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Dejarse el Twitter

Dejarse el Twitter

Dejarse el Twitter

Los que hemos tonteado con las drogas y frecuentado esos ambientes sabemos que quien pierde piel y cae en la adicción tiene dos opciones: a) abandonar ese tipo de vida y a continuación dejar las drogas, b) decir que deja las drogas sin cambiar sus compañías. Entre los primeros hay historias victoriosas de superación. Entre los segundos, recaídas y recaídas. Y también recaídas. Pues bien: pasa lo mismo con Twitter. Cada vez que un usuario dice a gritos que lo deja empieza una cuenta atrás para que vuelva. Si das un portazo exhibicionista para que lo vea todo el mundo lo tienes crudo para no volver. Nos ha pasado a muchos, vaya.

Ada Colau dijo que se deja la red, y tras ella fue Cristina Fallarás. No son las primeras ni las últimas que, ay, lo anuncian y hacen mutis. Jordi Sevilla lo intentó en 2013. Ya por aquel entonces, cuando Twitter era todavía otra cosa, el exministro socialista chilló que aquello no era un ágora apropiada para el diálogo y pegó un portazo que hizo temblar las ventanas. Meses más tarde reaparecía, como le pasó al escritor Lorenzo Silva, y como nos ha pasado a tantos otros. La conclusión de Sevilla en 2013 era la misma de Colau o Fallarás en 2021. Resulta que Twitter no era, ni es, ni será jamás un lugar adecuado para la discusión.

Agitación

Está programado para hacernos perder los nervios porque sus dueños hacen fortuna de nuestra agitación. El filósofo Jorge Freire reflexiona sobre ese estado individual y social en su último ensayo (Agitación: sobre el mal de la impaciencia, Páginas de Espuma), y no se le escapa que el nervio alterado está en el origen de muchos de nuestros males. La cuestión es que en Twitter el mal conlleva recompensa. La reputación asciende meteórica a medida de que la agitación del usuario crece. Has de estar en todas las misas y repiques, y dar a coro con las otras ranas el último grito. Twitter no es el ágora, sino el Coliseo.

No hay una semana que, borracho o resacoso por el exceso de Twitter -a veces borracho y resacoso al mismo tiempo- deje de jurarme a mí mismo que esta es la última vez. Me descubriré a las pocas horas volviendo a amorrarme al vertedero y jurando a mis seres queridos que “yo controlo”. Pero casi nadie controla. Ni en Twitter ni en el resto de jeringuillas digitales que esa tropa de narcotraficantes dejaron a la puerta de todos los colegios. Qué gran oportunidad de negocio son las redes sociales para los psiquiatras especializados en adicción.

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