«La fiesta de Moros y Cristianos de Manises no se explica: se hereda»
Los representantes de la fiesta reivindican una celebración que ha pasado de ocupar una calle a reunir multitudes, sostenida por la hermandad, la emoción compartida y una nueva generación dispuesta a preservar su legado

Alba Quereda, favorita mora de Manises; Fernando Robles, capitán moro de la comparsa Al-Nasir Salah Ad-Din; y Luis López, capitán cristiano de la comparsa Els Castellans. / Francisco Calabuig

Hay momentos en los que un pueblo es capaz de detener el reloj para vestirse de otra época. No porque cambien sus calles, sino porque cambia la forma de mirarlas. Manises está a punto de entrar en uno de esos momentos. El castillo volverá a levantarse, las marchas moras y cristianas volverán a abrir grietas en la memoria colectiva y cientos de personas ocuparán las calles para representar una historia que, en realidad, habla mucho más del presente que del pasado. Una celebración que lleva décadas creciendo, pero que sigue sosteniéndose sobre algo mucho más sencillo que los boatos, las embajadas o los desfiles: el sentimiento de pertenencia.
Es oficial. La cuenta atrás ha comenzado y ya no queda nada para que sus avenidas comiencen a llenarse de música capaz de erizar la piel, trajes que brillan bajo el sol y estandartes que avanzarán entre aplausos. Unos aplausos que se llevarán ellos, los protagonistas que, este año, estarán al frente de la historia: Luis López, capitán cristiano de la comparsa Els Castellans; Fernando Robles, capitán moro de la comparsa Al-Nasir Salah Ad-Din, acompañado por Alba Quereda como favorita; y María Jesús Sanz, presidenta de la Federación de Comparsas de Moros y Cristianos de Manises. Cuatro voces distintas para contar una misma realidad: que las fiestas de Moros y Cristianos no son únicamente un calendario de actos, sino una forma de pertenecer.
Porque cuando se les pregunta qué significan los Moros y Cristianos para ellos, ninguno empieza hablando de trajes ni de cargos. Hablan de sentimientos. De familia.
Robles reconoce que no nació dentro de la fiesta, pero que ha acabado sintiéndola como si hubiera formado parte de ella desde siempre. Llegó de la mano de Quereda, a quien conoció en el mundo fallero, y encontró algo que no esperaba: una segunda familia. Define la fiesta como cultura, tradición valenciana y un espacio donde desconectar junto a la gente que quiere. «Considero a mi comparsa familia», resume.
Un sueño cumplido
López lo expresa desde otro prisma. Nació viendo pasar las entradas bajo su balcón y aquellas imágenes se quedaron grabadas en su retina hasta convertirse en una ilusión pendiente. Hoy, convertido en capitán cristiano, siente que ha completado un círculo vital. «Es un sentimiento que lo llevas dentro y se nace con él», afirma. Porque, asegura, no existe comparación entre contemplar la fiesta desde la acera y vivirla desde dentro. Quereda tampoco duda. Para ella, la comparsa forma parte inseparable de su vida, y aunque tampoco nació como festera, lleva tantos años vinculada a ella que no concibe quedarse fuera. «No sabría qué hacer si no estuviera en la comparsa», admite.

El capitán cristiano de la comparsa Els Castellans, Luis López. / Francisco Calabuig
Y entonces llega el turno de palabra de Sanz, una de esas personas que representan la memoria viva de la celebración. Vinculada a los Moros y Cristianos desde 1981, apenas dos años después de la fundación de la fiesta, intenta poner palabras a algo que reconoce difícil de explicar. Confiesa que escuchar una marcha mora o cristiana todavía le provoca emoción hasta el punto de hacerla llorar. Un sentimiento que, según manifiesta, termina instalándose en la sangre de quien lo vive.
Hoy, la Fiesta de Moros y Cristianos convive con las Fallas y las fiestas patronales entre las celebraciones más importantes del municipio. Pero el crecimiento ha sido extraordinario. Sanz recuerda que todo empezó en una sola calle y con apenas dos filaes. Ahora son catorce comparsas -siete moras y siete cristianas- y alrededor de 800 participantes. López destaca precisamente esa estructura que da forma a la fiesta actual, mientras que Robles apunta una curiosidad significativa: en Manises ya existen más comparsas que fallas, aunque ambas celebraciones mantienen dimensiones y características muy distintas. De hecho, muchos festeros participan activamente en ambas.
La hermandad Manisera
Cuando intentan explicar la fiesta a alguien que nunca la ha vivido, las respuestas revelan también la esencia de la celebración. Por su parte, Sanz recuerda que, en el fondo, todo nace de la historia. Una historia que cada pueblo adapta a sus propias tradiciones. Robles cuenta que suele comenzar sus explicaciones por el componente teatral. Habla de las embajadas, del castillo, de la representación entre ambos bandos y de la recreación simbólica de la conquista y reconquista del territorio. Después llega la otra gran dimensión: la convivencia. Porque si hay una palabra que aparece una y otra vez durante la conversación esa es hermandad.
«Es muy bonito ver la hermandad tan buena que tenemos en Manises y lo bien que nos llevamos todos», explica Sanz. Aquí no existen rivalidades entre comparsas ni competencias por premios. No hay clasificaciones ni vencedores más allá de la representación histórica. Todo se organiza para compartir. Robles lo sintetiza con una imagen sencilla: poder comer en una comparsa, pasar después por otra y sentirse siempre bien recibido.

El capitán moro de la comparsa Al-Nasir Salah Ad-Din, Fernando Robles. / Francisco Calabuig
Esa sensación de cercanía tiene mucho que ver con la dimensión que todavía conserva la fiesta en Manises. Aquí las agrupaciones siguen funcionando como pequeñas comunidades donde resulta difícil sentirse extraño. De hecho, muchos de los que hoy ocupan puestos de responsabilidad llegaron precisamente invitados por amigos o familiares y terminaron quedándose para siempre, como le sucedió a Robles.
«Se disfruta sufriendo»
Los tres saben que representar a la fiesta cambia por completo la manera de vivirla. La ilusión es enorme, pero también las exigencias. Los actos se multiplican, las invitaciones se suceden y el tiempo que antes compartían con sus escuadras se reparte ahora entre compromisos institucionales y responsabilidades organizativas. Sin embargo, para López, «la ilusión lo compensa». Robles también coincide: está disfrutando cada acto con intensidad, aunque reconoce que el peso del cargo se nota, porque no es lo mismo acudir a una celebración como un comparsista más que hacerlo como una de las máximas figuras de la fiesta.
Quizá por eso la presentación oficial permanece grabada con tanta fuerza en su memoria. Los cuatro la describen como uno de esos momentos imposibles de entender desde fuera. La entrada al teatro, los aplausos, la música y la sensación de que todo un pueblo te está observando provocan una mezcla de emoción y vértigo difícil de explicar. Sanz asegura que es entonces cuando los capitanes comprenden realmente lo que representan. Ya no hablan únicamente en nombre de su comparsa; simbolizan a toda la fiesta.
Ahora, con la semana grande a punto de comenzar, las emociones empiezan a acelerarse. El viernes pasado tuvo lugar el pregón, a cargo de Loren Donat, el acto que abrió oficialmente las celebraciones tras la tradicional recepción en el Ayuntamiento y la firma en el Libro de Oro municipal. Esta semana vendrán las embajadas, las entradas y los momentos que muchos esperan durante años. Robles confiesa que siente una especial predilección por las embajadas, esas representaciones que recrean la conquista y reconquista simbólica del castillo y que condensan el componente histórico de la fiesta. López mira ya hacia su gran día, la entrada cristiana. Y Quereda espera con ganas cada uno de los actos que quedan por delante.
Todos comparten una sensación parecida. Saben que disfrutarán de unos días irrepetibles, pero también que los vivirán de una manera diferente a la que están acostumbrados. Fernando admite que echará de menos desfilar junto a su escuadra. Parece una contradicción, pero no lo es. Quienes forman parte de los Moros y Cristianos entienden perfectamente esa mezcla de sacrificio y placer que acompaña a cada desfile. Horas de ensayo, concentración constante y una coordinación casi milimétrica terminan convirtiéndose en una experiencia que, según revela el propio capitán moro, «se disfruta sufriendo».

Alba Quereda, favorita mora de la comparsa Al-Nasir Salah Ad-Din. / Francisco Calabuig
Seña de identidad
Sanz escucha estas reflexiones, dudas y nervios con la tranquilidad de quien acumula más de cuatro décadas dentro de la fiesta. Ella ya sabe lo que está por llegar. Sabe que habrá lágrimas, aunque ahora se rían al escucharlo. Sabe que el público acabará envolviendo a los capitanes con su cariño. Y sabe también que esa emoción es la única que puede garantizar el futuro de la celebración.
Porque si hay una idea que sobrevuela toda la conversación es la del relevo generacional. No aparece como una preocupación, sino como una realidad que ya está en marcha. Los hijos de los comparsistas crecen entre marchas moras y cristianas, arrastran a sus amigos a los actos y terminan incorporando a nuevas familias. Los más veteranos empiezan a ceder espacio a quienes deberán dirigir las comparsas durante las próximas décadas. «Tenemos que hacer que la fiesta se haga cada vez más grande», defiende Robles. Sanz le da la razón y asegura que, después de tantos años, «sería una pena perder todo lo conseguido».
Y, sin embargo, nada hace pensar que eso vaya a ocurrir. La fiesta sigue creciendo porque conserva intacta la que todos consideran su principal virtud: la unión. La germanor. La capacidad de hacer sentir a cualquiera como en casa desde el primer día, una de las grandes singularidades que posee Manises para sus protagonistas. Ya no solo por mantener dos grandes entradas diferenciadas -mora y cristiana-, una fórmula cada vez menos habitual, sino por la manera en que toda la programación se concibe como una celebración colectiva. Las cenas de hermandad, las actividades infantiles, las orquestas o los actos populares están pensados para compartirse entre comparsas, pero también con todos los vecinos que quieran acercarse.
Por eso, cuando llega el momento de lanzar un mensaje al pueblo, ninguno habla de cargos ni de protocolos. Hablan de participación. De salir a la calle. De acercarse a los actos. De disfrutar de una celebración que moviliza durante meses a centenares de personas y que sigue creciendo gracias al esfuerzo colectivo. Hablan, en definitiva, de una fiesta que empezó con apenas dos filaes y una calle como escenario, y que hoy se ha convertido en una de las grandes señas de identidad de Manises.

María Jesús Sanz, presidenta de la Federación de Comparsas de Moros y Cristianos de Manises. / Francisco Calabuig
Precisamente la misma fiesta que emociona todavía a Sanz cuando escucha una marcha mora. La misma que Robles descubrió años después de llegar de la mano de Quereda o que López soñaba vivir cuando veía pasar las entradas desde su balcón. Una fiesta que quizá no pueda explicarse por completo con palabras porque, como repiten quienes la sienten de verdad, hay cosas que solo se entienden cuando se viven. Y porque algunas tradiciones no se transmiten contando su historia, sino dejando que cada generación escriba la suya.