Forman parte de la infancia de nuestros padres y abuelos y habrá quien ni sepa qué son. Ahora que las frutas tropicales, como el mango, la fruta de la pasión o la papaya, inundan los expositores de los supermercados, que los plátanos y las bananas nunca se acaban y que la distribución internacional de frutas permite disponer de cualquier fruto en cualquier época del año, resulta entrañable recordar aquellas que pese a haber sido la merienda de muchos de nuestros padres han caído ahora en el olvido.

Que alguien pregunte en la puerta de un colegio o un instituto qué es la azufaifa o la jujuba. Puede que algún milenial lo busque rápidamente y lo 'google' esperando encontrarse con una fruta exótica propia del trópico. Nada más lejos de la realidad. Todos estos nombres refieren al mismo fruto... al gínjol. Para quien nunca los haya visto, son como pequeñas manzanas con un diminuto hueso en el interior y un sabor dulce y muy particular.

Durante mucho tiempo, el gínjol se ha cultivado en toda la cuenca mediterránea para su consumo como fruto pero también como ingrediente para la elaboración de licores. Se recolección marcaba el final del verano.

El gínjol es propio de la cuenca mediterránea

El gínjol

Al igual que las manzanas, cuando aún está madurando, el fruto es de un color amarillo verdoso que va tornándose rojo hasta ser totalmente granate o marrón cuando alcanza su total madurez. Es entonces cuando el gínjol hace su magia. Comienza a arrugarse antes de caer del árbol y se convierte en una golosina para los pájaros.

Su piel es muy fina y cruje al morderlos. Su carne es verde amarillenta, dulce y harinosa, muy poco jugosa pero altamente adictiva. Cuanto más maduro esté el fruto, más tierno y dulzón resulta. Quien prueba un gínjol no puede parar.

Sin embargo, cada vez es más difícil disfrutar de esta fruta de temporada. Su distribución no llega a las grandes superficies. Solo está al alcance de la distribución hiper local, ecológica y especialmente gourmet. En el caso de València, se puede encontrar durante unas semanas al final del verano en el Mercado Central o en tiendas especializadas y de proximidad. Es una golosina de otra época.

Higos chumbos

El higo chumbo

Al igual que el gínjol, el higo chumbo ha pasado en las últimas décadas de ser una codiciada merienda a pudrirse en las cunetas junto a las chumberas que los producen. Padres y abuelos parecían no pincharse cuando de pequeños se abrían paso entre las púas de las chumberas y de sus frutos para hacerse con el codicioso premio: un fruto carnoso, muy dulce y lleno de pepitas. Era un pequeño sacrificio que compensaba. Ahora casi ningún niño o niña sabe qué es. De hecho habrá quien crea que no son comestibles. Todo lo contrario. El higo chumbo es el premio a la resistencia. Crece en terrenos secos, pedregosos y muy poco agradecidos y, sin embargo, es dulce, agradecido, muy energético y lleno de propiedades beneficiosas.

Madroños

Madroños

El madroño

Más allá de la estatua del oso y el madroño, quién sabe que el fruto de este árbol además de ornamental es muy sabroso. Es autóctona de la Península Ibérica y, en especial, de toda la cuenca mediterránea. Quienes viven en zonas próximas al monte seguro que en su infancia los han probado. Es un fruto silvestre que crece en laderas y barrancos. Su llamativo color rojos y amarillo llama la atención y su recolección es típica del otoño.

Los frutos son unas bayas redondas, globosas, de color rojo cuando están maduras. La superficie del fruto del madroño es muy característica por una especie de granitos que le da un aspecto rugoso. La pulpa es amarillenta y tiene muchas semillas, que no molestan al comerla ya que son de tamaño reducido. Su sabor es dulce cuando está bien maduro y ácido cuando está verde.

El fruto es muy rico en polifenoles y antocianinas por lo que es un muy saludable, siempre que no te des un atracón, ya que te pueden resultar indigestos por su alto contenido en taninos.

Frutos de membrillo

El membrillo

Si hay una fruta que recuerda a tiempos pasados es ésta. Su característico olor lo delata y forma parte de los recuerdos de los dulces más típicos de antaño. La principal preparación a base de de esta fruta es la carne de membrillo. Ahora se compra en supermercados pero antes se elaboraba en las casas coincidiendo con la recolección de estos frutos. Además de este dulce compuesto por membrillo y azúcar, este fruto también se puede consumir asado al horno con canela, clavos y azúcar.

La versatilidad del membrillo no escapó a las cocinas de entonces. Su textura firme lo convierten en un ingrediente de algunas preparaciones como las ollas, tanto dulces como saladas.