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Vall de laguar: La huella morisca

La historia ahora baja y sube en ascensor, sin tocar tierra. Pero para adentrarse de verdad en el pasado lo mejor es pisar el terreno y subir muchos escalones, más de 6.800. Esos peldaños de piedra son los de la ruta del Barranc de l’Infern. Es un patrimonio monumental. Los senderistas bajan al infierno (el angustioso desfiladero) y suben al cielo. Y está la historia, la de los moriscos y su infausta expulsión.

Benimaurell es el pueblo más alto de La Vall de Laguar, que también cuenta con los núcleos de Fleix y Campell. | A. P. F.

Hay muchas lecciones de historia en la Vall de Laguar. Las hay de solidaridad y lucha contra las enfermedades. En 1909, se construyó aquí el sanatorio de Fontilles. El padre Carlos Ferrís y el abogado Joaquín Ballester quisieron que fuera una institución médica moderna donde se atendiera con dignidad a los enfermos de lepra. El sanatorio se apartaba de los lazaretos, pero el estigma seguía ahí. Los pueblos de alrededor exigieron que se levantara un gran muro alrededor de Fontilles. Está la historia de solidaridad y de avances médicos, pero ese muro también recuerda que la intolerancia late con fuerza en el pasado y también en el presente. La pandemia actual ha vuelto a sacar a la luz esa doble cara.

Los otros pueblos de La Vall de Laguar, Campell, Fleix y Benimaurell, se alzan en el espinazo de la montaña. Apenas viven en ellos 900 vecinos. Los fines de semana llega, eso sí, un alud de excursionistas. La ruta del Barranc de l’Infern, la catedral valenciana del senderismo, tiene un tirón insuperable. Se baja dos veces al cañón del rio Girona. La ruta, de 14 kilómetros, es dura. Pero la suavizan un poco los civilizados escalones de piedra, nada menos que 6.800. Los tallaron los moriscos. Y esta historia es de esfuerzo y de aliarse con la naturaleza para crear caminos que bajan al infierno y suben al cielo. La arquitectura de la piedra en seco, muy presente en toda la Marina y que se hace monumental en pueblos de la montaña como la Vall de Laguar, acaricia el paisaje. Los muros crean terrazas de cultivo (esta tierra es de cerezas y almendros) en las escarpadas laderas. En esos muros, también hay escalones engastados.

Embalse de agua fracasado

Pero, mientras que los moriscos se aliaron con la naturaleza, en época más reciente se intentó controlarla. Y la cosa salió mal. A finales del siglo XIX, los ingenieros creyeron que sería fácil embalsar el agua en el tramo final del Barranc de l’Infern. Entre 1928 y 1944 se construyó la presa d’Isbert. El talud sube 21 metros y su anchura oscila entre los 4 metros de la base y los 9 de la coronación. Esa osadía de domeñar el agua del río Girona acabó en fiasco. La presa se vaciaba misteriosamente en un par de día. El agua se filtraba por las rocas calizas. En 1954, se impermeabilizaron el suelo y las paredes. Pero el agua se seguía «evaporando». La presa es hoy un vestigio de las ínfulas de los humanos. La naturaleza no se deja domesticar.

La ruta del Barranc d’Infern es una de las muchas que se pueden hacer en la Vall de Laguar. La del Cavall Verd también atrae a muchos senderistas. Y cada paso es historia, la de la resistencia de los moriscos que se resistían a marcharse al exilio. La expulsión de 1609 por decreto del rey Felipe III fue una tragedia. Las familias embarcaban en el puerto de Dénia con lo poco que podían llevar. Dejaban atrás su tierra. Descendientes de los moriscos todavía guardan las llaves que los exiliados se llevaron con la esperanza de poder regresar algún día a sus casas.

Lavadero tradicional
en la Vall de Laguar. |   A. P. F.

Lavadero tradicional en la Vall de Laguar. | A. P. F. POR alfons padilla la vall de laguar

En el Cavall Verd, están las ruinas del Castell de Pop, donde el panadero Amed Al Melleni lideró la última rebelión de los moriscos. Los derrotaron a sangre y fuego las tropas españolas de los tercios de Lombardía, Flandes y Nápoles. Quizá para suavizar la crueldad de los tercios se creó la leyenda de que los moriscos, antes de rendirse y perder sus tierras, saltaban al vacío desde esta montaña. Esperaban que llegara un mitológico cavall verd que los guiara a la victoria e hiciera huir despavoridos a los soldados españoles. Esta sierra es un territorio de esperanza. No apareció, claro está, el caballo legendario y salvador. Pero las huellas de los moriscos y su trágica historia siguen presentes en este paisaje.

La Vall de Laguar no solo entra por los ojos. También hay que saborearla. En cualquier bar, se come de maravilla. Y está el Nou Cavall Verd, el restaurante de Evarist Miralles, el cocinero de Pego que interpreta a la perfección los sabores de la Marina Alta.

Vall de laguar la huella morisca

Vall de laguar la huella morisca POR alfons padilla la vall de laguar

La carretera que sube a Campell, Fleix y Benimaurell es un gozo para los ciclistas. Se puede ascender desde Murla y desde Orba (desde este pueblo hay dos variantes). En la zigzagueante carretera,se hallan fuentes de clara y fresca agua como la del Gel o la dels Oblits. Tras alcanzar Benimaurell, el poble de dalt, se puede seguir subiendo hasta el Collao. Las vistas son extraordinarias. Se divisa toda la Marina Alta. Y la carretera baja luego, culebreando, hasta el vial que enlaza Benigembla y Castell de Castells.

Este pueblo es excelente para caminar y hacer bicicleta (también hay sendas de mountain bike). Pero los turistas y deportistas deben saber que en cada paso hay mucha historia.

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