Tribuna
El consultorio de Sagunto que no llega

Consultorio médico de Sagunt. / Daniel Tortajada

Hay cosas que no deberían depender del debate político. La atención sanitaria de proximidad es una de ellas.
En el Raval, vecinos y vecinas llevan tiempo reclamando algo tan básico como poder contar con un consultorio en condiciones. No están pidiendo nada extraordinario. No hablan de grandes infraestructuras ni de proyectos faraónicos. Hablan de algo sencillo: poder ser atendidos cerca de casa, con dignidad y normalidad.
Y, sin embargo, pasa el tiempo y todo sigue igual.
Hace unos días volvimos a ver cómo asociaciones vecinales y representantes sindicales alzaban la voz para denunciar una situación que, lejos de mejorar, parece estancada. Cuando una reivindicación se repite durante años, ya no es una queja puntual: es un problema que no se está resolviendo.
Lo más desconcertante de todo esto es que no estamos ante un asunto imposible. No faltan profesionales sanitarios. No faltan recursos desde otras administraciones. Ni siquiera falta un espacio previsto para ello. Lo que falta, una vez más, es que las cosas pasen.
Porque entre los anuncios y la realidad hay una distancia que, en el Raval, se está haciendo demasiado larga.
Se habla, se promete, se proyecta… pero los vecinos siguen sin ver resultados. Y eso genera algo más que malestar: genera desconfianza. Cuando la gente escucha durante años que algo se va a hacer y ese algo nunca llega, acaba pensando que las palabras valen poco.
Mientras tanto, se acumulan decisiones difíciles de entender. Un local alquilado durante años sin uso con el coste que esto supone y que todos estamos pagando. Un consultorio que no termina de ponerse en marcha. Una sensación general de que todo está previsto, pero nada ejecutado.
Y ahí es donde está el problema de fondo: no en la falta de ideas, sino en la falta de gestión.
Gestionar no es anunciar. Gestionar es priorizar, coordinar, tomar decisiones y ejecutarlas. Es convertir lo que se dice en hechos concretos que mejoren la vida de la gente. Y eso, en el caso del Raval, sigue sin ocurrir.
Es verdad que gobernar no es fácil. Que hay trámites, tiempos administrativos y dificultades. Pero también es verdad que los vecinos no viven de los procesos, viven de los resultados.
El Raval no puede seguir esperando indefinidamente. No puede quedarse atrapado entre promesas que se repiten y soluciones que no llegan.
Ojalá dentro de poco este tema deje de ser motivo de queja y pase a ser un ejemplo de cómo las cosas, cuando se hacen, pueden salir bien. Porque de eso se trata: de que la política —entendida en su mejor sentido— sirva para resolver problemas reales.
Y este, desde luego, lo es.
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