01 de enero de 2015
01.01.2015

Miopía dolosa

02.04.2014 | 10:13

Salir de la recesión no significa que el país haya superado ya la crisis. El autor, que critica la autocomplacencia de las autoridades, asegura que aún queda mucho que padecer y lamenta que ese sufrimiento no es imprescindible

Lo más preocupante de la situación económica es la autocomplacencia de las autoridades, procedan del ámbito que procedan. Que hayamos salido de la recesión no significa que hayamos superado, ni de lejos, la crisis. Queda mucho que padecer, cuando no resulta imprescindible tanto sufrimiento. Me alegré cuando Guindos se quejó, en Bruselas, de las políticas económicas que se están desarrollando en la zona del euro. Pensaba que era una especie de anuncio del fuerte golpe que Rajoy debería haber dado ya encima de la mesa para decir: ¡basta ya, acabemos con esto! Pero, de eso, nada de nada. Estamos contentos después de haber dado la vuelta a no sé qué cabo. Falso.
Una vez más: salir de la recesión no es superar la crisis. Y, con el cuadro clínico que tenemos, no vamos a salir ni fácil, ni rápidamente, salvo que se cambien radicalmente las políticas. Tenemos un nivel de endeudamiento, público y privado, enorme en términos absolutos y escandaloso en términos relativos. Los precios están estancados, con riesgos serios de que se mantengan en esos niveles durante demasiado tiempo, lo que complica la devolución de la deuda y el propio crecimiento económico. El nivel de desempleo es inaceptable desde cualquier punto de vista y daña nuestro crecimiento potencial; además, afectando, como afecta, a un porcentaje elevadísimo de nuestra juventud, no es exagerado poner de manifiesto que estamos condenando irremediablemente a la inactividad a lo mejor de nosotros mismos. Los salarios están cayendo. El crédito continúa bajando, al menos el dirigido a las familias y a las pequeñas y medianas empresas.
España comparte moneda con otros países, por lo que carece de algunos instrumentos de política económica que son esenciales para salir de una situación como la que nos encontramos. Ni podemos manejar la cantidad de dinero en circulación, ni podemos alterar el valor de nuestra moneda. Y, al mismo tiempo, hemos suscrito compromisos que nos obligan a enderezar el rumbo de nuestras finanzas públicas, lo que deja sin margen la capacidad de nuestra política fiscal discrecional. ¿Hay alguien que pueda ocuparse de estas cosas? Formamos parte de un club, pero ¿con amigos o con enemigos? ¿Un club en el que existe solidaridad o en el que cada palo debe aguantar su vela?
No deberíamos discutir que España necesita proseguir en la senda de la consolidación fiscal, aunque otra cuestión sea de qué forma y a qué ritmo, para que no sea peor el remedio que la enfermedad. Pero no es lo mismo que España sea austera, mientras Alemania no tanto, que tengamos que serlo mientras los que pueden gastar continúan ahorrando y, por tanto, ahogándonos un poco más. La política de austeridad nunca ha servido para superar una crisis, es un fracaso demostrado. Europa está enferma. Desde fuera nos lo advierten: el inmovilismo alemán está contribuyendo al sufrimiento de los españoles.
¿Y qué sucede con el Banco Central Europeo? Como es de bien nacido ser agradecido, voy a empezar por reconocer que, afortunadamente, Draghi nos salvó del desastre, con su intervención exclusivamente oral en el verano de 2012. Desde entonces se han relajado las tensiones y disminuido el coste de nuestra financiación. Pero, dicho esto, habrá que gritar también que el BCE es una institución para el euro y no para seguir los dictados que más le convienen a Alemania. ¿Se puede tener alguna duda de que, si Alemania tuviera el cuadro clínico que antes he descrito para la economía española, el BCE estaría haciendo mucho más? No, lamentablemente, no hay duda.
El BCE ha ido, y va, en dirección contraria a lo que han hecho, con éxito, la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra, o, más recientemente, el Banco de Japón (BoJ). Durante demasiado tiempo el BoJ estuvo diciendo que no podía hacer nada por la economía japonesa, porque sus problemas eran estructurales. También falso, como ahora se demuestra.
El BCE tiene, como prioridad estatutaria, mantener la estabilidad de los precios, lo que, en términos operativos, ha definido como alcanzar un objetivo de inflación muy próximo al 2 %. Pero estamos por debajo de la mitad; no hay deflación, pero nos aproximamos peligrosamente, de forma particular los países con menor crecimiento. Pero es que, además, el BCE también tiene entre sus funciones contribuir a las políticas económicas que permitan alcanzar los objetivos de la Unión, entre ellos, un crecimiento económico que tienda al pleno empleo. Pues no; no contribuye ni a que la inflación se aproxime al 2 %, ni a que la economía europea consolide una senda de crecimiento que restaure los daños causados por la crisis.
Quienes dicen «entender» la actuación del BCE lo explican, exclusivamente, en términos del «secuestro político» al que le tienen sometido Alemania y el resto de países de ortodoxia monetaria. Es verdad que el Tribunal Constitucional no ha podido hacer nada contra el programa OTC que nunca se ha puesto en práctica por no ser el BCE una institución alemana, pero sí ha manifestado su opinión contraria y ha remitido el asunto al Tribunal de Luxemburgo. Y también es verdad que, ante el último recorte de los tipos, que continúan por encima de los de la FED, los representantes alemanes, holandeses y austríacos votaron en contra, y la prensa alemana acusó a Draghi que querer beneficiar a Italia con tal medida. Una presión en toda regla. Sí, pero Draghi no debería olvidar que el BCE es para toda la zona euro, y no para satisfacer las creencias y los intereses de Alemania, e impulsar políticas más expansivas.
Alemania y sus bancos también tienen mucha responsabilidad en todo lo que ha sucedido y ahora deberían mostrar mayor solidaridad con los países del sur. Su pasividad fiscal y su presión sobre el BCE, para que no haga lo que debe, y han hecho el resto de los grandes bancos centrales, es de una miopía dolosa y estamos pagando un precio excesivamente elevado. ¿Y qué hacen nuestros gobernantes, además de felicitarse por lo supuestamente bien que lo están haciendo?

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