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OPINIÓN

Una finlandesa, un danés y una balconera de Corpus en Xàbia

La historia de Kaisu y Nicky practicando “xabierisme”

Kaisu, que es finlandesa, y Nicky, que es danés, asomados a los balcones del Carrer Major en los que colgaron la balconera del Corpus

Kaisu, que es finlandesa, y Nicky, que es danés, asomados a los balcones del Carrer Major en los que colgaron la balconera del Corpus / R. Escrivà

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Raúl Escrivà, conector de ideas y personas

Xàbia

Llegar no es lo mismo que formar parte.

Hay personas que llegan a Xàbia como quien baja de un barco: miran el Montgó, huelen el mar, hacen una foto en la archiconocida puerta azul y siguen viaje. Y hay otras que llegan, dejan la maleta en el suelo, preguntan dónde se compra el pan, se equivocan pronunciando una palabra en valenciano y, sin darse cuenta, empiezan a echar raíces.

Esa es la historia de Kaisu y Nicky.

Kaisu es finlandesa. Nicky es danés. Llegaron a Xàbia como nómadas digitales, en aquellos primeros tiempos en los que Sun and Co empezaba a demostrar que nuestro pueblo podía ser algo más que una postal preciosa. Podía ser también un lugar para trabajar, crear, compartir y vivir conectado al mundo sin desconectarse de la calle.

Ella, profesora universitaria de antropología. Él, consultor. Dos personas que habían viajado mucho, visto mucho y comparado mucho. Podrían haber elegido cualquier otro lugar. Pero eligieron Xàbia. Compraron una casa en la calle Mayor y decidieron hacer algo mucho más importante que instalarse: decidieron formar parte.

Y formar parte no es tener llaves. Es saludar. Es preguntar. Es ir a los actos aunque no lo entiendas todo. Es dejar que el pueblo te vaya entrando poco a poco, como entra la luz por una persiana antigua.

Kaisu y Nicky, nuevos vecinos y nuevas historias: xabiero es "fer-se"

Kaisu y Nicky, nuevos vecinos y nuevas historias: xabiero es "fer-se" / R. Escrivà

El ChatGPT de Xàbia y un danés en la pollería.

Kaisu conoce todos los actos de Xàbia. Todos. A veces la llamo, medio en broma medio en serio, el ChatGPT de Xàbia. Le preguntas por una fiesta, una charla, una procesión o un concierto, y casi siempre tiene la respuesta. Y si no la tiene, la busca. Y si la busca, aparece allí. Y si aparece allí, acaba entendiendo mejor el pueblo que muchos que lo hemos tenido delante toda la vida.

Nicky, por su parte, baja a comprar pan o pollo intentando pronunciar palabras en valenciano. Algunas le salen bien. Otras salen con acento de norte de Europa y aterrizan en la panadería como una gaviota con GPS averiado. Pero ahí está la belleza: cuando alguien intenta hablar tu lengua, aunque tropiece, está diciendo algo muy serio: quiero acercarme.

Incluso se atreve con algún improperio aprendido en la calle, que seguramente no aparece en ningún curso oficial, pero sí en el manual secreto de la integración real. Primero aprendes “bon dia”, luego “gràcies”, y cuando ya alguien te enseña una barbaridad con cariño, es que algo empieza a funcionar.

María y la balconera de Corpus.

Luego está María, una vecina como tantas.

Una vecina de esas no sale en los planes estratégicos ni en los folletos turísticos, pero las cuales no hay pueblo.

María es la que opina si la balconera se pone así o asá para el Corpus. La que corrige. La que se asoma. La que convierte una casa comprada por extranjeros en una casa que empieza a hablar el idioma de la calle.

Toda historia de integración en Xàbia necesita a María, esa vecina que no sale en los planes estratégicos ni en los folletos turísticos, pero sin ella no hay pueblo"

A mí esa imagen me parece preciosa: una finlandesa, un danés y una vecina de la calle Mayor debatiendo cómo se viste un balcón para un Corpus.

Ahí hay más Xàbia que en muchas campañas.

Beachworking: la palabra era comunidad.

Cuando empecé a crear el proyecto Beachworking tenía clara una cosa. Podíamos hablar de innovación, teletrabajo, talento, economía digital o profesionales internacionales. Todo eso estaba bien. Pero la palabra importante era otra: comunidad.

La clave no era atraer gente con un portátil frente al mar. La clave era que esa gente no viviera de espaldas al pueblo. Que no viniera solo a consumir paisaje. Que conociera a sus vecinos, comprara en los comercios, participara, entendiera dónde estaba y dejara algo bueno en el lugar que le abría las puertas.

Con el tiempo, he comprobado que mucho de aquel proyecto no se ha perdido. Al contrario: sigo conservando alrededor de mí esa comunidad. Quedan los vínculos, las conversaciones, los cafés y esa red invisible de personas que siguen conectadas a Xàbia.

Me sigo encontrando con historias de gente que me cuenta cómo ha acabado haciendo vida aquí, cómo ha descubierto una fiesta, cómo ha conocido a un vecino o cómo ha dejado de mirar Xàbia como un lugar bonito para empezar a sentirla como un lugar propio.

Y ahí está lo importante: cuando alguien no se conforma con vivir al lado del pueblo, sino que quiere entrar en él, entenderlo, cuidarlo y participar.

Conectar personas, ideas y proyectos.

De esas conversaciones están surgiendo nuevos proyectos en los que tengo la suerte de estar implicado, ayudando a crear cada vez más comunidad y haciendo de conector entre ideas y personas.

Mi madre siempre dice que tengo una habilidad especial para juntar gente. Yo creo que exagera, como hacen las madres, pero algo habrá: me gusta escuchar una idea aquí, conocer a una persona allá y acabar diciendo aquello de “vosaltres dos heu de parlar”. A veces de esa frase sale un café, a veces un proyecto y, de vez en cuando, una pequeña comunidad. Y Xàbia necesita justamente eso: menos islas mirándose de lejos y más puentes con ganas de fiesta.

Solo nos faltaba el último trámite sentimental del xabierisme: tener una peña para Fogueres. Y ya la tenemos. Porque cuando alguien que llegó de fuera acaba con camiseta de peña, horario imposible y preguntando dónde se cena después del pasacalle, ya no está visitando Xàbia: está dentro del pueblo"

Uno de esos hilos empieza a tomar forma en Pueblo Colectivo, una nueva asociación de la que ya os hablaré, impulsada por personas que viven aquí y que llegaron de fuera. Desean participar, entender mejor el pueblo y devolver a Xàbia una parte de lo que Xàbia les ha dado. Solo nos faltaba el último trámite sentimental del xabierisme: tener una peña para Fogueres. Y ya la tenemos. Porque cuando alguien que llegó de fuera acaba con camiseta de peña, horario imposible y preguntando dónde se cena después del pasacalle, ya no está visitando Xàbia: está dentro del pueblo.

Y eso conecta con algo que mi amigo Felip Buigues, xabiero de raza y de mirada abierta, entiende muy bien: la comunidad no es una palabra de moda. Es un sentimiento que se lleva dentro cuando uno no tiene miedo a que el pueblo respire. Felip sabe que Xàbia no se defiende cerrando ventanas, sino manteniendo fuerte la casa para que pueda entrar aire nuevo sin que se caigan las paredes.

Xabierisme, una filosofía de vida

Xàbia es hoy un pueblo donde casi medio mundo ha llegado de fuera. Y eso, claro, mueve los muebles. A veces incomoda, a veces desordena, pero también abre ventanas al siglo XXI. Un pueblo con tantas lenguas, acentos y maneras de mirar no puede cerrarse; tiene que aprender a ser como una plaza donde se acude para encontrarse.

Y ahí aparece una palabra que me gusta cada vez más: xabierisme.

Pero no un xabierisme de vitrina, de “mira pero no toques”, como si el pueblo fuera una figura de porcelana de casa de la iaia. A mí me interesa un xabierisme con raíces y ventanas. Que cuide la lengua, las fiestas, el comercio y la memoria, pero que también sepa decir a quien llega con respeto: entra, aprende, participa y ayúdanos a cuidar esto.

Porque también se pertenece cuidando.

Se pertenece cuando compras en el comercio local, cuando preguntas antes de opinar, cuando te sientas en la misma mesa y cuando entiendes que vivir en Xàbia es mirar el pueblo desde dentro. Entonces la integración fluye por sí sola.

La Xàbia Oberta que merece la pena

Kaisu y Nicky son una pista de esa Xàbia posible: una Xàbia donde la comunidad internacional no es solo idiomas, terrazas y casas bonitas, sino vecindad, cultura y compromiso. Una Xàbia que no se parta en islas. Una Xàbia que construya puentes sin arrancar sus raíces.

Esa es la Xàbia que merece la pena.

Una Xàbia con Marías que enseñan balconeras, con Kaisu haciendo de agenda humana, con Nicky negociando con el valenciano en la pollería y con vecinos de siempre y recién llegados aprendiendo a reconocerse como parte del mismo pueblo.

Eso es, para mí, Xàbia Oberta.

Una Xàbia preparada para el siglo XXI sin olvidar quién es.

Una Xàbia donde el xabierisme no cierre puertas, sino que enseñe a cruzarlas con respeto.

Una forma bonita de decir: entra, cuida y forma parte. Os sigo contando.

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