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La tradición no es excusa

Nacho Corresa.

Nacho Corresa. / Levante-EMV

Mayoral 2010. Licenciado en Historia del Arte y Máster en Conservación y Gestión del Patrimonio Cultural.

Sagunt

Toda comunidad necesita reconocerse en una serie de signos compartidos. No hay identidad colectiva sin memoria, ni memoria sin formas culturales que la sostengan, la expresen y la hagan visible. Ese entramado de costumbres, devociones, celebraciones, edificios, imágenes, sonidos y gestos heredados es lo que acaba conformando un patrimonio común, material e inmaterial, que da cohesión a una sociedad y la diferencia de otras.

Sagunt posee, en ese sentido, un patrimonio excepcional. Algunos de sus bienes cuentan con protección jurídica —BIC, BRL—; otros han recibido reconocimientos honoríficos a través de declaraciones institucionales, como las de Fiesta de Interés. Estas últimas, aunque no impliquen tutela patrimonial efectiva, sí tienen una importante carga simbólica: reconocen públicamente el valor diferencial de una celebración y refuerzan el orgullo de pertenecer a un lugar que se sabe singular.

Y si en Sagunt hay una fiesta que resume como pocas esa condición identitaria, esa es la Semana Santa, la Festa por antonomasia. Lo es no solo por su antigüedad o por su arraigo, sino por la densidad de signos que la hacen reconocible y distinta: el uso casi exclusivo del hachón en las procesiones, la cola arrastrada del Santo Entierro o del Caramelet, la subasta de algunos pasos, la sonoridad inconfundible de la corneta del pregonero acompañando a la Vera Creu y el valor sentimental y patrimonial de la ermita de la Sang como corazón material y simbólico de la celebración.

Pero entre todos esos elementos, hay uno que merece una reflexión más seria, precisamente porque durante demasiado tiempo se ha querido presentar como algo natural, intocable o heredado sin más: la exclusión de la mujer de la cofradía, que no de la procesión.

Y conviene decirlo con claridad: atribuir a la tradición un supuesto derecho de exclusión constituye una falacia. Lo es todavía más cuando esa apelación a la tradición descansa, en buena medida, sobre afirmaciones históricas repetidas que se han convertido en certezas sociales, aunque carezcan de suficiente base documental. Porque una cosa es la tradición como memoria viva y otra muy distinta la tradición como coartada.

Pretendida fundación

La primera y más repetida de esas afirmaciones es la pretendida fundación de la Cofradía de la Puríssima Sang de Nostre Senyor Jesucrist en 1492. Esa fecha ha circulado durante años con la solidez aparente de lo indiscutible y se está repitiendo durante estos días en los medios, cuando en realidad ha sido aceptada más por inercia colectiva que por respaldo histórico firme. La documentación conservada nos sitúa, en cambio, en la segunda mitad del siglo XVI, es decir, en un momento muy concreto: el de la reorganización del catolicismo tras el Concilio de Trento, cuando la Iglesia decidió intervenir con mayor claridad en las formas de religiosidad popular para reconducirlas doctrinalmente, ordenarlas y evitar desviaciones. Es ahí donde debe situarse la consolidación de la cofradía saguntina y esto no le resta valor; al contrario: le da contexto, sentido y verdad histórica.

Raíces

La Festa de Sagunt no nació como una procesión tal y como hoy la entendemos. Su raíz más profunda se encuentra en el drama sacro del siglo XIV —una representación teatral popular en valenciano—, en aquellas representaciones pasionistas que, siguiendo la espiritualidad de los menorets o franciscanos, acercaban al pueblo la Pasión y Muerte de Jesucristo mediante una forma teatral, visual y comprensible de catequesis.

Junto a esa raíz dramática convivió otra no menos importante: la de la penitencia pública, en especial la de los disciplinantes, tan vinculada a determinadas expresiones de religiosidad popular medieval y moderna. La cofradía, ya en época moderna, no hizo sino recoger, ordenar y legitimar ambas dimensiones: la dramática y la penitencial. Es decir, la de la representación y la del sacrificio.

Y aquí conviene detenerse, porque la penitencia pública de la Sang tuvo históricamente un sentido muy preciso: el del anonimato del penitente. El disciplinante no comparecía para ser visto, sino para borrarse en el rito. Antes de iniciar la procesión, acudía al hospital del antiguo monasterio de la Trinidad, donde era preparado junto a los demás para aplicarse la disciplina y mortificar su carne públicamente. Allí se cubría con la caperulla, ocultaba el rostro y, desde ese espacio de tránsito, ascendía hacia la ermita para incorporarse al cortejo. Solo ellos sabían quién era quién. Solo entre ellos se reconocían. Esa ocultación formaba parte esencial del acto penitencial siguiendo aquello de «que sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» (Mt, 6, 3).

Así ha sido el Viacrucis de la Semana Santa de Sagunt

Daniel Tortajada

La memoria de aquel rito no ha desaparecido del todo. Pervive todavía, aunque ya de forma simbólica, en el pase de lista que el secretario de la cofradía realiza sobre una piedra en la plaza de la Trinitat, justo allí donde se ordena ritualmente el inicio del cortejo antes de dirigirse a la ermita. Hoy la cara va descubierta y el orgullo de sentirse cofrade y heredero se desprende en los rostros; pero el gesto, la liturgia del comienzo y la sombra de aquel pasado siguen ahí.

Pregunta incómoda pero necesaria

Llegados a este punto, la pregunta es tan incómoda como necesaria: ¿cómo es posible que una cofradía de raíz popular, y no estrictamente gremial, excluyera a la mujer?

La respuesta, desde luego, no puede despacharse invocando sin más la tradición. La historia de la religiosidad demuestra que la mujer no estuvo ausente de la penitencia pública, aunque su presencia discurriera por cauces distintos, codificados y vigilados. No disponemos, por ahora, de testimonios documentales concluyentes que acrediten su presencia en las prácticas de disciplina corporal dentro de este contexto concreto, pero sí sabemos que su expresión penitencial pública existió en otras formas: caminar descalza como promesa, ofrecer el cuerpo desde el sacrificio silencioso. No hubo, por tanto, una ausencia femenina de la penitencia pública; hubo, seguramente, una participación históricamente diferenciada.

Cambios en la procesión

Algo parecido sucede con la propia forma de la procesión. La imagen que hoy se tiene de ella como una realidad casi inmutable no resiste bien el contraste con la documentación. El desfile primitivo intercalaba actores de la Pasión, tal como todavía sucede en otras celebraciones valencianas de fuerte arraigo popular. A medida que fueron desapareciendo los escenarios originales de la madrugada del Jueves al Viernes Santo, se introdujeron los pasos escultóricos, que materializaban visualmente los episodios evangélicos y conservaban, ya sin actores, el sentido dramático del antiguo relato. A finales del siglo XIX el drama sacro dejó de representarse, pero la procesión siguió siendo, en el fondo, teatro devocional materializado.

La tradición no es un bloque inmóvil

Por eso resulta tan problemático invocar la tradición como si fuera una realidad cerrada, inmutable y unívoca. Porque no lo ha sido nunca. La tradición no es un bloque inmóvil: es una sedimentación de cambios, un tejido de permanencias y transformaciones, una herencia que cada generación recibe, interpreta, corrige y transmite. Quien la invoca para excluir suele olvidar que la propia tradición que pretende defender fue, en su origen, fruto de adaptaciones, reformas y decisiones humanas.

Y, sin embargo, pese a todo, la Festa sigue viva. La ciudad la sigue sintiendo como propia. Más allá de debates, etiquetas o trincheras, Sagunt continúa viviendo su Semana Santa con esa mezcla tan nuestra de devoción, costumbre, y emoción heredada. Y quizá por eso, por encima de cualquier otra consideración, el pensamiento más sincero que se repite cada año sigue siendo el mismo: “i que no ploga”. Que no llueva. Que no se frustre el esfuerzo de quienes han trabajado durante meses para sacar adelante la celebración. Que la majoralia de l’any pueda cumplir con dignidad, con respeto y con sentido su compromiso con la Vera Creu y con la ciudad.

Porque, en el fondo, eso es lo verdaderamente importante: las personas. No la tradición entendida como un dogma, sino la tradición vivida como una responsabilidad compartida. La Sang no se conserva sola. La sostienen quienes la hacen posible, quienes la cuidan, quienes la piensan y también quienes se atreven a preguntarse, con honestidad, qué merece ser revisado.

Solo así una tradición sigue viva: cuando no se convierte en excusa, sino en conciencia. Porque «el sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mt. 2, 27).

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