El nuevo y revelador mensaje icónico de la cultura de masas, que diría el profesor Gubern (lo dijo hace años, ahora igual ha cambiado de tesis o envoltorio) lo traslada Luis Aguilé, valenciano de adopción e infinito en edades, a través de You tube, cantando Nadie me quita mis vacaciones en Castellón. El lanzamiento lo ha pagado la Diputación de don Carlos Fabra para promocionar la provincia y sus comarcas, y la imagen de Aguilé cantando y bailando mientras el vídeo salpica de imágenes paisajísticas o monumentales una letra que a fuerza de convencional sucumbe al surrealismo, se ha convertido en un fenómeno de masas: los internautas transmiten la canción con un frenesí desconocido y una excitación nerviosa sólo comparable al opositor que avanza hacia el primer examen de nota­rías. «Puedo privarme de ir a París/y nunca más ver un strip-tease? pero nadie me quita mis vacaciones en Castellón» suelta Aguilé a la manera de un viejo crooner y desde una certidumbre y alegría envidiosas. El vídeo lleva camino de igualar al Amo a Laura dichoso, pero sin que los significados sean análogos, sólo faltaría. Además, su éxito en la red viene propiciado por pasiones encontradas, de afecto y desafecto, ya que existe un universo valenciano que lo considera casposo, hortera, pantojil. Quizás preferiría que cantara Lluís Llach, pero entonces estaríamos perdidos, porque asistiríamos a un velatorio. Aguilé inocula gozo, felicidad, satisfacción, que es de lo que se trata, y cualquier individuo pegado a una guitarra enseguida nos contaminaría con pesadumbres, desconsuelos y melancolías variadas: sobre el paisaje perdido o el paisanaje alienado. A la pseudoizquierda cantora le aplicaría uno la misma fórmula que Perry Anderson (el gigantesco marxista británico, hoy en regresión) asignó hace unos años a la izquierda en general: «el único punto de partida para una izquierda realista es la lúcida constatación de la derrota histórica». Esta ideología del fracaso, la juntas con algunos retales posmodernos, y te sale Luis Aguilé. De ahí su nuevo triunfo. Y su triunfo, de nuevo. Largos años.