guarecería en el soleado exilio valenciano de los riesgos de un país en que su vieja amistad con Allende le había dejado muy expuesto. El insolente chileno, con todo, evitaría la mano del dictador en una convocatoria con la selección, una anécdota que le convirtió en símbolo para siempre.

Carlos no ha sido nuestro único «Caszely». Pocos clubs del pelotón de los pequeños pueden presumir de semejante «hall of fame». Es un fenómeno muy recurrente en Orriols: traerse a grandes glorias, generalmente en su declive como estrategia mediático-deportiva para acelerar la salida del hoyo. Parece una broma que un club con un historial tan escualido como este cuente en su currículum con un quiebro de Wilkes, una gambeta de Caszely, un galopada de Cruyff o un libre directo de Mijatovic. En realidad, fueron gestos de desesperación. Gestiones disparatadas que, lejos de auparnos, nos pusieron contra las cuerdas.

Recordar aquellos episodios desde otra actitud que no sea la media sonrisa complaciente con el desastre que hemos sido no tiene mucho sentido, sobre todo cuando se trata de tipos tan agradecidos como Carlos Caszely. No andamos sobrados de mitos a los que recibir con honores. Nuestras circunstancias históricas nos han convertido en pasarela de lanzamiento para jugadores que empiezan, en estación de avituallamiento para los que necesitan parar y reencontrarse antes de continuar con su viaje a la gloria, en refugio para buscavidas que ya van de retirada. Apenas hemos podido crear y disfrutar de ídolos propios. Tal vez por eso se hace más necesario mimar en el altar de la memoria a nombres, por lejanos o poco glamurosos que suenen, como los Juanito Puig, Agustinet Dolz, Toni Calpe o Vicent Latorre. Sinceramente, me quedo con ellos. Mi cuarteto de estrellas, y en valenciano. Gente de club que resistió, simplemente porque no concebían hacer otra cosa.

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