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Alex Conde Trio: cuando el piano fue guitarra, el contrabajo canción y el cajón latido

El festival de Dénia deja un excelente concierto de arrebato jazzístico, duende flamenco y dulces sones cubanos. Los tres músicos tocaron también la nota de la complicidad con el público

La buena música es flexible y no le tiene miedo a la improvisación: la tormenta obligó a trasladar el concierto de los jardines de Torrecremada al centro social y los intérpretes destacaron la intimidad y la calidad acústica del inesperado escenario

Los músicos saludan al público tras el excelente concierto

Los músicos saludan al público tras el excelente concierto / Tino Calvo

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Elena Català Ortuño

Dénia

La lluvia obligó a trasladar el concierto del XXII Festival de Jazz de Dénia de los Jardines de Torrecremada al auditorio del Centro Social. Lejos de perjudicar la velada, el cambio favoreció la experiencia musical. El nuevo espacio aportó una intimidad inesperada y una calidad sonora excepcional que los propios músicos celebraron desde el escenario.

La iluminación cálida, dominada por tonos rojizos, ámbar y naranjas, acompañó el concierto como si formara parte de la instrumentación. Las luces sincronizadas con los momentos culminantes de cada pieza, envolvían al trío en una atmósfera cercana y acogedora.

Álex Conde ejerció de maestro de ceremonias con una naturalidad contagiosa. Lejos de cualquier solemnidad jazzística, dirigió el concierto con alma juguetona. Invitó al público a acompañar algunos ritmos con palmas y pequeñas percusiones colectivas. Entre tema y tema refrescaba el encuentro con comentarios desenfadados que reforzaban la sensación de compartir una celebración.

La respuesta fue inmediata. El público aceptó con entusiasmo las propuestas del pianista, acompañando ritmos, participando en los juegos musicales y dejándose llevar por una actuación que, desde los primeros compases, consiguió que toda la sala respirara al mismo ritmo.

Vestido con un elegante traje veraniego en tonos coral y salmón, cuya tonalidad variaba bajo las distintas luces del escenario, Conde mantenía una relación amorosa con su piano de cola. El instrumento devolvía cada gesto con un sonido soberbio, profundo, brillante y lleno de matices. Se percibía claramente esa felicidad que el propio pianista expresó al agradecer el cambio de ubicación por la calidez del espacio y la extraordinaria acústica.

Desde el teclado desplegó una técnica deslumbrante, siempre al servicio de la emoción. Especialmente en las piezas de raíz flamenca, cuando su mano derecha adquiría una velocidad y precisión extraordinarias. En bulerías y soleás, el piano parecía transformarse en guitarra flamenca. Las notas aparecían rápidas, limpias y perfectamente articuladas, trasladando al teclado el rasgueo y punteo propios del flamenco. Había algo hipnótico en el movimiento de sus manos. Incluso el brillo de un anillo en el dedo meñique parecía participar en aquella danza de luces, ritmo y precisión.

Al otro lado del escenario, Bandolero aportó el alma más flamenca de la formación. Camisa blanca de aire cubano, cabello negro largo y barba, su presencia era tan reconocible visualmente como musicalmente. Alternó la potencia del cajón flamenco con recursos procedentes de la percusión jazzística, construyendo una base rítmica poderosa y flexible. A medida que avanzaba la actuación, improvisaba con la misma naturalidad con la que terminó recogiendo su melena en un improvisado moño alto, porque música y gesto parecían formar parte del mismo lenguaje.

En el centro del escenario, Pablo Martín Caminero se convirtió en el auténtico eje de la formación. Su contrabajo sostuvo la arquitectura musical con elegancia y firmeza, siendo mucho más que un instrumento de acompañamiento. Punteaba, dirigía ritmos y construía melodías propias. Hubo momentos en los que parecía abandonar su función habitual para asumir una voz propia. Melódico, expresivo y sorprendentemente lírico, llegó a sonar casi como un segundo piano.

Álex Conde, Pablo Martín Caminero y Bandolero, en un momento del concierto

Álex Conde, Pablo Martín Caminero y Bandolero, en un momento del concierto / Tino Calvo

Si el piano era guitarra, el contrabajo era canción y el cajón ponía el latido.

Esa continua transformación acabó siendo uno de los grandes atractivos de la actuación. Los instrumentos intercambiaban papeles y dialogaban sin rigidez. El jazz se acercaba al flamenco, el flamenco abrazaba los ritmos latinos y el público se integraba en la música de forma natural, casi inevitable. Las risas, las miradas de complicidad y las constantes interacciones hacían desaparecer cualquier distancia entre el escenario y el público. Lejos de la solemnidad que a veces acompaña a ciertos tríos de jazz, aquí se respiraba libertad, cercanía y disfrute.

El repertorio transitó con naturalidad entre bulerías, soleás, ecos de canción de autor, estándares de jazz, Todo ello interpretado con una energía vibrante, luminosa y profundamente comunicativa.

Uno de los momentos más especiales de la noche llegó precisamente con la interpretación de dos composiciones originales. Antes de comenzar, el pianista las presentó con humor, como si estuviera dando las instrucciones previas a un vuelo. Recordó su duración aproximada, señaló las salidas de emergencia y advirtió, entre risas, que si alguien necesitaba abandonar la sala no se lo tendrían en cuenta.

Lo que el público aún no sabía era que aquel supuesto viaje en avión terminaría pareciéndose mucho más a una travesía por mar. Las melodías avanzaban suaves y ondulantes, como un velero deslizándose sobre aguas tranquilas. A ratos parecían mecer al auditorio; en otros momentos, las improvisaciones invitaban a dejarse llevar sobre las olas del ritmo y la armonía.

Nadie buscó las salidas de emergencia. Nadie pareció tener prisa por regresar a tierra firme. Aquellas composiciones originales, inspiradoras y bellísimas, terminaron convirtiéndose en uno de los momentos culminantes del concierto. Durante 15 minutos, músicos y público compartieron el mismo viaje….

La adivinanza musical

Justo después llegó otro de los instantes más celebrados de la noche. Mientras los asistentes trataban de reconocer una melodía que iba emergiendo poco a poco, Pablo Martín Caminero fue dibujando desde el contrabajo los primeros compases de "Ain't No Sunshine", arrancando sonrisas y complicidades. Las miradas entre los músicos, las risas compartidas y la creciente expectación de la sala terminaron convirtiendo aquella adivinanza musical en una pequeña fiesta colectiva. Quizá por eso resultó tan acertada su aparición en ese momento del concierto. Después de haber navegado durante buena parte de la velada entre jazz, flamenco e improvisación, aquella melodía reconocible actuó como un regreso pausado al puerto. Fue la manera perfecta de tomar tierra, amarrar suavemente y prepararse para abandonar la sala sin perder del todo la sensación de haber estado viajando.

Pocas veces un trío transmite una sensación tan clara de felicidad compartida. No solo disfrutaban tocando; celebraban el hecho de estar allí, creando música juntos.

Y quizá por eso, al terminar el concierto, la sensación fue de haber asistido a una actuación en una noche en la que jazz y flamenco encontraron un territorio común, construido desde la complicidad y el puro placer de tocar juntos.

La lluvia había obligado a cambiar los planes, pero terminó regalando al trío el espacio perfecto para su música: con una acústica excepcional, mayor intimidad y con una sensación de cercanía que envolvió toda la velada.

Cuando terminó el concierto, la tormenta ya era solo un recuerdo y había dejado tras de sí una noche fresca y transparente. Dentro, el piano había sido guitarra, el contrabajo canción y el cajón, latido.

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