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Opinión

El botellón de los ricos

Alfons Cervera

La costumbre de beber al aire libre no es de ahora. Antes se abría el capó del auto a las puertas de las discotecas y con la bebida y el chimpampum de los altavoces la cuadrilla se disponía a pasar la noche alegremente bajo las estrellas. Cuando el calor apretaba, los pobladores de los bares buscaban la brisa del exterior para dar cuenta de sus destilados al hilo de una conversación que por lo larga y a veces ruidosa empezaba a sublevar al vecindario. Poco a poco unos y otros encontraron acomodo en un espacio más democrático y sobre todo más espacioso: las plazas y los parques se convirtieron en un hervidero humano que a ratos parecía uno de aquellos conciertos hippies de Woodstock, Canet Rock o la Isla de Wight. Y con su proliferación, con el ensanchamiento de sus nuevos dominios, surgieron las protestas.

La excusa o la razón de esas protestas es clara: la gente que monta el botellón lo deja todo hecho una porquería. Incluso algunas veces, según las crónicas de los acontecimientos, las cosas van más allá: no sólo lo dejan todo hecho una porquería sino que la violencia ocupa los horarios del divertimento. Por ejemplo, lo que pasó hace unos meses en el poblado pijo de Pozuelo. Pero a la sombra de esa clase de botellón más o menos interclasista pasa desapercibida otra clase de botellón y su manera de organizarlo. Es la manera que tienen los ricos de ocupar espacios públicos para montarse sus juergas. Por ejemplo: la que se monta en las calles junto al puerto de Valencia con la Fórmula 1. Después de esa juerga lo que queda es un paisaje de inmundicia, como dicen que se quedan los sitios del botellón adolescente. Pero los juerguistas todopoderosos no protestan porque es su estiércol y no se lo tragan ellos sino ese vecindario que soporta estoicamente el botellón indecente de Rita y su pandilla.

¿Y el de la Copa del América? Ése sí que es un botellón de campeonato y lo demás son cuentos. Los yates atracados en el puerto. Las proas como tiburones dispuestos a zamparse sin ardor de estómago los presupuestos del ayuntamiento y de la Generalitat. Las fiestorras de tiros largos en sitios reservados a cargo de los mismos presupuestos. La cerca de agua, estructuras metálicas y ruedas de coche que como una alambrada carcelaria separa a los millonarios de la chusma. Y lo peor de esos botellones es que los pagamos nosotros. Que se lo pregunten si no a ese portento de los negocios que es Aspar. Si hubiera sido tan buen corredor (que seguramente lo era) como empresario, habría roto la barrera del sonido en todas las carreras: las deudas de ese botellón automovilístico que se llama Valmor Sports las asumió graciosamente el gobierno de Francisco Camps. O sea: ustedes y yo, que no somos del gobierno pero pagamos sus botellones. Más reciente es la juerga del Ágora calatraveña: inaugurada sólo para un botellón tenístico, espera ahora como una ruina de lujo en expectativa de destino.

Y lo último: el Cabanyal. Siguen empeñados la alcaldesa y su colega presidente en construir un círculo de oro junto al mar dedicado a los botellones de los ricos y ha decidido convertir la prolongación de Blasco Ibáñez en un botellódromo para goce y disfrute de la especulación inmobiliaria. ¡Ah! Se me olvidaba el botellón estrella: Bancaja. Ahí es nada: todo el poder de la entidad para el partido, toda la pasta para que se diviertan a sus anchas y sin fiscalizaciones de ninguna clase los consejeros del PP. La costumbre de beber al aire libre no es de ahora. Lo de ahora es la costumbre de unos cuantos vividores que con los dineros del contribuyente se montan unos botellones que dejan ridículos los de los más jóvenes en las plazas y en los parques algunos fines de semana o fiestas de guardar. Y encima se ríen en nuestra mismísima cara diciendo que lo seguirán haciendo porque la gente les vota. Encima te vienen con la risita. Encima.

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