Este otoño se van a tomar decisiones cruciales para el futuro de la humanidad. Del 11 al 24 octubre está convocada en Kunming (China) la COP15, o sea la decimoquinta cumbre de la Convención sobre la Diversidad Biológica (CDB). En ella, se deben renovar los compromisos decenales sobre biodiversidad, que alcanzarán hasta 2030. La propuesta más destacada es transformar en espacio protegido el 30 % de la superficie terrestre y marina dentro de 2030.

Dos semanas después, del 1 al 12 de noviembre, está convocada en Glasgow (Reino Unido), la COP26, cumbre del clima que sigue a la que se celebró en Madrid en 2020. Es la primera en la que los acuerdos de París están en marcha, tras la finalización del protocolo de Kioto en 2020. Sin embargo, sólo una minoría de países han tomado compromisos concretos de reducción de emisiones, que además son insuficientes para cumplir con los acuerdos. De la COP26 se espera una mayor ambición. Además, se va a discutir cómo los países ricos van a financiar la adaptación al cambio climático de los pobres. Y quizás también se consiga regular el mercado de las emisiones.

Oportunidad

«¿Se decidirá el futuro del planeta en otoño? Es una manera de plantearlo», resume Georgina Chandler, jefa de política internacional de RSPB, una oenegé británica con una larga experiencia las cumbres de biodiversidad. «En este momento hay una conciencia y una atención pública como nunca las hubo. Antes eran suficientes unos acuerdos. Ahora hay una presión para actuar», afirma Jennifer Allan, colaboradora del International Institute of Sustainable Development, una organización canadiense que analiza las negociaciones climáticas.

Ambas cumbres fueron aplazadas por la pandemia. La crisis sanitaria ha dificultado las negociaciones previas.  Por otra parte, el aplazamiento permite aprovechar una serie de eventos previos, que permitirán ver por donde van los tiros. Entre ellos, un encuentro internacional que convocó Joe Biden en abril; el plenario de la Asamblea General de Naciones Unidas (ONU) en junio y el G20 en octubre.

Que las dos cumbres casi coincidan en el tiempo podría ser una oportunidad. «Queremos que se miren la una a la otra y se complementen. Muchos negociadores serán los mismos en ambas cumbres. Nos estamos jugando la coherencia entre las políticas de clima y las de biodiversidad», advierte Enrique Segovia, director de conservación de WWF España. Sin embargo, la cercanía de los eventos también podría impulsar a algunas delegaciones a descuidar uno de ellos. 

Fracaso previo                                                                                                                                                           

El encuentro de Kunming debe construir a partir de un fracaso. Los 20 objetivos decenales de biodiversidad fijados en 2010 en Aichi (Japón) no se han cumplido en su mayoría. «La COP15 es decisiva, porque fijará la agenda para los próximos diez años», comenta Chandler. El objetivo más destacado es el ‘30 en 2030’. O sea, proteger el 30 % de la superficie del planeta dentro de la próxima década. «Este parece un objetivo asegurado, pero si nos quedáramos en esto el encuentro no sería un éxito», observa la investigadora. «España ya casi cumple este objetivo en tierra, pero tiene que ampliar la protección en el mar y mejorar la gestión», observa Segovia. «Es el país con mayor diversidad biológica de la UE y es el que más se juega», añade.

En Kunming se debe acordar cómo medir el cumplimiento de los objetivos. Hasta ahora, los reportes que presentan los países no están estandarizados. Eso impide comparar. «No hay manera de decir quién lo está haciendo bien. Los países siempre pueden alegar que el fracaso es de otros», explica Chandler.

Un asunto que sigue en la oscuridad es como financiar todo eso. ¿Quién paga la creación de las áreas protegida, por ejemplo? No hay avances en la idea de crear un fondo para la naturaleza, parecido al fondo verde climático. La investigadora espera que China, como país huésped, dé algún paso para desbloquearlo.

Deberes pendientes

También la cumbre del clima empezará con los deberes sin hacer. Los países que han presentado sus compromisos de reducción de emisiones no alcanzan la cincuentena. Tampoco está claro cuán verdes serán los fondos de recuperación pospandemia. «Hay el riesgo de que den mucho dinero a la industria fósil», observa Sven Harmeling, coordinador para Europa de política internacional en la red de oenegés Climate Action Network.

La asunción de compromisos climáticos no tiene por qué ocurrir durante una cumbre. Sin embargo, esos encuentros «son un momento de juicio sobre cómo vamos», explica Jennifer Tollman, del ‘think tank’ climático europeo E3G. Eso podría empujar a algunos países a actuar en los eventos previos. Durante el encuentro es posible que algunos países «de alta ambición» o grandes bancos de desarrollo anuncien medidas. Algo que sí se podría decidir en Glasgow es un sistema para que los compromisos sean más concretos. En concreto, un marco temporal común: actualmente, cada país decide si sus compromisos son de cinco años, 10 u otro lapso de tiempo.

Otro asunto candente es el llamado Artículo 6 de los acuerdos de París, referente al comercio de emisiones. Este sistema permite a un país o empresa que emite menos vender la cuota de emisiones ahorradas a otro que emite más. Actualmente, hay mercados de emisiones voluntarios. Es posible que la cumbre los articule en un mecanismo común. Sin embargo, está por decidir si los créditos adquiridos bajo el protocolo de Kioto se podrán seguir comercializando.

Financiación

Como en el caso de la cumbre de la biodiversidad, la financiación es un escollo importante. En teoría, de 2020 a 2025, los países ricos deberían contribuir con 100.000 millones de dólares anuales a ayudar los pobres en su adaptación al cambio climático, y a reparar las pérdidas y daños que la adaptación no puede solucionar (como    las consecuencias de un gran temporal). La forma de estas ayudas (préstamos, seguros, subvenciones, etcétera) sigue en discusión. También se empezará a debatir cómo fijar  los pagos después de 2025.

«No me gusta pensar en estas cumbres como la última oportunidad. Se trata de negociación y los resultados a menudos no son óptimos. Pero siguen teniendo sentido», afirma Harmeling. «Lo más importante es que estimulen la acción. Ya no basta tomar impulso, la gente quiere acciones tangibles», concluye Allan.