Este va a ser el año de la normalidad. Ha habido Fallas, Semana Santa, procesiones y actos culturales y festivos propios de Sagunto y previos a la pandemia. No obstante, no hemos de olvidar que el covid sigue aquí y la suerte es que se ‘gripalice’, es decir, que se convierta en un virus como otros parecidos que llevan con nosotros desde hace tiempo y especialmente desde principios de este milenio.

Pero no quiero hablar de la pandemia. Tenemos ganas de normalidad y ya hemos dicho basta. Lo que me preocupa y desearía manifestar a través de estas líneas es que en el camino de estos dos largos años de anormalidad, muchas personas queridas o conocidas, y esta es la realidad más importante, han fallecido o han sufrido sus consecuencias. También quiero señalar que muchas de nuestras tradiciones o costumbres, algunas de ellas seculares, se han ido como apagando…

La Historia sigue y, con este sufrimiento, llegan otras circunstancias que han incrementado este sentimiento de pérdida, de negatividad, como por ejemplo las fusiones bancarias, que han hecho que muchos cofrades fuesen borrados de nuestra cofradía y con ello sus ilusiones, su sentir y su humilde ayuda transcendental, tan necesarias para mantener esta clase de patrimonio material e inmaterial que son las cofradías que visten nuestro pueblo. La fiesta religiosa lleva camino del borrado, por tanto y desde esta tribuna como presidenta de la Cofradía de los Santos Patronos voy a manifestar las razones perentorias que justifican su existencia y su necesidad.

Los Santos Abdón y Senén son patronos de Sagunto desde 1644, aunque algunas fuentes historiográficas ya indican su veneración en Morvedre durante el siglo XV. Por otra parte, sus reliquias están vinculadas a la voluntad de varias familias de Sagunto, que aún hoy son portadoras de este legado, de esta herencia cultural que, como sabemos, recorre un camino secular.

Cualquier acto festivo, cultural o religioso está arraigado en nuestro ADN y forma parte de nuestra manera de ser, de nuestro locus civilizador, que es suma de pasado, presente y futuro. Nos enriquecemos con el hoy y el mañana, pero nos guste o no, aquello que heredamos del pasado forma parte de la ecuación. Somos la suma de todo ello. Si no respetamos nuestra historia y nuestro patrimonio cultural, nos podemos convertir en una mota de polvo al albur del viento, y aunque a algunos esto les puede parecer muy atractivo, les puedo asegurar que, históricamente hablando, ese rumbo acaba en el colapso de nuestra personalidad cultural.

¿Por qué reivindicamos a los santos como patronos? Obviamente hablamos no solamente de una realidad cultural, histórica y artística, también religiosa. Desde este ámbito, la existencia de santos y santas, de personas como nosotros que vivieron en otras épocas, pasan a ejercer un papel de intermediarios en nuestras preocupaciones diarias, diría terrenales. Es decir, relacionan nuestras cuitas cotidianas con el ámbito trascendente.

No cabe insistir, pues de ello ya se ha hablado en otras ocasiones, como por ejemplo sobre el origen histórico y documentado de su existencia y los fuertes lazos con Sagunto, aunque para responder a la pregunta inicial de este tercer punto voy a utilizar una sola palabra: religare, término latino que está en el origen de la palabra religión y que significa literalmente unir (ligare) las cosas (re), es decir la religión busca dar sentido y unir todo aquello que es nuestro entorno, conocido o no, y dar una razón de ser a la existencia.

Religare nos ayuda a entender o aceptar lo incomprensible, nos calma ante lo efímero de la vida y pone pie en pared para sobrellevar el peso de nuestra conciencia humana, a menudo tan llena de incertidumbres y dudas. En el religare tenemos la liturgia, una mezcla de arte, tradición y leyes consuetudinarias. La existencia de nuestros patronos es una pieza más de un mosaico, al que podemos llamar, para abreviar, tradición cultural, un trocito del puzle sin el que estamos incompletos y por eso es tan importante su preservación, con todas las manifestaciones sociales y religiosas unidas a ellos.

Y por último, todas estas palabras anteriores sólo tienen sentido si las gentes del lugar se implican, aparcan unas horas sus vacaciones, momentos de ocio o playa y acuden a manifestar su sentir en la fiesta, toman las teselas de ese mosaico antiguo y frágil, las que les corresponden, las suyas, y las colocan en estos días de julio, rememorando lo que nos ha venido dado y que ahora es nuestro.