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Trenet a Vallejo

Moral, fútbol y política

El club debería plantarse contra las primas, que huelen a chantaje de los vestuarios

Lo intento, les juro que lo intento. Cada poco hago ejercicios de introspección, pienso en lo bueno que hay en la vida, me comprometo a ser optimista y me siento ante el ordenador con el objetivo de convertir este rinconcito «granota» en un soplo de optimismo. Después de victorias como la del pasado viernes, por ejemplo. Pero no, es que no hay semana sin un motivo para cabrearse en este año que nos está tocando sufrir.

Leo a los compañeros del Super, por ejemplo, contarnos que el club había pactado unas primas con la plantilla por hacer su trabajo y se me llevan los demonios. Me imagino a esos capitanes subiendo al despacho de Quico para pedir más pasta por ganar a los poderosos Granada y Éibar y me entran ganan de romper el pase. Y luego pienso, comparo las coordenadas morales en las que se mueve el fútbol con las de la política, mi otro trabajo en los fines de semana desde hace unos años en este periódico.

Habrán reparado estos días en una polémica de las Corts, el último episodio de una legislatura esperpéntica en la que tanto prestigio se ha ido por el sumidero. El asunto, grosso modo, es el que sigue: los diputados, en 2012, renunciaron a una extra aunque no estaban obligados a ello. Lo hicieron en solidaridad con los funcionarios, a los que Rajoy había recortado la paga de Navidad. Hace unas semanas, sin embargo, acordaron recuperarla, toda vez que se había reintegrado a los empleados públicos aquel dinero. Pero por un tecnicismo que no viene al caso, mientras los funcionarios sólo han percibido el 25% de aquella paga, los políticos la han ingresado íntegra.

Como era previsible, al desvelarse la noticia se ha liado la Mundial. Dirigentes sofocados y rectificando a la carrera, otros tratando de justificar lo que decían el día anterior, broncas internas y, como sustrato, esa corriente de desafección y, con perdón, cierta demagogia que persigue a los políticos desde hace años: todos son unos indecentes, cobran demasiado y encima nos roban. Si cuento esto es porque refleja a la perfección el doble rasero moral que somos capaces de aplicar a dos disciplinas, la política y el fútbol, en las que con tanta crudeza se aplica la máxima de Maquiavelo. Te acodas en la barra del bar y escuchas cómo el pueblo pasa en un segundo de condenar al representante público, ese «ladrón» que se lleva 2.360 euros al mes (!), a alabar la solidaridad del multimillonario futbolista que baja a defender una jugada y cuyos ingresos, en parte, proceden de patrocinios de dudosísima integridad.

Hablaba hace unos días el sabio Rafa Lahuerta del peligro que supone la «futbolización» de la sociedad. Es importante escuchar a Rafa porque tiene la lucidez del exyonqui que ha terminado asqueado del fútbol. Y es cierto, este negocio contamina. Simplificamos los debates y banalizamos lo que realmente es reprochable. No pretendo convertir esto en una alegato en favor de los políticos. No es el tema ahora. Pero no deja de llamarme la atención que se condene a un representante por cobrar un dinero al que tiene derecho, mientras nadie repara en exigir a unos futbolistas que a final de temporada devuelvan el dinero si han descendido, si han hecho el ridículo en 20 partidos o si, como pasó en Vallecas, convierten a ese chico, Alberto Bueno, en el mismísimo Carlos Caszely.

Aunque el fútbol sea la ciudad sin ley, un espacio de pacificación social en el que simplemente nos dejamos llevar como mecanismo de evasión, algo estará podrido mientras aceptemos toda su inmoralidad. La pasada jornada, un jugador del Elx fingió de forma grotesca un penalti en Vigo y el partido terminó en empate. Él fue el indigno, el tramposo, pero nadie lo juzgó a él, sino al árbitro. El pobre hombre engañado fue el burro, el ladrón, el que frustra a toda una ciudad, condenado en la plaza pública, o sea, la prensa. Mientras aceptemos eso seremos una sociedad enferma y no estaremos legitimados para protestar si un banco roba los ahorros de una vieja o si un político sin escrúpulos desvía el dinero destinado a los pobres.

¿En qué posición queda un futbolista, un millionario, si exige un dinero extra por hacer su trabajo? ¿No va a hacerlo bien si no recibe el sobresueldo de tapadillo? ¿Es necesario vivir esto ahora que vamos a tener que ver a tanto ilustre desfilando ante el juez acusado de manchar la camiseta por dinero? Por mucho que sea una tradición en el fútbol, el club debería plantarse contra esta costumbre de las primas, que huele más a chantaje de los vestuarios que a magnanimidad presidencial. Tendría todo nuestro apoyo.

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