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A favor y en contra: ¿es 'Blonde' un derroche de sadismo o un incómodo espejo de Hollywood?

Críticos de cine explican por qué les ha gustado y disgustado la polémica película de Andrew Dominik protagonizada por Ana de Armas

Fotograma de ’Blonde’, de Andrew Dominik. Netflix

A favor, por Nando Salvá

Para reivindicar ‘Blonde’ no basta con resaltar la intrepidez con la que su director, Andrew Dominik, esquiva las manidas convenciones del género biográfico en pos de un enfoque expresionista, menos orientado a relatar unos hechos que a ilustrar un fenómeno, Marilyn Monroe, tan masivo como perturbador; ni con destacar la hipnótica fluidez con la que la película combina el color con el blanco y negro al tiempo que alterna formatos de pantalla, velocidades y grados focales con el fin de reflejar el terrorífico deterioro psicológico de su protagonista a medida que la máscara (Marilyn) va devorando el rostro (Norma Jeane); ni con admirar su ingenio a la hora de reproducir la iconografía que Monroe generó y permanece en el imaginario colectivo aunque, eso sí, convirtiéndola en significante de abuso y cosificación; ni siquiera con rendirse a la interpretación de Ana de Armas, tan precisa en su captura de la tensión entre una superficie rutilante y una interioridad quebrada, y tan elocuente acerca de la creatividad, la inteligencia y la ternura de su personaje, que asusta.

No, eso no basta. Porque no sirve para explicar por qué, mientras transita de la infancia al estrellato y del estrellato a la muerte, la Marilyn de ‘Blonde’ sufre tal sucesión de abusos, agresiones y humillaciones, tanta miseria, que Dominik ha acabado siendo ferozmente acusado de contribuir a la explotación que pretende denunciar.

Como estrategia de defensa de su protagonista, es un método arriesgado y cuestionable; sería absurdo sostener lo contrario. Sin embargo, ver en él misoginia e intenciones depredadoras es pasar por alto la extraordinaria complejidad conceptual de la película, cuyo asunto principal no es tanto una actriz como el brutal proceso de manipulación y deformación que la imagen de esa actriz sufrió, a manos tanto de los hombres poderosos que pasaron por su vida como de los espectadores, los biógrafos y los agentes culturales que desde entonces nos hemos adjudicado la propiedad colectiva de su figura y el derecho a convertirla en un mero recipiente dentro del que depositar deseos, expectativas y fantasías. ‘Blonde’ nos confronta de forma violenta con el daño que esa rapacidad causó a su vida y a su memoria, y nos obliga a asumir nuestra responsabilidad. 

En contra, por Beatriz Martínez

Bienvenidos a la pesadilla, al cuento de terror sufrido por una mujer por culpa de los hombres, en el que es abandonada, humillada, violada y reducida a su mínima esencia únicamente como carne, como objeto de deseo sexual, como icono malsano. Bienvenidos a la mirada de Andrew Dominik alrededor de una mujer, Marilyn Monroe (Norma Jean), a la que vemos de forma explícita (y reiterada hasta la extenuación) humillada, violada y reducida a objeto sexual. La mayoría de los biopics sacan a relucir las luces y las sombras de sus protagonistas (incluso los más libres), pero en este caso el director parece solo interesado en mostrar lo escabroso través de la mirada hacia un cuerpo que es utilizado como un saco de boxeo al que golpear hasta hacer sangre. Un cuerpo que además es mostrado de manera impúdica hasta alcanzar momentos de repulsiva zafiedad (como esos terribles planos vaginales). 

Resulta perturbador acercarse a ‘Blonde’, un espectáculo de las atrocidades donde se somete a la mujer a la mirada del ‘male gaze’, la de un hombre que busca deliberadamente la truculencia para ensañarse con su personaje femenino hasta denigrarlo hasta límites insospechados, convirtiéndolo en víctima de un sistema patriarcal que él se encarga de alimentar con su mirada profundamente turbia e, incluso, sádica.  En el aparato formal, Andrew Dominik intenta alejarse de los convencionalismos del género, pero lo hace de forma errónea, gratuita y efectista, abrazando sin pudor el sensacionalismo. Todo resulta burdo y chabacano, hasta llegar a momentos sonrojantes como los diálogos de la protagonista con sus diferentes fetos que le suplican por su vida. En tiempos post Me Too, es una película que atrasa la lucha feminista hasta niveles retrógrados, cosificando a la mujer y reduciéndola a su relación con los hombres y obviando cualquier aspecto significativo de su figura, sin duda mucho más compleja de lo que vemos en pantalla: una mártir al servicio de un director despiadado.

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