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La punta y su huerta secular

Hasta cinco carteles tuvo que colocar el Ajuntament de València para identificar los accesos a una pedanía invisibilizada, que aún hoy conserva el atractivo de poseer una huerta milenaria, pese a los bocados que le dieron las infraestructuras del progreso, sobre todo, a partir de la segunda mitad del siglo XX. Nos adentramos en la Punta.

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La Punta, las raíces de la gran ciudad JM López

¿Qué tiene de atractiva la visita a la Punta, un ‘poble del sud’ aislado de València y crucificado desde la segunda mitad del siglo XX por grandes infraestructuras como una autovía (V-15 hacia El Saler), una vía ferroviaria o el puerto de València, que le quitó su playa y un enorme bocado de huerta de más de 700.000 metros cuadrados para una zona logística (ZAL) que está más de 20 años paralizada porque su planificación fue declarada ilegal hasta por el Tribunal Supremo?

La Punta. JM López

Para empezar, al norte, en una ‘punta’ de esta ‘terreta’ se ubica parte de l’Oceanogràfic, uno de los polos turísticos más importantes de la ciudad. Ya de por sí sería suficiente atractivo para acercarse a esta poco conocida pedanía, situada en el extrarradio y enclavada entre la Ciudad de las Artes y las Ciencias, el barrio de Natzaret y el nuevo cauce del Turia. A la altura del delfinario está el acceso principal a lo que hace siglos se denominaba la Punta d’En Silvestre, que pasó a formar parte de València en 1877, junto con Russafa.

La Punta JM Lopez

Sin embargo, el verdadero tesoro de la Punta es su huerta secular con sus milenarias acequias, caminos (Camí del Salinar, Camí del Caminot o del Valladar, por poner algunos ejemplos), accesos a casas de campo y alquerías (Entrada de Calà, de Bonora o del Lloquero), o sus monumentos. Porque los tiene. Desde una barraca solitaria -la de ‘la Fifla’- en plena zona agrícola hasta una ermita huertana, la del Fiscal dedicada a la Virgen de los Desamparados. O la iglesia de la Puríssima Concepció con su grandiosa cúpula azul y su torre-campanario, construidas con el esfuerzo de los punteros y las punteras a principios del siglo XX.

La Punt JM Lopez

El templo parroquial también quedó separado hace décadas de su núcleo poblacional principal por la línea de ferrocarril València-Tarragona, aún no soterrada por Fomento, y que ejerce de verdadera barrera física. Para ir a misa o a Natzaret se debe cruzar por una elevada pasarela que sortea esa vía férrea. O eso o ir en coche dando un buen rodeo. Ver la procesión de fiestas desfilar por la pasarela hacia la parroquia podría ser otro de los encantos, en el último domingo de agosto en honor a la Puríssima i Sant Miquel.

La Punta JM Lopez

Como también es seductor pasear por el citado Camí del Valladar junto a la acequia de Rovella que riega las extensas huertas que rodean a ambos lados la hoy solitaria y larguísima calle principal dedicada al escritor de teatro y periodista Jesús Morante y Borrás. Una vía silenciosa donde está el superviviente bar Cristóbal, donde los martes se sirve arròs amb fesols i naps y los jueves un exquisito all i pebre.

La Punta JM Lopez

O adentrarse por el Camí de la Punta al mar, nombre que evidencia que la pedanía estuvo ligada a la playa durante siglos, hasta que diversas infraestructuras cortaron esa ligazón. Ese camino, una vez sorteadas la vía férrea y la carretera del Riu (CV-5010), nos conduce hasta el Camí del Canal y Natzaret. Por ahí cerca pasa el carril bici que viene desde el camí del Salinar, junto a la Ciudad de las Ciencias, y que en paralelo a la autovía del Saler llega hasta la playa de Pinedo, ‘poble’ vecino.

Otro incentivo puede ser acercarse a ver los diferentes grafitis que hace años se pintaron en diversas fachadas en homenaje a una forma de vida y a un arraigo muchas veces denostado con la excusa del progreso o la modernidad. O visitarla en fallas, donde no esperas encontrarte un monumento experimental con la huerta como telón de fondo.

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