Y esas capas, tan hondas como sus barrancos, muestran ruinas que no tienen ni cien años. A veces, ni cincuenta. Al fondo, puentes de un solo ojo, dieciochescos, de piedra: bajar para cruzar el barranco y, luego, vuelta a subir. Puentes de gran aliento, voladores, con arcos tensos y alma de acero. Puentes Art déco, como el de Sant Jordi, que da acceso al casco antiguo (y a los museos de la Fiesta y de Prehistoria. Y a la torre gótica de Na Valora).

Puentes un poco ferroviarios, como el Viaducto, que desemboca en el paseo de Ovidi Montllor y en su vieja Escuela Industrial, hoy delegación de la Politécnica de Valencia. Desde allí se ven más puentes. Alamedas y praderas en el fondo de los barrancos, restos del clímax botánico de la vieja Iberia: tejos y carrascas. Parecen zonas verdes (a veces, lo son), pero es verdura regalada por el cielo (llueve menos que en la costa). A veces, Alcoi parece una ciudad del Norte: Logroño o Vitoria. Vive rodeada de sierras y el vértigo inverso de las cimas atrajo a generaciones de montañeros, estudiosos, arqueólogos y gente de botas gastadas. Fascinante.

Y veo desde el Viaducto autovías y variantes. Civilización de caucho y asfalto: la Era Negra. La vieja estación de ferrocarril, el abandonado trayecto Alcoi-Valencia, que podría hacerse en algo más de media hora con un tren decente, es ahora la sede de la Cruz Roja: dudo que la organización humanitaria pueda arreglarlo.

Como ciudad, Alcoi fue poca cosa antes de la llegada de los cristianos, que fijaron allí una plaza fuerte. Al Azraq se rebeló dos veces y las dos fue derrotado, y esos hechos remotos fijan el imaginario festero (que, como buen imaginario, contiene más trolas que un programa de fenómenos paranormales) de los Moros y Cristianos, que aquí se viven a muerte. Cuando los PP Salesianos me llevaron a ver la fiesta, incluso a aquel niño le pareció una exageración. Fue un abril caluroso, me ardían las sienes. Luego las he vuelto a ver, las fiestas, un par de veces, y cuando crees que eso es todo, sufres un nuevo brote alucinatorio. A la altura del hotel Reconquista hay un monumento alusivo en la mejor línea Això ho pague jo!, que Xavi Castillo es de aquí.

Aunque Alcoi fue de los Austrias, los Borbones le dieron privilegios textiles: para hacer caja, sin duda. Nuestra primera ciudad manchesteriana, fabril, sede de la divina acracia (sección española), también tuvo una postguerra espantosa y disparatada: obreros condenados a muerte que fichaban todos los días porque eran los únicos que sabían mover los telares. Santa María y Sant Maur, el mercado de Sant Mateu y el parque adyacente. Calles burguesas de Sant Llorenç y Sant Nicolau. La Plaça de Dins, que tiene debajo un convento y más abajo una fortaleza. Alcoi era la fábrica y el deporte, el teatro (¡Tirisiti!), los Ateneos y el Círculo: ahora es menos, mucho menos legible. No es la única.