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El Levante duerme líder

El conjunto de Julián Calero da un golpe de efecto tras ganar contra el Albacete en un Ciutat de València eufórico y acaricia el ascenso a Primera División tres años después (1-0)

Levante-Albacete

Levante-Albacete / F. Calabuig.

Rafa Esteve

València

El destino, casi de manera definitiva, está escrito para el Levante. Ninguno sabe si la suerte está echada, pero es conocido por todos que el fútbol le debe una, y bien grande, al equipo granota. Ya son tres años en Segunda División, navegando por sus catacumbas con más pena que gloria y siempre a contracorriente, y nunca tuvo la sensación de que lo tiene de todo cara para regresar al lugar que le corresponde. A la categoría que nunca debió abandonar, pero que, consciente de la grandeza que representa, le espera con los brazos abiertos. Nunca antes lo había peleado tanto. Pocas veces durante su transcurso bañado en plata se vio con tantas fuerzas, pero ahora, siente que su destino está cerca de cambiar. Ya no existe ni el pesimismo ni la tristeza en el barrio de Orriols. Desapareció la sensación de que, si algo puede salir mal, terminará pasando. Ahora es todo distinto, hasta el punto de que la felicidad, la ilusión y, sobre todo, la emoción de ver que el sueño de ascender a Primera División se acerca son incontrolables.

El Levante ganó al Albacete, gracias a un gol de Roger Brugué al filo del descanso, y ya nada volvió a ser como antes, después de que el triunfo, a falta de dos jornadas por disputarse, le catapultase hacia la primera posición. A la espera del transcurso del fin de semana, el cuadro de Calero mirará a sus adversarios desde una posición privilegiada, dándole un mordisco a sus perseguidores y trasladando la señal de que no disminuirá ni su ilusión ni su entrega. La presión, que se la queden otros. El Levante quiere volver a Primera y no se detendrá. No obstante, queda un último empujón. Y es que, tal y como aseguró Julián Calero en su presentación, todo va a salir bien.

Faltaban dos horas para el comienzo del encuentro y no cabía ni un alma por los alrededores del coliseo de Orriols. La ilusión rebosó por cada uno de los rincones del estadio, hasta que el mismo aumentó sus decibelios para acompañar a su equipo hacia el triunfo cuando arrancó el choque. Nadie dijo que fuera fácil, por mucho que el Albacete, ni por arriba ni por abajo, afrontase el duelo con la presión de los que se juegan su futuro en el tramo final de curso. De hecho, en clave granota, la sensación de imprevisibilidad que transmitió el cuadro manchego, sobre qué versión mostraría sobre el terreno de juego, generó incertidumbre en el Ciutat de València: si la del pasado fin de semana, remontando un resultado adverso en un abrir y cerrar de ojos y en el descuento, o la de Riazor, donde encajó un doloroso 5-1.

Sin embargo, el Albacete fue a darlo todo y a llevarse los puntos mediante su juego dinámico y combinativo. No esperó menos el Levante, consciente de que cada unidad sumada hasta el momento ha sido obtenida desde el esfuerzo, el trabajo y el sacrificio que le ha llevado a soñar con el ascenso a Primera División. Envuelto de un ambiente de gala, digno de los que merecen competir contra los mejores, los pupilos de Julián Calero quisieron sumarse a la fiesta desde el primer momento. Carlos Álvarez, dándole continuidad a la versión estratosférica que sacó a relucir en Elche, estuvo cerca de anotar un gol de bella factura, desde la frontal y buscando el ángulo que defendió Rivero, pero que el guardameta del Albacete se encargó de desviar a saque de esquina. No obstante, cada acción, cada contragolpe, cada despeje y cada robo se celebró como si de una ocasión de peligro se tratase.

El Ciutat de València, registrando su mejor entrada de la temporada con 21.1777 granotas en sus gradas se encargó de convertirse en una caldera que aupase a sus jugadores hacia una victoria de carácter triunfal. Ganar era la vida. Suponía multiplicar los niveles de ilusión y de esperanza hacia parámetros intangibles. De hecho, nadie, por mucho que el pesimismo haya reinado en las profundidades del levantinismo durante las últimas temporadas, se imaginó un escenario de tristeza. Sin embargo, Kofane, una de las tendencias de la categoría de plata debido al olfato goleador que atesora a pesar de su juventud, congeló las almas de los presentes tras perforar las mallas de Andrés Fernández al cuarto de hora del inicio, después de un saque de esquina dirigido al corazón del área que remató en boca de gol tras una serie de rechaces. Para fortuna levantinista, el tanto no subió al marcador, ya que el ‘35’ el Albacete intervino en posición antirreglamentaria.

El susto no enturbió el que se postuló como un día inolvidable. La parroquia granota, por muchos reveses que haya recibido en sus tiempos más modernos, tiene hambre de ascenso. Nunca desistió en su sueño. Y ahora, que lo sienten cerca, no negociará ni un gramo de esfuerzo hasta alcanzarlo. A la plantilla dirigida por Julián Calero nadie le ha regalado nada. Tampoco a Roger Brugué, quien, en su cuarto año representando las barras azulgranas, es de los que más polvo ha tragado. A pesar de ello, siempre tiró del carro y se dejó la piel por vivir momentos inolvidable, tanto en las buenas como en las malas. Si su aportación en Elche fue capital para volver a soñar con el ascenso directo con un doblete, ante el Albacete marcó un tanto que, de materializarse la vuelta a la élite, pasará a la historia de la entidad por su trascendencia. Con el descanso asomando, y con el temor de llegar al tiempo de descuento sin un resultado convincente para los locales, apareció el delantero para atacar un centro envenenado de Dela y anotar el gol de la victoria cuando más lo necesitaba el Levante. En un momento donde el Albacete apretó los dientes y se sintió con confianza para asaltar el Ciutat de València. Un tanto de los que refuerzan y llenan de vitalidad en un fútbol tan caprichoso.

La ventaja en el marcador despejó una segunda mitad más plácida. Y, sobre todo, un asalto en el que el Levante de Julián Calero se sintió más seguro y convencido de sus posibilidades. Nada podía amargar una noche para el recuerdo, donde cada balón se disputó con el alma de todos los presentes y con el empuje de una parroquia que ve la Primera División como una posibilidad real. De hecho, la expulsión de Jaume Costa, después de una fuerte entrada sobre Carlos Álvarez, provocó un partido con un ida y vuelta constante, pero donde el Levante se sintió fuerte. Su destino está escrito. Ahora solo falta sellarlo… empezando por Burgos. La ilusión ya es incontrolable después de que el conjunto de Julián Calero haya sellado medio pasaporte para volver a Primera.

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