He leído Pandora al Congo de Sánchez Piñol porque me gustó su novela La pell freda, traducida a veinticuatro lenguas. Sánchez Piñol es el avatar más importante de la narrativa popular en catalán desde que Ferran Torrent redondeó su personaje de Butxana y aunque la literatura puede pasarse muy bien sin fenómenos clamorosos (y es más importante tener lectores que tener éxito), tales acontecimientos también son parte de ella, de sus pompas y ropajes al menos. Pero Torrent, como buen valenciano, es mucho menos patidor que Piñol: metabolizó el éxito con absoluto impudor y notable complacencia.

Piñol ha escrito un novelón en el que caricaturiza a sus monstruos lovecraftianos y se pone a salvo del éxito desnudándose como un negro porteador de la circunstancias, cada uno se lo monta como puede. Cualquier persona medio inteligente sabe que un éxito es mucho más arriesgado que un fracaso y no sólo por el lógico miedo escénico a defraudar las expectativas sino por el riesgo de perder contacto con la realidad que es el alma. El rasgo patidor, sufriente, muy catalán pero también valenciano e incluso mestizo -como prueba el caso del extremeño-catalán Javier Cercas, que hizo penitencias un tanto masoquistas en La velocidad de la luz y el valenciano-madrileño, mi admirado Juanjo Millás, que dice en el mismo momento de recibir un premio: sueño con una escritura que me hiera y me cure al mismo tiempo. La consigues, Juanjo, y nos la regalas cada día-.

Pandora al Congo se lee bien, no pesan sus seiscientas páginas, aunque deja un gusto de artificio y sigo preguntándome por qué Piñol en las escenas de corte más doméstico incurre en el sainete, tentación, por cierto, muy presente en la nostra llengua. Demasiado ligada para dudar de la seriedad del intento y de su condición adulta, hay que ser un genio absoluto para mostrar las trampas y no dañar el relato. Las verdad de la literatura se construye con mentiras indescifrables.