Los flamencos anidan en la Plaça dels Mariners de Calp. Desde hace años. Y no se asustan cuando los turistas se acercan a tomarles fotos. Son flamencos de azulejos. Ahora el friso y el zócalo de la Casa de los Flamencos han recuperado el brillo. Carlos García ha comprado la vivienda y la ha restaurado. Abrió el pasado 17 de marzo una heladería artesana. Es muy consciente de que ha adquirido una casa emblemática. «Muchos turistas se toman fotografías en la fachada», afirma.

La Casa de los Flamencos y el arte en las paredes de Calp

El nuevo propietario explica que, cuando compró la vivienda, fue al ayuntamiento a pedir los permisos para rehabilitarla y abrir el nuevo negocio. «Me dijeron que no podía tocar la fachada. Y pensé que cómo iba a cambiar nada si es lo que más me gusta».

La Casa de los Flamencos y el arte en las paredes de Calp

Carlos es entrenador personal de ciclismo. Es en invierno cuando esta profesión le ocupa más tiempo. En verano, cuando los ciclistas están enfrascados ya en la competición, está más libre. Quería emprender y pensó que una heladería era la opción ideal.

No sabe mucho de la historia de la Casa de los Flamencos. Pero, al iniciar las obras, descubrió una placa cerámica que rezaba: «J. M. Gomballest, ceramista, restaurador y vitralista». Y sí, fue este artesano y artista el que creó los azulejos del zócalo y el friso en los que están representadas las aves más espectaculares de les Salines de Calp.

«Gomballest» es el seudónimo de José María González Ballesteros, quien nació en Minaya (Albacete) en 1947. Aprendió del ceramista Antoni Cimet, de Onda (Castelló), y del alfarero Enrique Val. Estudio en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios de Zaragoza, ciudad en la que trabajó en la empresa Muresa, especializada en muralismo cerámico.

Este creador abrió taller en Calp. La Casa de los Flamencos fue luego estudio fotográfico y panadería. Pero llevaba cerrada a cal y canto al menos desde que en 2020 se declaró la pandemia. Ahora los flamencos se desperezan. Vuelven a atraer miradas. Los turistas se toman fotos. Todavía, eso sí, no tantas como en las escaleras de la calle Puchalt, que con sus peldaños rojigualdas se lleva la palma.

Calp merece ponerse mucho cara a la pared. No es para nada un castigo. En las paredes, se descubren estupendos murales (hay originales trampantojos) y mosaicos tan bellos como el de Gastón Castelló en la oficina de turismo, los de la fachada de la iglesia de la Mare de Déu de les Neus o el del centro cívico de Elías Urbez y Rubén García.