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Opinión

Teórica de Rajoy sobre las cajas y la libertad de expresión

El Partido Popular se ha puesto en evidencia con el nombramiento del presidente de Caja Madrid. La historia ya la conocen: Rato le dijo a Rajoy que quería presidir el cuarto banco de España y Rajoy, contando con un candidato supuestamente indiscutible en el campo de las finanzas, vio abierta la posibilidad de doblegar a los que le disputan el liderazgo en casa: Aguirre y Gallardón. Y, de paso, no sabemos todavía si en un intento ilusorio, mantener al ex vicepresidente económico del Gobierno entretenido y apartado de mayores ambiciones.

El enfrentamiento atrajo la atención pública por la crudeza con la que se emplearon los contendientes: la respuesta de la presidenta de Madrid proponiendo otro candidato inicialmente consensuado con el resto de las fuerzas políticas, el acercamiento sibilino del alcalde madrileño a Rajoy y «el vómito» de su lugarteniente en unas declaraciones ex profeso a «El País». El PP no tenía necesidad de añadir nuevos argumentos a su descrédito después de meses a la intemperie por el «caso Gürtel», la tormenta de Valencia, la obstinada resistencia de Camps y la escasa capacidad del líder nacional para contrarrestar la insubordinación interna. No tenía por qué, efectivamente, pero se empeñó en hacerlo y lo hizo. En los populares asombra y hasta escandaliza la pulsión suicida, pero más debería escandalizar ese comportamiento familiar y hasta doméstico para administrar o repartirse el poder, sin guardar las formas y en términos irreconocibles en cualquier país democrático del entorno.

El dichoso nombramiento en Caja Madrid se planteó como si se tratase de un pulso entre el presidente del partido y la presidenta de la comunidad madrileña. Es más, a Aguirre se le llegó a reprochar que eligiese a su mano derecha para ocupar el cargo cuando Rajoy ya había decidido apoyar a Rato. Así que, a renglón seguido, no hubo ningún empacho en presentar la elección de este último como un éxito del líder nacional del PP. Ergo, Rajoy impuso a Rato en el cargo, cuando no entra dentro de sus funciones nombrar a los presidentes de las entidades bancarias. ¿O acaso los partidos pueden en este país elegir, sin ningún tapujo, a los banqueros?

Lo gracioso es que el presidente del PP, a la vez que libraba el pulso con Aguirre, reconocía, en declaraciones en televisión y a otros medios, que si él tuviera que nombrar un presidente de la Caja sería Rato, pero que eso no entraba dentro de sus competencias. ¿En qué quedamos entonces? Aparte de ser voluntad expresa del propio beneficiado, ¿a quién le correspondió la decisión de que el ex director del Fondo Monetario Internacional presida el banco madrileño? Evidentemente a don Mariano, que ha ganado el pulso a la indómita presidenta de la Comunidad de Madrid valiéndose de facultades que no tiene pero no le cuesta, sin embargo, usurpar, porque la partitocracia permite a los partidos disponer del poder a sus anchas.

Es posible que el nombramiento de Rato resulte benéfico para Rajoy -el deslenguado Cobo advirtió de que de prosperar el candidato banquero de Aguirre se acabaría la carrera política del actual líder del PP-, pero no hacen falta gafas para ver el marco inadecuado en que se dilucidan los intereses personales y partidistas. El síntoma de la corrupción política aparece por cualquier lado, no sólo hay que atribuirlo a la esfera del enriquecimiento particular o a la financiación ilegal de los partidos: está, en general, en las malas conductas democráticas.

No es que Rajoy no pueda o deba defenderse de quienes le disputan la hegemonía dentro de su propio partido escenificando un enfrentamiento cada vez más ridículo, como ocurre con Aguirre y Gallardón, muy reiterativos en la representación de sus diferencias. Rajoy puede hacerlo, lo que no debe es someter a los demás a la ley del embudo: dejando claro que a él le asiste el derecho, cuando no es así, de nombrar presidente de la caja madrileña a quien se le antoje, e impidiendo, al mismo tiempo, la posibilidad de que Aguirre se pronuncie sobre este mismo asunto desde la Comunidad de Madrid. O imponiendo silencio a los demás para que el único ruido audible sea el de Génova 13. Esto no es democrático por más que empiece a resultarnos familiar en las organizaciones políticas. En el PP hablan cuatro y los demás callan, empezando por los afiliados, que tan siquiera pueden decidir sobre sus dirigentes. O los propios contribuyentes no militantes, que subvencionan con sus impuestos a unos partidos cada vez más ajenos a los intereses de los ciudadanos y tampoco pueden alegar en su defensa, salvo cuando son convocados para votar los nombres de las listas cerradas fruto del capricho partidista.

Rajoy pilota un barco sin rumbo guiado por el viento de las encuestas, esperanzado en su porvenir electoral porque sospecha que los españoles se resignan frente a la corrupción como un fenómeno intrínseco al sistema y que afecta a todos los partidos por igual. Así, la partitocracia española se libra en las urnas de una derrota gracias a sus incondicionales súbditos.

Periodista

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