TRIBUNA
El cartel no era el problema. El problema es no saber qué sociedad queremos construir

Cartel de la peña difuminado, en contra de la imagen original. / Levante-EMV
Profesora de Educación Secundaria en el IES Número 1 de Canet d'en Berenguer
La polémica del cartel aparecido durante las fiestas de Sagunto ha servido para abrir un debate mucho más importante que el de una simple imagen. El verdadero problema no es el cartel. El verdadero problema es que ha puesto de manifiesto una pregunta que demasiadas veces evitamos responder: ¿qué sociedad queremos construir?
Una izquierda transformadora debe tener perfectamente definido el modelo de sociedad al que aspira. Una sociedad donde todos los hombres y mujeres sean iguales no solo ante la ley, sino también en la cultura, la economía, las relaciones sociales y las oportunidades. Una sociedad donde ninguna forma de violencia contra las mujeres encuentre justificación ni normalización. Que reconozca la dignidad de todas las personas sin distinción de sexo, orientación sexual, origen o creencias. Una sociedad laica. Una sociedad que eduque para la paz, el pensamiento crítico, la ciencia y la libertad.
Una ideología de izquierdas no consiste en colocar una placa con el lema «Municipio libre de la violencia de género», vestir un lazo morado o salir en una manifestación defendiendo los derechos del colectivo LGTBIQ+ o haciéndose una fotografía. Todo eso carece de valor si, cuando llega el momento de tomar decisiones incómodas, se antepone el cálculo político a los principios.
Cuando el modelo está claro, las decisiones también lo están.
Por eso el debate no era si el cartel llevaba veinte años colgado o si quedaban dos días para terminar las fiestas. El debate era mucho más sencillo: si una administración considera que una imagen cosifica a las mujeres y vulnera los principios de igualdad, ¿por qué decide mantenerla? Si los principios son verdaderamente irrenunciables, no pueden convertirse en negociables cuando aparece un conflicto.

Cartel difuminado en contra de la imagen original. / Levante-EMV
Los principios solo tienen valor cuando obligan a tomar decisiones difíciles.
Se ha argumentado que aquella imagen formaba parte de una tradición de más de veinte años. Precisamente ahí reside el problema. La historia está llena de costumbres que desaparecieron porque una sociedad más avanzada comprendió que eran incompatibles con la dignidad humana. Nadie defendería hoy la esclavitud, la discriminación legal de las mujeres o el trabajo infantil porque "siempre se había hecho así". La tradición, por sí sola, nunca ha legitimado nada. Seguimos confundiendo tradición con identidad y costumbre con valor. Si de verdad queremos una sociedad distinta, también debemos atrevernos a cuestionar aquello que siempre se ha hecho.
Contradicciones
Muchas fiestas populares perpetúan modelos machistas con dinero público. También lo hace el respaldo institucional a actos religiosos, incompatible con el laicismo que Sagunto dice defender. La contradicción alcanza su máxima expresión al apoyar a la Cofradía de la Purísima Sangre, que excluye a las mujeres de pleno derecho, e impulsa además su declaración como Bien de Interés Cultural. La llamada izquierda, no puede limitarse a administrar una sociedad tradicionalista mientras pronuncia vacíos discursos progresistas.
Las actuaciones del alcalde, Darío Moreno, me evocan la imagen de un maquillaje de mala calidad: una fina capa de progresismo que apenas logra ocultar una forma de entender la sociedad profundamente nacionalcatólica.
Y después llegan las sorpresas electorales.
Muchos dirigentes buscan fuera las razones de la pérdida de confianza. Quizá deberían preguntarse antes si existe coherencia entre lo que predican y lo que hacen cuando gobiernan. Los ciudadanos pueden perdonar un error. Lo que difícilmente perdonan es la incoherencia.
Violencia normalizada e interiorizada
Por último, como docente, veo cada día el enorme esfuerzo que realiza el profesorado para educar en igualdad, respeto y pensamiento crítico. Nos alarmamos cuando los estudios muestran que una parte importante de nuestros adolescentes construye su visión de la sexualidad a través de la pornografía, la cosificación y la violencia. Violencia que está completamente normalizada e interiorizada. Por eso, hay que ser conscientes de que las administraciones también educan. Educan con aquello que financian, con aquello que toleran y con aquello que deciden no corregir.
El cartel de Sagunto no era únicamente un cartel, fue una oportunidad para demostrar que los principios están por encima de la comodidad. A mi juicio, si no tenemos perfectamente claro qué sociedad queremos dejar a nuestros hijos, seguiremos gestionando el pasado mientras fingimos construir el futuro.
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