"Con F de Mujer"
"No se puede concebir un país donde una sola mujer más tenga que renunciar, soportar o callar para sobrevivir"

Maria José Panach / LEVANTE-EMV
María José Panach Marimón
Criada entre finales de los noventa y principios de los 2000, en una época de expansión y optimismo para el país, nos educaron pensando que la igualdad de oportunidades era un hecho. Que el camino estaba allanado. Que el esfuerzo sería suficiente. Pero se olvidaron de decirnos algo esencial: que éramos mujeres.
Crecimos escuchando que todo dependía de nuestra preparación, de nuestras notas, de nuestra capacidad para competir en un mundo que, supuestamente, ya no distinguía entre géneros. Nos dijeron que el techo de cristal era cosa del pasado, que las luchas históricas habían cumplido su cometido. Y lo creímos. Porque queríamos creerlo.
Sin embargo, la realidad fue más sutil —y por eso más difícil de identificar—. No nos cerraron la puerta en la cara; simplemente nos exigieron demostrar el doble. No nos negaron la palabra; pero nos interrumpieron. No nos prohibieron liderar; aunque cuestionaron nuestro carácter cuando lo hicimos. Descubrimos que la igualdad legal no siempre significa igualdad real.
La generación de nuestras madres peleó por derechos fundamentales. La nuestra ha tenido que aprender a detectar las desigualdades invisibles.
Mundo laboral
Se olvidaron de explicarnos que saldríamos al mundo laboral y no bastaría con saber hacerlo bien. Que habría que demostrarlo más. Siempre más. Que no bastaría con enfundarse un traje y ocupar un cargo. Que el respeto no vendría dado: habría que conquistarlo cada día. Y cuidado si te quejas, porque entonces somos conflictivas o exageradas. Y la desigualdad aparece de manera sutil. Está en esa reunión en la que repiten tu idea y se la atribuyen a otro. En la evaluación donde se premia la “ambición” en ellos y se penaliza como “agresividad” en nosotras.
Nos enseñaron a ser competentes, resolutivas e impecables. Pero no nos advirtieron que, además, tendríamos que ser agradables. Firmes, pero no demasiado. Seguras, pero sin incomodar. Disponibles, pero sin descuidar lo personal. La línea es tan fina que cualquier paso en falso puede convertirse en un juicio sobre nuestro carácter, no sobre nuestro trabajo. El problema no es la exigencia. El problema es la desigualdad en esa exigencia.
Si decides ocupar espacios en la vida institucional te topas de bruces con una profunda decepción. Tu voz pesa menos. Está reservada —todavía— a unos pocos. Casi siempre hombres. La política, que debería ser el espacio por excelencia de la representación y la pluralidad, continúa arrastrando inercias antiguas. No basta con estar preparada. No basta con tener ideas sólidas, capacidad o visión estratégica. Hay que superar, además, un filtro invisible que mide tu tono, tu gesto o tu compromiso. Un filtro que no se aplica con la misma severidad a ellos, y que además es impuesto por estos.
Si tenemos criterio propio, capacidad de aportar, si además creemos en el debate interno como fuente de enriquecimiento o si mostramos habilidades para ganarse el respeto… MOLESTAMOS.
Etiquetas
Entonces llegan las etiquetas: locas, neuróticas, protagonistas, “con demasiado carácter” —mi favorita—. El liderazgo masculino es autoridad; el femenino, histeria. La ambición en ellos es determinación; en nosotras ansia desmedida. O si cuestionamos argumentos: se cuestiona nuestra estabilidad emocional. No es que no se debata tu propuesta: es que se desacredita tu profesionalidad.
Y cuando intentas hacerte un espacio real, cuando dejas de pedir permiso y comienzas a ejercer poder, aparece el juego sucio. Rumores. Susurros. Desprestigio. Porque cuestionas dinámicas cómodas. Porque rompes pactos tácitos que durante años funcionaron sin tener que contar con mujeres en la mesa donde se toman las decisiones.
Lo más molesto no es la crítica —la crítica forma parte del debate político—, sino el intento de deslegitimación. El ataque no va dirigido a tu gestión, sino a tu identidad. A tu forma de ser mujer en un espacio que todavía percibe el poder como territorio masculino.
Y, en el fondo, hay algo más incómodo aún: cuando una mujer preparada ocupa su lugar, deja en evidencia la mediocridad de quien se sostuvo durante años en privilegios no cuestionados. Porque tu presencia no solo amplía la representación sino que también desnuda desigualdades.
No se trata de victimizarse. Se trata de señalar una realidad que muchas han experimentado. La vida política necesita talento, diversidad y firmeza.

La concejala en el pleno. / Daniel Tortajada
Ser madres
Y, además, decidimos ser madres. Valientes. Porque ahí no hay esfera de la vida que no se vea atravesada por esa decisión.
En casa, casi sin darnos cuenta, el reparto vuelve a inclinarse. Tú eres la que sabe criar. La que organiza. La que anticipa. La que sostiene la logística invisible que hace que todo funcione. La que carga —no solo físicamente, también mentalmente— con la responsabilidad constante de que nada falle. Y esa sobrecarga rara vez se reconoce como tal. Se asume. Se naturaliza. Se da por hecho. Si pedimos corresponsabilidad, somos exigentes. Si señalamos el desequilibrio, exageradas. Si nos cansas, desagradecidas.
La maternidad, que debería ser un proyecto compartido, se convierte demasiadas veces en una prueba individual de resistencia. Y mientras el discurso social aplaude a la “supermujer” capaz de llegar a todo, nadie cuestiona por qué tiene que llegar a todo ella.
Hasta que un día, con todas estas divagaciones acumuladas, algo se ordena por dentro. Una catarsis silenciosa, pero firme. Y ese día entiendes que mujer se escribe con F. Con F de Feminismo. Porque ambos conceptos no pueden separarse; son inherentes. Porque ser mujer, en el mundo en el que vivimos, implica inevitablemente posicionarse frente a las desigualdades. Implica tomar conciencia de que muchas de las experiencias que creías individuales forman parte de una estructura común. Mujer y feminismo se entrelazan porque la defensa de tu dignidad no es opcional.
Porque detrás de cada “cállate”, cada “no tienes ni idea”, cada “estás loca”, no había una simple discrepancia. Había algo más profundo: la reacción defensiva ante una mujer que ejerce sus derechos. Ante una mujer que cuestiona. Que señala. Que no se doblega.
Y entonces comprendes que no era exageración. No era susceptibilidad. No era conflicto gratuito. Era incomodidad ajena frente a tu firmeza. Y aunque duela, entiendes que hiciste lo correcto: no callarte.
Feminismo
Comprendes entonces que el activismo real no siempre lleva pancarta. A veces lleva traje, o mochila o carrito de bebé. Plantarte ante una empresa cuando vulneran tus derechos. Ante un compañero que te desacredita y exigir respeto o ante la familia cuestionando inercias heredadas. Exigir concordancia. Señalar injusticias. Aunque eso incomode. Aunque te ganes enemigos —o enemigas—. Eso es para mí el feminismo. No es solo un lazo, un color o una consigna bien repetida; es acción, es dignidad es no permitir, es no callar.
Es entender que cada vez que alzas la voz no solo hablas por ti, sino por todas las que antes no pudieron o no supieron cómo hacerlo, por las que aún dudan, por las que no pueden y por las que vendrán. Es asumir el coste personal de la coherencia. Es sostener la incomodidad sin renunciar a la dignidad. El feminismo no es una etiqueta que se adopta es una conciencia. Y que tu voz, por más que intenten minimizarla, tiene un peso que trasciende lo individual. Y ahí, precisamente ahí, comienza la libertad.
Y mientras tanto, avanzan los discursos reaccionarios. No hace falta mirar muy lejos. En distintos países, fuerzas políticas de extrema derecha han convertido el feminismo en enemigo ideológico. Han cuestionado abiertamente políticas de igualdad, leyes contra la violencia de género o avances en derechos reproductivos. Lo hacen con un lenguaje que apela a la “normalidad”, a la “tradición”, a la “libertad”, pero que en el fondo busca retroceder en conquistas históricas. Se habla de “ideología de género” para desacreditar políticas públicas.
En estos momentos me preocupa la debilidad del feminismo cuando se convierte en estrategia de marketing. Cuando pasa de ser una convicción ética a un eslogan rentable. El discurso vacío nos hace un flaco favor. Más que nunca necesitamos menos palabras y más hechos. Porque los derechos existen, sí, pero si no se ejercen y se defienden, se evaporan.
Por eso es tan importante la coherencia. No basta con declararse feminista; hay que actuar como tal. No basta con defender la igualdad en abstracto; hay que sostenerla cuando es impopular. Lo que importa no es lo que se dice, sino cómo se actúa. Un discurso que invoca el feminismo mientras perpetúa desigualdades es tan dañino como uno que lo ataca frontalmente. Porque desarma la credibilidad.
El feminismo no puede permitirse convertirse en una etiqueta, es una herramienta de transformación democrática. Es comprender que nada de lo conquistado fue gratuito. Y que nada está garantizado para siempre.
Pero a mis 40 años, criada en una generación que creyó que casi todo estaba conseguido, soy más consciente que nunca del largo camino que queda. Crecimos pensando que la igualdad era un punto de llegada; hoy entendemos que es una tarea diaria.
Educar
El cambio empieza dentro de casa, educando en respeto y libertad real. Continúa en las administraciones públicas, que deben ser palanca de transformación efectiva. Se extiende a líderes políticos que estén verdaderamente alineados con sus palabras, que comprendan que la igualdad no es una consigna coyuntural sino un compromiso democrático. Y alcanza, en última instancia, a una sociedad que no mire hacia otro lado cuando presencia una injusticia.
No se puede concebir un país donde una sola mujer más tenga que renunciar, soportar o callar para sobrevivir. Nos dijeron que el esfuerzo sería suficiente. Y sí, el esfuerzo importa. Pero también importan las reglas del juego. Y mientras esas reglas no sean verdaderamente equitativas, seguiremos alzando la voz. No porque queramos privilegios. No porque busquemos ventaja. Sino porque queremos justicia. Porque la igualdad real no es un favor que se concede: es un derecho que se ejerce y se defiende.
Con F de Mujer. Y no pienso volver a olvidarlo.
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