Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Cuando Sarah Vaughan navegó hasta Dénia con la voz de Lucy Wijnands

El último concierto del XII Festival de Jazz de Dénia volvió a encontrar refugio en el Auditorio del Centro Social. El formato íntimo, la excelente acústica y la proximidad con los músicos resultaron perfectos para una propuesta construida sobre la elegancia y la belleza vocal

Lucy Wijnands y su quinteto transformaron la clausura en una travesía elegante por el universo de Sarah Vaughan, donde cada canción invitaba a escuchar despacio y viajar por dentro

Lucy Wijnajds y sus músicos ofrecieron un excelente concierto

Lucy Wijnajds y sus músicos ofrecieron un excelente concierto / Tino Calvo

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google

Elena Català Ortuño

Dénia

Lucy Wijnands llegó a Dénia al frente de un quinteto de jazz clásico. Todo en la formación respiraba la sofisticación del gran jazz vocal estadounidense: la sobriedad escénica, el sonido refinado y la cuidada contención de los músicos. Frente a ellos, Lucy aportaba luz y frescura con un vestido amarillo, anudado al cuello y sus hombros al descubierto, una pincelada de verano mediterráneo en una velada dedicada a los grandes estándares del jazz.

Cada canción era una travesía

Fue ante todo un concierto vocal. Todo giraba alrededor de Lucy. Los instrumentos no competían por el protagonismo; la acompañaban, la sostenían, le preparaban cuidadosamente el camino. Como si cada uno colocara una pieza imprescindible para que pudiera desplegarse con libertad.

Lucy presentaba las canciones, acercándolas al público con comentarios breves y cercanos. Y los músicos, como marineros atentos a una señal, desplegaban las velas y ponían rumbo allí donde la melodía decidía avanzar.

Los músicos

El inicio de cada una de las piezas se construía de una forma transparente, invitándonos a participar en ese nacimiento de la música. Lucy chasqueaba suavemente los dedos, dibujaba el ritmo con las manos y esbozaba con la voz las primeras sílabas o notas, como quien marca el rumbo antes de zarpar. No escondía los comienzos; los incorporaba a la propia interpretación. Aquellos primeros compases ya formaban parte del viaje, invitándonos a embarcar.

Bastaba entonces una mirada, una leve inclinación del cuerpo o un gesto casi imperceptible para que los músicos comprendieran la señal. Al instante desplegaban las velas.

El quinteto maravilló al público: elegancia y gran calidad musical

El quinteto maravilló al público: elegancia y gran calidad musical / Tino Calvo

El piano de Julian Schmidt sonaba finísimo. Todo estaba colocado exactamente donde debía estar. Las notas aparecían claras, limpias y luminosas, construyendo un lecho armónico delicado sobre el que la voz podía desplazarse con absoluta libertad.

La trompeta de Pol Omedes dialogaba constantemente con la cantante. Y Lucy desde una sonoridad cálida, antigua y refinada, no buscaba imponerse; respondía.

El contrabajo de Ignasi González caminaba junto a Lucy. Más que acompañar, respiraba con ella, sosteniendo la voz y aportándole profundidad. Su sonido conservaba algo antiguo, llegado de otra época. Su presencia permanecía al servicio de la voz. Sus intervenciones respondían a la cantante desde la misma sensibilidad melódica.

Y Xaver Hellmeier a la batería manejaba la intensidad del concierto con precisión y dulzura. Durante buena parte del concierto las escobillas aportaron suavidad y swing, mientras que las baquetas aparecían únicamente cuando la música pedía una energía distinta.

Uno de los aspectos más destacables de la velada fue el extraordinario equilibrio del conjunto. Los solos estaban medidos con inteligencia. Había espacio para que cada músico brillara, pero siempre sin romper el flujo melódico de las canciones. Nada parecía interrumpir el viaje.

Una voz para habitar las canciones

La propuesta de Lucy Wijnands no buscaba imitar a Sarah Vaughan. Partía de su universo musical para construir una interpretación plenamente personal. Su voz poseía una elegancia extraordinaria. Afinada, precisa, cálida y luminosa. No quiso impresionar con espectacularidad sino en el dominio del matiz, en la precisión de cada frase y en la capacidad de sostener la atención del público a través de la belleza de la melodía. Seducía desde la afinación perfecta, el fraseo y la naturalidad con la que cada canción parecía respirarse más que cantarse.

Lucy Wijnands, durante el concierto en Dénia

Lucy Wijnands, durante el concierto en Dénia / Tino Calvo

Lo que hizo Lucy fue algo mucho más interesante. Habitar ese mismo territorio de elegancia y musicalidad desde una personalidad propia.

Fue una travesía marítima

La voz de Lucy avanzaba con suavidad y elegancia mientras los músicos preparaban cuidadosamente el camino. Piano, contrabajo, trompeta y batería se movían alrededor de la voz, abriendo espacios que ésta pudiera navegar.

Las melodías avanzaban con suavidad hipnótica, como una embarcación deslizándose sobre aguas tranquilas. En varios momentos me descubrí cerrando los ojos, dejándome llevar por aquel vaivén sereno mientras la voz de Lucy marcaba el rumbo.

En cada intervención instrumental, el público respondió con entusiasmo, y Lucy, lejos de apropiarse de la atención, se colocaba discretamente de perfil para ceder el foco a sus compañeros. Ocurrió especialmente en piezas como Too Marvelous for Words, donde la voz parecía retirarse unos pasos para dejar que piano y trompeta continuaran la conversación iniciada por la melodía. Un gesto generoso que decía mucho de la filosofía musical de la banda.

Hubo momentos especialmente emotivos. I’m a Fool to Want You, con su historia de amores imposibles, permitió a Lucy desplegar toda la capacidad narrativa de su voz. La interpretación avanzó con una delicadeza contenida, sin dramatismos innecesarios, hasta desembocar en uno de esos silencios que solo aparecen cuando un auditorio entero contiene la respiración al mismo tiempo. Más adelante, una interpretación a capela volvió a dejar la sala suspendida en ese mismo estado de escucha absoluta.

Entre las canciones más melancólicas aparecieron otras de carácter más luminoso y juguetón. Se percibía en su sonrisa, en la manera de frasear y también en la respuesta inmediata de los músicos. Antes de interpretarlas, Lucy compartía pequeñas historias y comentarios con el público. En una de ellas habló de esa contradicción universal entre lo que dicta la razón y lo que reclama el corazón, preparando el terreno para una canción que hablaba precisamente de ese conflicto. No se limitaba a presentar los temas: abría pequeñas puertas narrativas que permitían entrar en ellos antes de que sonara la primera nota.

Esa capacidad para convertir canciones aparentemente sencillas en relatos cargados de matices era, precisamente, una de las cualidades que hicieron única a Sarah Vaughan. Y fue también uno de los grandes aciertos de Lucy Wijnands durante la velada.

Lucy Wijnands no cantaba las canciones. Las habitaba

Pocas veces un concierto transmite una sensación tan clara de coherencia y belleza. No hubo fuegos artificiales ni necesidad de exhibicionismo. Hubo algo mucho más difícil: una hora y media de música construida desde el respeto a las canciones, la escucha mutua y el placer de tocar juntos.

Todo parecía desarrollarse dentro de los códigos del jazz vocal clásico. Sin embargo, conforme avanzaba la velada fueron apareciendo pequeñas sorpresas: un tema interpretado a capela, algunas inflexiones inesperadas y momentos de intensa emoción construidos desde la delicadeza y no desde el exceso.

Solo en el bis final, con una luminosa versión de The Girl from Ipanema, desapareció parcialmente la contención que había caracterizado la velada. Los solos se expandieron, las improvisaciones ganaron espacio y los músicos soltaron amarras, haciendo que las velas se desplegaran por completo.

Y aquella navegación contenida y serena salió, por fin, a mar abierto.

Una voz para dejarse llevar

La música avanzaba con la suavidad de una embarcación deslizándose sobre aguas tranquilas. La voz de Lucy marcaba el rumbo y los músicos desplegaban el paisaje. El piano abría horizontes, el contrabajo acompañaba la travesía, la trompeta dialogaba con la melodía y la batería sostenía el balanceo constante del viaje.

Durante buena parte del concierto cerramos los ojos. La belleza de la música invitaba a abandonarse, a soñar, escuchar despacio y viajar por dentro. Y cuando los abrimos de nuevo, Sarah Vaughan ya había regresado a su tiempo.

Lucy Wijnands y sus músicos seguían allí, habitando cada nota.

Y nosotros también, todavía navegando.

Tracking Pixel Contents