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Kafka en Orriols

Kafka lo explica a la perfección en «El proceso». En ocasiones, un individuo siente cómo todo el peso del sistema cae sobre él sin entender el porqué. Es una forma de violencia institucionalizada, la que desnuda al hombre y le demuestra sin compasión lo vulnerable e indefenso que puede llegar a estar si cae en el lugar inadecuado. Una máquina burocrática capaz de aplastar sin piedad. Lo vemos cada día, al escuchar el último drama ciudadano en forma de acciones preferentes, de desahucio, de recortes en cualquier prestación social. No hay red económica o judicial para ellos. Hoy vives cómodamente mecido por los brazos del Estado del Bienestar y los sueños de movilidad social; mañana puedes encontrarte al borde del precipicio y camino de Casa Caridad.

Si me permiten estirar frívolamente la metáfora, así nos sentimos los «granotes» cuando el pasado miércoles el comité de competición de la RFEF decidió que el leve empujón que dio Iván Ramis a un rival merecía cuatro partidos de sanción. La arbitrariedad de esa decisión era de tal magnitud que ni siquiera dejaba margen para la indignación. No había otra reacción que la incomprensión, el shock.

En realidad, no importaba si el rifirrafe, en un partido en que pese a su relevancia apenas hubo agresividad, ni siquiera daba para una amarilla. Tampoco que el árbitro estuviera de espaldas y no viese la jugada. Insisto, no era trascendente que la redacción del acta, en la que se basa el comité para dictar sus condenas, apenas diese para justificar una roja. Y daba igual que en los últimos partidos otras agresiones clamorosas y gestos de desconsideración hubieran sido juzgadas con muchísima más benevolencia. Cualquier argumento era inútil para responder a una decisión que, en realidad, era la mera demostración de que el orden establecido, porque sí, puede hacer a su antojo lo que quiera contigo. Pequeños, inseguros, con crisis de juego e identidad y con un sistema inmisericorde dispuesto a rematarte. Sudores kafkianos. Pero, en ocasiones, el sistema se enmienda a sí mismo, e igual juzga a un banquero que te retira una sanción deportiva. Quizá porque la justicia aún existe; quizá para mantenernos en el engaño a la espera de se perprete la siguiente arbitrariedad.

Si Ramis se habrá sentido estos días como el Josef K. de «El proceso», no puedo dejar de imaginarme a Manolo Salvador encerrado en su habitación, solo e incomprendido, como el Gregorio Samsa que una día amanece convertido en cucaracha en «La metamorfosis», el otro célebre relato kafkiano. Como ven, la actualidad «granota» da últimamente para revisitar a los clásicos.

Manolo está quemado. Lean la entrevista que le ha hecho Peio Bort en estas páginas. Ya ha dejado dicho que salir del club es una posibilidad aceptable y lamenta que los halagos de otros tiempos se hayan convertido en reproches. Las críticas, los resultados y la incertidumbre deben de haber sumergido al secretario técnico en una crisis de identidad. Que los entrenadores envíen al ostracismo a la mayoría de tus fichajes es, sin duda, un síntoma: la máquina de cazar milagros se ha estropeado y la grada, ya lo sabemos, es tan inmisericorde en la adversidad como complaciente en los días de vino y rosas. Es lo que pasa cuando de ti depende que el chiringuito siga abierto. Y ocurre cuando tienes que jugar al límite porque tu club es pobre y encima no suele estar dispuesto a poner más de un duro encima de la mesa para que te luzcas. Este año se ha demostrado que tras el entrenador Salvador es el eslabón más débil en la cadena de responsabilidades. Y su desgaste ha sido terrible. Como Gregorio Samsa, Manolo se siente abandonado en su rincón de Orriols tras años manteniendo a la familia. Esperemos que Kafka se dé por satisfecho y se vaya en busca de otro lugar. Ya llevamos bastantes angustias para lo que queda de temporada.

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