'Backrooms': un perturbador viaje a las fauces del mundo virtual
La primera película de Kane Parsons convierte una sucesión de estancias anónimas y vacías en un escenario inquietante en el que conviven lo banal y lo sobrenatural

Un fotograma de ‘Backrooms’, de Kane Parsons / Elastica Films
Nando Salvà
'Backrooms'
Dirección: Kane Parsons
Intérpretes: Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Finn Bennett, Lukita Maxwell
Año: 2026
Estreno: 5 de junio de 2026
★★★★
Lo que el terror hace mejor que cualquier otro género de ficción es reinventarse para reflejar las pesadillas que el 'zeitgeist' experimenta, y baste recordar para probarlo que el germen de 'Backrooms' es una leyenda urbana creada en internet a partir de visiones de espacios liminales -estancias anónimas y aparentemente inocuas cuyo vacío genera desazón- que, de hecho, son la metáfora perfecta del mundo 'online': un laberinto lleno de imágenes e ideas a menudo inquietantes y sin sentido en las que es fácil perderse y en las que suelen anidar monstruos. Basada en su propia serie web, y poseedora de una estética que captura la gramática del folclore virtual, la primera película de Kane Parsons convierte esos no-lugares, a la vez símbolo y deconstrucción del modo de vida capitalista, en pertubador escenario compartido de lo banal y lo sobrenatural.
Debemos considerarla cine de terror, ojo, siempre y cuando hagamos lo propio con títulos como 'Repulsión' (1965), 'Solaris' (1972), 'El resplandor' (1980) y 'Carretera perdida' (1997); primero construye una atmósfera inquietante y luego una intensa sensación de angustia mientras contempla a sus dos protagonistas extraviarse en una sucesión infinita de habitaciones cubiertas de moqueta ajada y placas de techo, envueltas tanto por una luz amarillenta enfermiza como por el zumbido insectil de los fluorescentes, y plagadas de detritus y criaturas visibles solo a medias. La mayoría de sus 110 minutos son largas escenas que siguen a gente por cuartos y pasillos que nos hacen sentir como en una dimensión alternativa, y Parsons va encontrando nuevas formas visuales de desestabilizar nuestra percepción de la realidad, llenando los objetos y la arquitecura de una incongruencia creciente y aumentando la sensación de que una monstruosidad puede acechar en cualquier esquina.
Llegado el momento, eso sí, 'Backrooms' se ve obligada a buscarle un significado ulterior a ese espacio negativo, y entonces va apilando explicaciones argumentales y psicológicas de forma descuidada, y privando a sus personajes de utilidad o convicción con el fin de erigirse en metáfora sobre nuestro empeño en encerrarnos en nosotros mismos a través de elecciones personales y profesionales opresivas. Parece olvidar que esos sueños en los que corremos a través de un laberinto de habitaciones familiares pero extrañadas son aterradores no por lo que nos reservan tras la puerta de salida, sino porque nos hacen imposible llegar a ella. Con todo, eso sí, 'Backrooms' ofrece la ambigüedad suficiente para que hagamos nuestras propias conjeturas sobre el origen y el funcionamiento de su universo y, por tanto, para mantenernos perdidos dentro de él, sometidos al surrealismo y la abstracción que el mundo virtual es capaz de inspirar, y enfrentándonos con el miedo a la nada existencial que nos empuja a sumergirnos en él.
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