La Albufera no ha escapado de los efectos del temporal «Gloria» en el litoral valenciano, pero donde siempre estará maravillosa es en «El embarcadero», la serie de Movistar+ donde el parque natural se funde en la personalidad de una de las protagonistas, Verónica. Interpretada por Irene Arcos, a la que vimos como inverosímil madre de Nano ( Jaime Lorente) y Samuel ( Itzan Escamilla) en «Élite» - le lleva solo 5 años a su supuesto hijo mayor-, la chica de los arrozales es el personaje embriagador. Nos la venden como un ser libre porque no le importa ser la eterna amante de un asesor financiero casado y se divierte pintando de rosa con brocha gorda un coche de alta gama. Hasta que la doble vida en la que se ha metido «el pobrecito» Óscar ( Álvaro Morte) acaba en tragedia y las dos mujeres a las que quiere a media jornada se encuentran.

¿Suicidio o asesinato? La respuesta está en la segunda temporada estrenada hace un par de semanas, un desenlace en el que la intriga policial sugerida se diluye en la estética y el erotismo. Sin desvelar el final, ni las sorpresas de la trama sobre las últimas horas de vida del amado Óscar, estos ocho capítulos orbitan alrededor de la viuda oficial ( Verónica Sánchez), rendida a los encantos de la amante con «fuego entre las piernas», como recalcan sus vecinos en varias ocasiones. Los aires del lago inflaman a la racional esposa arquitecta que «busca en su interior al animal salvaje que lleva dentro», según leemos en el resumen promocional de la ficción.

Y parece que lo encuentra. Además de con la que enamoró a su marido, se lía con Conrado ( Roberto Enríquez), el guardia civil que lleva la investigación, descrito como «un empotrador» con el que tener relaciones sexuales encima de una moto o contra la pared en los aseos de un local de copas. En contraposición, los encuentros íntimos de las dos mujeres, entre los que no podía faltar la más que húmeda ducha, son más bien desnudos artísticos con escenas que recuerdan a Sylvia Kristel en «Emmanuelle», pero dentro de una bañera en medio de un patio al aire libre.

Con un par de subtramas totalmente prescindibles, la resolución del caso transmuta a las chicas en «Thelma y Louise» y solo avanzo que no se tropiezan con ningún Brad Pitt en el camino. La historia se cierra sin aparente posibilidad de continuación y queda como bello escaparate de los paisajes de la Albufera a través de la mirada del director de fotografía Miguel Amoedo.