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La Calderona, a rienda suelta

La naturaleza en su máxima expresión. Conocer la Sierra Calderona a lomos de un caballo ofrece una vista privilegiada y diferente del paisaje y la experiencia obliga a entrenar cuerpo y mente: las piernas fuertes sobre la silla y la mente destilando empatía y conexión con el equino. Más que un paseo a caballo, es una terapia natural.

La Calderona a rienda suelta: conocer la sierra en una excursión a caballo Arturo Iranzo

La relación entre los humanos y los equinos es milenaria. Qué duda cabe de que la especie no habría llegado hasta hoy sin la ayuda de este animal, que durante siglos ha trabajado para los ‘sapiens’. Con una labor casi extinguida en la actualidad, el papel de los equinos reside ahora en el deporte y el ocio, envueltos ambos en una serie de mitos que poco o nada tienen que ver con la realidad. No, montar a caballo no es un lujo solo asequible para ciertos bolsillos y no, tampoco el caballo tira «porque sí» a sus jinetes al suelo.

Merche, Maria José, Vicente y Nacho en una de las pistas forestales por donde discurre la ruta. | Fernando Bustamante

Muy por el contrario, una excursión al paso, al trote o al galope es terapéutica para cualquiera, por la desconexión que ofrece el entorno y por la necesaria conexión que se debe establecer con el equino. Si además es una actividad que se puede hacer a unos pocos kilómetros de casa, se suma un argumento más para disfrutar de una mañana en La Calderona. Hípica Rueda ofrece excursiones personalizadas para todas las edades que salen desde Nàquera: «Las últimas usuarias a las que hemos llevado de paseo tenían 73 y 74 años y les ha gustado tanto que han contratado clases personalizadas», explica Paco Arnal, director y fundador de este club, una «familia» creada en los últimos 25 años. Él y María José Mulet, su mano derecha, son los guías en todas las excursiones y en función del tiempo contratado (25 euros la hora), se puede diseñar una u otra ruta. La realizada por Levante-EMV salió desde la propia instalación equina, a los pies de la sierra, y atravesó, junto a tres integrantes más, el área recreativa de Broseta, el mirador de la Pedrera y siguiendo las sendas hasta la Cartuja de Porta Coeli, un remanso de paz y naturaleza donde manda el silencio.

La Cartuja de Porta-Coeli desde el Mirador de la Pedrera. Fernando Bustamante

La ruta, al paso en la mayor parte del tiempo, no conlleva ningún peligro para jinetes y amazonas: «Los caballos son gregarios, siguen al primero. Ninguno se sale del grupo, todos hacen lo que marca el primero», explica Paco, quien lideró esta comitiva. Además, la excursión no solo es el recorrido: es la preparación y la vuelta, cuando se ducha a los caballos y se le lleva a cada uno a su box, rodeados de pinos en plena sierra.

Paco desmonta a uno de los caballos antes de ir a ducharles. Fernando Bustamante

A lo largo de la ruta, María José explicaba cómo esta actividad se ha disparado tras la pandemia. Fueron meses muy duros, pero la salida ha sido una «explosión» de solicitudes. «El público más normal son familias, ha habido un ‘boom’. Otro perfil muy recurrido son mujeres y hombres que encuentran aquí un rato de desconexión y un espacio personal que no quieren compartir con nadie», asegura la amazona.

Los caballos descansan en pleno entorno natural de la sierra. Fernando Bustamante

En esta hípica, además, trabaja también la fundación A Cavall. María José acompaña a algunos de estos niños y niñas a realizar las excursiones campo a través, más allá de las pistas de la instalación, y los beneficios son indiscutibles, como coinciden expertos y familias.

Eso encontraron Merche y Vicente cuando hace cuatro años llegaron hasta aquí para hacer una excursión. Les gustó tanto la experiencia que hoy tiene cada uno una yegua, todas ellas hijas de las hembras que Paco ha criado en sus instalaciones, y cada tres o cuatro días vienen hasta aquí para pasear con ellas en el entorno. «Lo quieren ellas y nosotros, que nos sirve para desconectar un buen rato», explica Merche.

Maria José y Vicente en una de las paradas que se hacen en la ruta para disfrutar de las vistas. Fernando Bustamante

A lo largo del camino, los paisajes van cambiando. Campos de naranjos, de caquis, prados con amapolas, bosques de pinos mediterráneos, lomas y pequeños barrancos. Los caballos los atraviesan sin perturbarse, y no deja de sorprender la cantidad de animales salvajes que se cruzan por el camino sin inquietarse: es el caballo el que manda sobre el paisaje y el humano que lo monta pasa desapercibido para los conejos, zorros y corzos que se dejan ver. «Para un conejo, un caballo no es una amenaza, así que mientras no hagas un ruido raro, no se asustan. Se quedan mirando cómo te alejas», explica Nacho, uno de los integrantes de la excursión que, sin llegar a la veintena, es un jinete profesional. Se ha criado en esta instalación y ayuda a Paco y a María José en el mantenimiento de cuadras y boxes donde los caballos descansan, en plena naturaleza.

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