TRIBUNA
Cinco siglos no caben en un titular

Gonzalo Escrig Molina | Clavario de 2026 de la Cofradía de la Sang de Sagunt / Levante-EMV
Gonzalo Escrig Molina | Clavario del Año de la Purísima Sangre de Sagunt
En estos tiempos líquidos —parafraseando al sociólogo de guardia— la polémica se ha convertido en moneda de cambio. Se comercia, se cotiza y se amplifica. Y cuanto más identitaria es la materia prima, mayor es su rendimiento en el mercado de la indignación. No sorprende, por tanto, que la reciente controversia en torno a la Cofradía de la Purísima Sangre y el papel de la mujer haya trascendido el ámbito interno para instalarse en el escaparate público. Se dice que lo que está en juego es la igualdad, pero conviene no olvidar que también lo está el equilibrio de una tradición con más de cinco siglos de historia.
La Semana Santa Saguntina no es una celebración cualquiera; es una de las más antiguas de España, un tejido simbólico sedimentado generación tras generación. Su reconocimiento en 2004 como Fiesta de Interés Turístico Nacional no fue una simple concesión, sino el fruto de un trabajo sostenido y de la convicción de que esta vivencia tiene un valor patrimonial que trasciende lo devocional. Ese título no es un adorno, es la constatación institucional de una realidad cultural. Pero tampoco es inmutable; requiere coherencia, estabilidad y un relato compartido.
Quien haya sido clavario o haya formado parte de una mayoralía sabe que detrás de cada acto hay meses —a veces años— de esfuerzo. Las mayoralías no gestionan un espectáculo: custodian un legado. Lo hacen conscientes de que reciben algo que no les pertenece en exclusiva y que deberán transmitir intacto, o mejorado, a quienes vengan después. Reducir todo ese entramado a un único eje interpretativo resulta, cuando menos, intelectualmente pobre.
Vivimos tiempos de cambio, es evidente. Y el debate sobre la participación de la mujer en los ámbitos tradicionales es legítimo y más que necesario; las tradiciones que no se interrogan acaban fosilizándose. Pero existe una línea sutil entre el cuestionamiento constructivo y la presión que erosiona la cohesión interna.
La Cofradía no es un ente abstracto: está compuesta por personas concretas, familias implicadas durante décadas y vecinos para quienes la Semana Santa es parte de su identidad. Generar una fractura en la fiesta más representativa de Sagunto no fortalece ninguna causa, sino que debilita el conjunto.
La simplificación es tentadora. Plantear la cuestión como un pulso binario entre tradición e igualdad facilita titulares, pero la realidad es más compleja. La singularidad histórica y estatutaria de nuestra Semana Santa exige análisis riguroso, no consignas. Estoy convencido de que quienes promueven la inclusión no desearían que el esfuerzo de sus familiares —padres, hermanos, hijos— quedara eclipsado por un único debate. No es justo para nadie.
Como saguntinos, cofrades y mayorales, nuestra responsabilidad supera las aspiraciones individuales. El fin no justifica los medios si estos implican dañar lo que decimos proteger u opacar el trabajo de quienes sostienen la arquitectura invisible de la Semana Santa. La tarea no es elegir entre pasado y futuro, sino articularlos. Solo así la Semana Santa Saguntina seguirá siendo lo que ha sido durante quinientos años: un patrimonio vivo en lugar de un campo de batalla.
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