La Cabalgata de la Cerámica: 101 años de evolución con esencia
Más de un siglo después, la fiesta mantiene viva la arraigada costumbre de compartir sus creaciones durante el desfile

Las calles de Manises, en la actualidad, abarrotadas por la ceramica. / A. M.

En verano, las calles de Manises se convierten en un escenario donde pasado y presente caminan de la mano. Y cada 18 de julio -coincidiendo con la víspera de la festividad de las Santas Justa y Rufina-, la Cabalgata de la Cerámica recuerda por qué es una de las celebraciones más singulares del calendario festivo valenciano. Como sucede con todas las tradiciones, a lo largo de su más de un siglo de historia ha experimentado una profunda transformación, pero manteniendo intacta la idea que la vio nacer: acercar la cerámica a la gente y convertirla en protagonista de una gran fiesta popular.
Los primeros desfiles tenían un carácter muy distinto al actual. De hecho, la cabalgata surgió tras una vinculación directa con los talleres y fábricas de cerámica de la localidad, que aprovechaban la celebración para mostrar su trabajo. Las carrozas se preparaban artesanalmente por los propios trabajadores, quienes dedicaban semanas a decorar las plataformas que competían por destacar gracias a su originalidad y belleza.
Asimismo, la imagen de aquellos años era muy diferente a la que hoy conocen los visitantes. Los caballos engalanados, los carruajes decorados y las parejas vestidas con trajes tradicionales formaban parte esencial de un recorrido en el que la cabalgata avanzaba con un ritmo pausado, acompañada por música popular y personajes festivos que llenaban de color las calles del municipio. Sin duda, se trataba de un auténtico espectáculo donde la estética contaba con tanto protagonismo como la propia cerámica.

Cabalgata de la Cerámica en 1911. / A. M.
Los vehículos que transportan las piezas tampoco son lo que eran. Las antiguas carrozas de tracción animal fueron desapareciendo progresivamente a medida que avanzaba el siglo XX, y en su lugar, llegaron remolques cada vez más grandes, capaces de transportar una cantidad mucho mayor. Los tractores sustituyeron a los caballos y la dimensión del desfile creció al mismo ritmo que lo hacía la ciudad.
Reproducciones a pequeña escala
La cerámica que se regalaba entonces tampoco era la misma. Durante décadas, las piezas más habituales eran pequeñas miniaturas conocidas popularmente como ‘escuraetes’. Platitos, tacitas, jarritas o diminutos utensilios domésticos -que reproducían a pequeña escala productos fabricados en los talleres locales- eran lanzados desde las carrozas a niños y adultos que esperaban recibirlos como si de un tesoro se tratase. Una imagen que todavía representa a día de hoy la esencia más popular de la fiesta.
Con el paso de los años, el tamaño y la variedad de las piezas aumentaron considerablemente. En la actualidad no solo se lanzan miniaturas, sino también platos decorativos, morteros, jarras, tazas, azulejos y numerosos objetos de uso cotidiano u ornamental. Porque la cabalgata se ha convertido en una auténtica exhibición de la producción cerámica contemporánea, capaz de mostrar la diversidad y riqueza de un sector que sigue siendo símbolo de identidad para Manises.
Otro de los grandes cambios ha sido la organización del evento. Si en sus orígenes eran los propios fabricantes quienes impulsaban directamente el desfile, con el tiempo el protagonismo pasó a manos de la entidad festiva encargada de honrar a las patronas de los ceramistas, siempre con la colaboración de las instituciones municipales: los Clavarios. Esta evolución permitió consolidar la celebración y asegurar su continuidad generación tras generación.

‘Escuraeta’ de Pepe Royo. / A. M.
El recorrido también ha seguido la transformación urbana de la ciudad. Las estrechas calles por las que transitaban las primeras cabalgatas dieron paso a itinerarios más amplios y adaptados al crecimiento del territorio, desplazando la fiesta junto a la expansión urbana y buscando espacios capaces de acoger a una multitud cada vez mayor de espectadores.
Una tradición única
Porque si hay algo que no ha dejado de crecer es el poder de convocatoria del evento: año tras año, las calles se llenan de miles de vecinos y visitantes que esperan con emoción la llegada de los remolques cargados de cerámica, manteniendo viva una tradición que ha sabido renovarse sin perder su personalidad.
Quizá la mayor diferencia entre la cabalgata del ayer y la del hoy se encuentre en su escala. Si antes predominaba la cercanía de una celebración organizada por artesanos para dar a conocer su trabajo, ahora se trata de un gran acontecimiento turístico y cultural que proyecta la imagen de Manises mucho más allá de sus fronteras. Sin embargo, la esencia permanece inalterable: la emoción de ver caer piezas de cerámica desde las carrozas y la sensación de participar en una tradición única.
Más de cien años después de sus primeros pasos, la Cabalgata de la Cerámica sigue siendo un reflejo de la evolución de la propia ciudad. Han cambiado los vehículos, las piezas, el recorrido y la organización. Pero cuando la cerámica vuelve a llover sobre las calles cada 18 de julio, el tiempo parece detenerse y recordar que, por encima de cualquier transformación, esta fiesta continúa siendo un homenaje colectivo al oficio que dio fama universal a Manises.
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