o sólo el ser humano ha estado expuesto a plagas y pandemias a lo largo de la historia. Hace más de siglo y medio, el viñedo español ya sufrió el azote devastador de varias plagas llegadas del continente americano, aunque, como sucederá con el coronavirus, se superó a base de esfuerzo, sacrificio y compromiso.

La primera plaga criptogámica de la que se tiene constancia es el oidium, un hongo que sólo puede ser atajado mediante tratamientos preventivos con productos como el azufre. No mata la vid, pero daña hojas y racimos reduciendo la cosecha. Originaria de Norteamérica, fue una plaga que arrasó el viñedo en España durante dos décadas (de 1850 a 1870). Los primeros registros en España se remontan a 1851, aunque ya había constancia de la enfermedad de la vid en Europa cuatro años antes. Según relata Juan Piqueras Haba (Departamento de Geografía de la Universitat de València) en un artículo publicado en la revista electrónica de geografía y ciencias sociales 'Scripta Nova' de la Universitat de Barcelona, los primeros síntomas se localizaron en La Safor, el sur del río Miño y la Costa Brava catalana. Para Piqueras, la crisis del oidium tuvo tres consecuencias inmediatas: la de una sensación de pesimismo por parte de los afectados ante una enfermedad nueva que destruía las cosechas y contra la que no parecía haber remedio; una escasez de uva y, en consecuencia, un alza extraordinaria de los precios del vino; y el incremento de las exportaciones de vinos y aguardientes vínicos. Con la distancia que da el paso del tiempo, hoy todo viticultor tiene perfectamente asumido que contra el oidium solo caben tratamientos preventivos, pero resulta curioso ver cuales fueron los pasos dados para su control -la mayoría en falso- y las similitudes -salvando las distancias- con la situación actual.

Sociedades económicas, institutos agrícolas, hombres de ciencia y, en última instancia, el Ministerio de Fomento, se dedicaron a investigar sobre la enfermedad y los remedios para combatirla, aportando multitud de tratados e investigaciones. Algunos estudios achacaban a insectos microscópicos la enfermedad, pero ya en 1852, según relata Piqueras en su artículo, «se constató la eficacia del tratamiento de la nueva enfermedad a base de azufre. Sin embargo fueron muy pocos los que supieron y pudieron emplear este método, que no llegó a generalizarse hasta 1863. Antes de llegar a ello, el sector atravesó unos años de auténtica confusión, nacida de la ignorancia, la desconfianza y la pobreza en que cayeron muchos cosecheros».

Una muestra de aquella confusión es la infinidad de soluciones que llegaron a proponerse para acabar con la plaga, muchas de ellas recopiladas en un concurso de remedios patrocinado por el Gobierno en 1854, que otorgaba un premio de 25.000 duros (una fortuna de la época) a quien diese con el método más seguro y eficaz para combatir la enfermedad. Piqueras destaca en su artículo propuestas drásticas o pintorescas, como «hacer un agujero grueso en el tronco de la cepa y meter en el mismo un pedazo de madera de encina, cubrirla con tierra, regar el tronco con agua de mar y atravesarlo después con un clavo; procurando que la madera quede quebrada y regar tanto el tronco como las raíces con orín humano». Afortunadamente, el empleo de azufre como tratamiento preventivo se fue extendiendo con el paso de los años, y a día de hoy, su incidencia sobre la vid es testimonial.

Pero cuando los viticultores españoles parecían tener controlada esta plaga, llegó la filoxera, enfermedad de naturaleza animal -se trata de un insecto parásito de la vid americana, en la que vive sin dañarla, pero que transferida a la vid europea acaba estrangulando sus raíces y provocando su muerte-. No hay tratamiento químico ni natural contra ella, por lo que la única solución es sustituir los pies europeos por los americanos. Los primeros focos de esta plaga en España datan de 1878 (aunque en Europa ya había constancia de su entrada en 1863).

Dado que la única solución pasaba por arrancar el viñedo y sustituirlo por plantas americanas, en España se decidió hacer un 'cordón sanitario', aunque la medida chocó con viticultores de zonas donde se planteaba el arranque, de donde surgieron otros intentos de control, como el tratamiento de las viñas filoxeradas sumergiéndolas en agua y aplicando sulfuro de carbono, ya que éste actuaba como insecticida. En esa época, zonas como las de Rioja, comenzaron a generar viveros de simiente de vides resistentes a la filoxera. Al igual que sucede hoy día, esta pandemia obligó a tomar medidas drásticas que supusieron un grave perjuicio para los agricultores. Para contrarrestar en la medida de lo posible las graves consecuencias económicas, se pusieron en marcha iniciativas para ayudar al sector, como la 'Caja Vitícola de La Rioja', que puso al servicio del viticultor con préstamos en condiciones ventajosas, maquinaria de desfonde y estacas americanas.

A día de hoy la filoxera es un término que forma parte de la historia vitivinícola europea, aunque su incidencia es casi inexistente, pues la inmensa mayoría del viñedo europeo se asienta ya sobre raíces de plantas de vid americanas.