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Bocinazo y a por el pan de cada día en la Vall d’Alcalà

Juan Gabriel Andrés, del Forn El Molí de Planes, mantiene el recorrido que ya hacía su padre y lleva barras y hogazas al pueblo del interior de la Marina

Juan Gabriel Andrés se preparara para vender pan y dulces a los vecinos de Alcalà de la Jovada. | A. P. F.

Juan Gabriel Andrés se preparara para vender pan y dulces a los vecinos de Alcalà de la Jovada. | A. P. F.

Juan Gabriel Andrés llega con su furgoneta sobre las 9 de la mañana. Da un par de bocinazos y los vecinos salen de sus casas a por el pan de cada día. De tierna miga y corteza crujiente. Recién hecho, vamos.

El pan es el mejor antídoto contra la despoblación. Cuando un horno de toda la vida apaga la lumbre para siempre, el pueblo languidece, empieza a morir. Y, desde luego, comprar el pan en el supermercado no es lo mismo. Suele ser al panadero o a la panadera a la que se le da el primer «buenos días» de la mañana. Los panes precocinados que se venden por ahí al poco están revenidos y duros.

Juan Gabriel Andrés, del Forn el Molí de Planes, se hace todos los días sus buenos kilómetros para llevar las barras y hogazas, también cocas y dulces, a los pueblos de alrededor que no tienen horno. Hace parada en Margarida y luego pasa la frontera imaginaria que separa la comarca del Comtat de la Marina Alta. Llega hasta la Vall d’Alcalà y los vecinos le esperan allí con los brazos abiertos. La contraseña de que ya ha llegado al pan es sencilla: dos bocinazos.

«Uff, hace un montón de años que llevo el pan. Supongo, sí, que los vecinos están agradecidos de que el horno de Planes les dé este servicio», explica a Levante-EMV Juan Gabriel, que señala que fue su padre el que inició esta ruta. «Ahora estoy yendo día sí, día no, pero está primera semana de julio ya hay más gente en Alcalà y ya iré todos los días excepto el domingo, que descanso. Y ese reparto de todos los días ya lo haré hasta el mes de octubre».

El panadero advierte de que el oficio y ese servicio de cargar la furgoneta de panes y dulces recién hechos es «sacrificado». «Yo pienso aguantar todo lo que pueda», dice. Pero sus hijos, como todos los hijos de quienes se dedican a los duros oficios tradicionales, ya tienen la cabeza en estudiar en la universidad y sacarse una carrera. Es natural.

Por suerte para los vecinos de la Vall d’Alcalà, Juan Gabriel, que ahora tiene 55 años, todavía hará muchos kilómetros con su furgoneta y les llevará el pan recién horneado.

Este municipio de la montaña de la Marina Alta tiene dos núcleos urbanos, Alcalà de la Jovada y Beniaia. Cuenta con 160 habitantes. Planea, claro está, el fantasma de despoblación.

Ahora, en verano, se ve mucha más vida. Hay familias que pasan aquí julio, agosto y septiembre. La tranquilidad es impagable. Los niños juegan en las calles. El pueblo va explotando poco a poco su tirón turístico, cultural y natural. Las rutas de senderismo son magníficas y hay lugares tan evocadores y cargados de historia como los despoblados moriscos.

Pero todo eso es harina de otro costal. La Vall d’Alcalà es sosiego y vida. Pero sin ese pan de cada día que llega en furgoneta directo del Forn El Molí de Planes los vecinos de siempre y los estacionales serían mucho menos dichosos.

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