Malagueña criada en Madrid, Victoria Abril vive y trabaja en Francia desde hace más de treinta años. Ahora, tras cuatro décadas de papeles intensos en cine, ha vuelto a la televisión española que la hizo popular. Aunque ella confiesa que sus últimos tiempos como cantante la han hecho más feliz que cuando hay un personaje de por medio.

¿Por qué se ha prodigado tan poco?

Reconozco que he sido un poco egoísta. Me proponían series y no aceptaba porque te ocupan durante años y debes renunciar a otras ofertas interesantes. Pero en Francia hice el telefilme 'Clem', que vieron diez millones de espectadores; hice tres capítulos más y volvió a ser líder de audiencia, y este año, otros cinco. Total, que se me han quitado las tonterías con la televisión.

'Clem' ha sido un fenómeno en Francia.

Así es. Yo hago de la madre de Clem, una chavala que se queda embarazada con 16 años y lo dice en casa pasado el tiempo en que sería posible un aborto. Así que hay que tirar para delante. Y mi personaje la quiere matar, pero luego es la que más la ayuda. Es una historia familiar que sirve para tocar asuntos de interés social, pero en tono de tragicomedia. Pasan cosas muy gordas.

Con tanto éxito, es normal que aparezca usted en las enciclopedias como "actriz francesa nacida en España".

Eso es una leyenda. Yo no lo he visto nunca escrito. Dicen por ahí, pero...

Usted debutó en la pequeña pantalla. ¿Se ha reconciliado ahora con ella?

No es una cuestión de reconciliarse. Siempre la he hecho muy contenta, porque lo que yo hago es contar historias. Que la gente las vea en televisión, en cine, en internet o en las redes sociales, me da igual.

Pero ¿no es cierto que detesta hablar del '1, 2, 3 responda otra vez', el programa que la hizo popular?

Es que ahí no estaba contando nada. Haciendo cuentas, en todo caso (risas).

Dice que su papel en 'Sin identidad' es uno de los que más ha disfrutado. ¿Qué tiene?

Es una cosa mía, personal. Es muy difícil y he tenido que echar mano de todo el trabajo que he hecho en el cine durante 40 años. Por ejemplo, el acento lo probé en 'Si te dicen que caí'; para su pasado como republicana, ahí estaba 'Libertarias'; para el alcoholismo y las drogas, 'Nadie hablará'...; para la enfermedad tenía el referente de 'El color del destino'. El trabajo de esas películas lo he tenido presente y en juego en poco tiempo. A veces incluso actuaban varios elementos de esos personajes a la vez.

Menuda galería de grandes papeles ha citado en un momento. He sido y soy una actriz muy afortunada y también muy trabajadora.

¿Siempre quiso ser intérprete?

En absoluto. Lo que no quería era ser secretaria. Con tal de no serlo era capaz de probar lo que hiciera falta. Daba clases de danza, que eso sí que me gustaba, y mi profesora se enteró de que buscaban a una niña de 14 años para 'Cambio de sexo', de Vicente Aranda. Además, la productora estaba al lado de la plaza de España, donde yo vivía. Me presenté y me dieron el papel.

¿Se ha preguntado por qué?

Sí. Y me lo sigo preguntando a veces (risas).Aranda buscaba una chica que no pareciera muy femenina para aparentar ser un chico durante tres cuartas partes de la película. Estaba viendo también a Ángela Molina, pero ella era demasiado chica...

¿Ahí descubrió la vocación?

Me di cuenta de lo que hacía varios días después de empezar a rodar. Tomé conciencia de qué clase de trabajo era este. Entendí perfectamente al personaje: una chica que quería ser un chico. Y vi el lado terapéutico del cine, que no sólo me servía para no ser secretaria. De repente, actuar me parecía un paseo al lado del esfuerzo y la disciplina a la que me obligaba el ballet clásico. No me lo podía ni creer.

Dice que comprendía al personaje. ¿Ha encarnado alguno sin entenderlo?

Sin duda. Por ejemplo, el de Intruso. Una pija con un marido y dos hijos estupendos que vive en un casoplón de 500 metros y se encuentra un día a un exnovio hecho un vagabundo y lo lleva a vivir a su casa. Lo defendí, dije lo que estaba escrito y tal, pero no comprendí a esa mujer.

¿Por qué la interpretó?

Porque la dirigía Aranda y yo entonces a él no le decía que no. Confiaba en que sacaría de mí algo en lo que ni yo misma creía. Yo a Vicente le veo rascarse la cabeza tras una toma y ya sé que hay que repetirla. Es como un faro; aunque esté lejos, lo veo. Pero, vamos, yo en las primeras películas me enteraba poco. ¡Si no he terminado ni el colegio; no tengo títulos ni nada! El método que él me hizo aprender para entender este ofi cio me ha servido para los personajes que llegaron después. ¿En qué consiste? Yo no actúo ni en el cine. Vivo. Y no me paso el día preguntándome cómo hay que vivir. Sin prisa, pero sin pausa.

¿Cuándo se enteró de que además de ser actriz era buena?

Me enteré por la prensa (risas). He sido siempre muy bien tratada por la crítica. De más. Pero yo no veo las películas como las han visto ellos. Yo no veo lo que he hecho; veo lo que me falta, lo que no han montado, la luz que no me han puesto; lo que no está y debería estar. Francamente, yo no he llegado aún al orgasmo completo con mi profesión. Esta, aquella€ no han salido mal. Momentillos buenos he tenido, casi todos por accidente. No soy una mujer inteligente, pero tengo una intuición sabia, hasta el punto de que todo lo que es fruto de esa intuición o se produce por accidente funciona muy bien. Pero lo que preparo minuciosamente no tiene por qué ser bueno a la fuerza.

¿Se puede ser una actriz orgánica y a la vez obediente?

Bueno, yo no he hecho dos tomas iguales en mi vida. Ojo, yo digo lo que tengo que decir; lo que pone en el texto, porque si no me puede caer una bronca. Pero mientras lo digo, pienso lo que creo que el personaje debería decir en aquel momento. Cambio el texto mentalmente. Eso es mío. Son mis pensamientos; mis derechos de autor. Y sé, sin ninguna duda, que la gente oye lo que pienso. No lo que digo.

¿Realmente le era tan sencillo acometer algunas escenas de sexo muy comentadas a lo largo de su carrera?

No he tenido nunca pudor de esa clase. Fui bailarina desde niña, y las bailarinas se pasan el día en pelotas. Veo el cuerpo como un conjunto de músculos y tendones. Nunca vi erotismo en el cuerpo humano, ni en el hombre ni en la mujer. Para mí, el pudor está en las palabras. Al decir "te quiero" me ha llegado a temblar hasta el bigote y me ha fallado la voz. Simular un polvo es mucho más fácil. Pero aquella España era muy peculiar, después de 40 años con cinturón de castidad. En los primeros guiones que leí escribían cosas del estilo: "Ella se está duchando y llaman a la puerta, sale, mira y, como no hay nadie, vuelve y se sigue duchando". Era todo para ver el cuerpo; el cuerpo al que no habíamos tenido derecho. Había necesidad de ver carne; estábamos hambrientos.

Usted fue una figura de la movida, pero a distancia€ ¿Cómo lo recuerda?

Como tiempos divertidos y excitantes. Ya vivía en Francia en los ochenta, pero venía mucho a trabajar aquí. Fueron años de mucho curro. Había logrado que dejaran de tratarme como a la niña tonta del concurso y empezaron a llamarme todos los directores. Camus, Almodóvar... Hacía cuatro o cinco películas al año; no tenía niños aún. Era la época del PSOE, de la cuota de pantalla; cuando parecía que iba a crearse una industria del cine español. Se habían formado buenos técnicos en los filmes del destape; había una nueva generación de guionistas, actores y directores en su mejor momento. Nuestro cine empezó a dar la vuelta al mundo; se empezó a hablar de España, no por su tara política, sino por su cultura. La cultura hizo tanto por España como el sol. Y la curiosidad por conocerla generó otro turismo muy interesante que se dejaba el dinero aquí, como los que vienen a la playa. En Francia lo tienen claro y aplican la excepción cultural. Allí, gobierne quien gobierne, se apoya al cine, y así ha resultado tan rentable como el americano. París es tan turística entre otras cosas porque eso se fomenta: saben que la cultura, la moda, el glamur y el cine atraen a la gente. Aquí, por desgracia, ocurre lo contrario.

¿Cómo vive este momento?

Con paciencia. No hay mal que cien años dure. Son las cosas de la derecha de aquí, que tiene tan poca categoría que va y le quita al cine las cuatro perras que le daba. Pero ya hemos tocado fondo, sólo queda ° ir para arriba. La crisis no es de España, es del euro; es europea. Aquí estábamos muy bien, y cuando hemos caído, el batacazo ha sido tremendo. Sólo en España, en la época del chanchulleo inmobiliario, se llegó a construir igual que en Francia, Alemania e Inglaterra juntas. ¿Y encima hay personas a las que echan de sus casas cuando eso es precisamente lo que sobra, que las tenían que regalar? Es vergonzoso.

¿Se considera de izquierdas?

Soy nómada. Nacida en Málaga, criada en Madrid, emigrada a Francia a los 22 años, donde no tengo derecho a votar. Aquí tampoco voto porque no vivo, lo que no quiere decir que esté ciega, sorda y muda. Pero soy ideológicamente nómada. Voy por libre.

¿Cómo vivió el momento en que el teléfono dejó de sonar tan a menudo?

¡Ay, los cuarenta! A esa edad las actrices lo tenemos negro. Los directores no saben qué hacer con nosotras: eres vieja para ser la chica, y joven para ser la madre. Te quedan las malas. Pero haces una, dos, y tres y dices: "¿Hasta cuándo voy a estar haciendo perrerías?". Entonces pensé que si no me llamaba nadie, ya me llamaba yo. Y me puse a cantar, a grabar discos y dar conciertos por el mundo, con mi bossa nova. No me he tirado por la ventana gracias a la música, está claro. Llevo 40 años haciendo cine y seis cantando, y estos han sido los más felices, mano a mano con el público. Sin personajes de por medio. He dado decenas de conciertos y en la Península ni uno solo.

¿Cree que aquí se la mira con cierta prevención, incluso antipatía?

Bueno, hubo un enfrentamiento con el productor del primer disco, que dijo lo que le dio la gana en los programas del corazón. Yo no le quise contestar. Pero en cierta prensa vende más que yo sea borde, y alguien se encargó de dispararme a los pies. No he tenido una relación muy fluida con el revisteo. Cuando querían robar fotos de mis hijos fui feroz porque deseaba que tuvieran una vida normal. Pues cría fama, échate a dormir y encima vete a vivir a Francia. No soy un personaje al que esa prensa le tenga cariño porque no les he dado nada. Pero dejémoslo, ahora que ya se ha acabado.

¿Qué le pide a la vida, en estos momentos?

Otra más. Una película más, un papel más. Ahora que los niños tienen 21 y 23 años, uno vive en Londres y el otro está ya encaminado, que ya no tengo que hacerles la cena y repasar sus deberes, vuelvo a tener tiempo para mí. Mi oficio me sigue gustando y, como no tengo la sensación de haber llegado a la cúspide de nada, quiero intentarlo una vez más. Sólo una más. El día que España se despierte y vea que yo no soy ni guapa ni alta ni joven€ ¿qué va a ser de mí? Pues igualmente seguiré pidiendo una más.