Aquí en Madrid no andamos muy informados sobre el lío jurídico del Cabañal, aunque las teles ya disfrutan sacando ancianitas expoliadas y a la alcaldesa Barberá en plan Cruela de Vil. Pero el periodismo consiste en ignorar un asunto y escribir con desenvoltura sobre el mismo. No entiendo la obsesión de Rita por allanarle el camino al mar, sirviéndole en bandeja una gran avenida. Sin barrera alguna, la consumación del cambio climático, o el correspondiente maremoto, que en zona sísmica estamos, pondrá cualquier día a la Malvarrosa en las puertas de Viveros. Mejor dejar al humilde Cabañal como parapeto frente a la catástrofe del día de mañana, cada vez más cercano. Y si el vecindario se ahoga no pasa nada, que deben de ser mayormente pobres. Pero por Dios que no llegue el agua a la Gran Vía. El Cabañal se está convirtiendo en una causa, o en una causita, y a Valencia le va a venir muy bien para la polémica de cada temporada y el insulto anónimo por Internet. Yo creo que Rita, caritativa y buena cristiana, ha decidido aliviar las penurias de la oposición con este regalo. Caridad que tampoco les va a servir de mucho, mientras Rita sea Rita, Valencia sea Valencia, y la una sea la otra. Envidia me da no estar ahí para manifestarme con alguna pancarta ligera y bien diseñada al sol de los domingos.

No soy conservacionista, o como se diga. Me parece grotesca la obsesión por mantener intacto hasta el último pedrusco ibero. Durante mis años valencianos, vecino de la Lonja, suspiré por la voladura controlada de muchas zonas del barrio del Carmen. Mi sueño era un Corte Inglés en la plaza de Sant Jaume, qué mejor solución para rehabilitar una zona, y un par de hermosos rascacielos en la calle Alta, y todo salpicado con pequeños jardines en lugar de tanta callejuela mugrienta. Pero la autoridad competente, que ni me acuerdo cuál, se empeñó en conservar hasta el último ladrillo, con lo cual han terminado por conservar muy poco y mal. Hace unos meses anduve por allí, después de más de un lustro de no pisar la zona. Deambulando con unos amigos, que se hacían cruces, entre escombros, basuras y zombis, me pareció que al barrio del Carmen solo le faltaba tener a Maruja Torres como vecina para parecerse más a Beirut.

Pero una cosa es ponerle un poco de botox a un distrito y otra arrancarle la cara de cuajo, como pretenden hacer con el Cabañal. Parece de sentido común que la mitad del Cabañal no se convierta en una carretera. Ya desaparecerá, el viejo barrio marítimo, como todo lo demás, cuando se extinga el sol, o la tierra choque con Ganímedes. O quizás se convierta en un estercolero humano dentro de muy poco, cuando el inane Zapatero haya transformado España en un país de mendigos harapientos al estilo de Mad Max. Supongo que en alguna instancia jurídica se detendrá el dislate. Y supongo también que la zona continuará degradándose, si la autoridad competente no lo impide, que no parece. Y que los manifestantes terminarán por quedarse en casa los domingos, o abanderando otra causa más reciente y novedosa, como suele ocurrir. O sea que si al Cabañal le ponen una autopista entre pecho y espalda, pues fatal, y si no se la ponen, pues lo mismo, la venganza municipal será terrible, imagino.

Yo creo que Rita debería de matar la cuestión, dejándola en una diplomática vía muerta, como ha sucedido ya con otros desatinos semejantes. Que se vaya unos días a California, a hermanarnos con la Valencia de allí, y que hable de otra cosa a su vuelta. Tampoco están las arcas públicas para obras faraónicas. Además, las guerras políticas son batallas mediáticas, y ésta la tiene perdida la alcaldesa. La tendría perdida, incluso, en el supuesto de que llevara toda la razón. Funciona así. En adelante, cada viejecito desalojado, cada derribo en esa zona, si lo hubiere, será, ya lo está siendo, ácida noticia de telediario nacional. Rita, por la que siento un histórico y bien fundado aprecio, es la más veterana fábrica de votos populares de España, y seguirá siendo alcaldesa mientras le dé la gana. ¿Para qué complicarse la vida, y, lo que es peor, la imagen, protagonizando este episodio de urbanismo sangriento y gore que se propone para el Cabañal?

Claro que también podría consultar con el alcalde de Madrid: tomar ejemplo del barrio de Chueca, en el centro de la capital, y rehabilitar el Cabañal en plan gay, que sería lo más eficaz y hacendoso. Y materia prima le sobra a la ciudad. Los gays mesetarios, más austeros y menos coloristas que los nuestros, convirtieron una zona degradada en un floreciente barrio comercial. Por otra parte, Ruiz Gallardón es experto en agujereamientos y perforaciones del subsuelo urbano. Así, el conflicto también podría quedar zanjado prolongando Blasco Ibáñez a través de un sistema de túneles. Obra colosal que propiciaría sin duda muchos sobre costes. Valencia llegaría finalmente al mar, y el Cabañal seguiría intacto: listo como todos los años para acoger las maravillosas procesiones de la Semana Santa Marinera, a las que no sé si asistirá este año la alcaldesa. Y como no comparto las habituales paranoias de la izquierda, que ve la mano especuladora del capital salvaje, y etc., detrás de cada acción urbanística, tiendo más a pensar en alguna componente freudiana del asunto que se me escapa. O en un súbito delirio de grandeza que tampoco le pega nada a Rita. Hace tanto tiempo que no me manifiesto que lo echo en falta. Pero aquí en Madrid la gente solo sale a la calle para vociferar en favor de la vida, en compañía de Rouco, a veces, y a mí me parece que la vida es una pasión inútil, como dijo un francés, así que paso del asunto. Bastante hago ya, en contra del aborto, con no ligarle las trompas a mi perra Ava, que va ya por la quinta camada la pobre, con unos bebés guapísimos que ya metí en YouTube. También me da igual que el personal de ese barrio vote mayoritariamente al PP, cosa que avalaría, según leí en alguna parte, la dichosa maniobra urbanística, vaya sofisma. Tengo muchas afecciones, las propias de la edad, pero me curé hace tiempo la democratitis. No todo ha de ser votable, que tampoco lo ha sido el futuro del Cabañal, estrictamente hablando, ni los votos son la razón última que permita cualquier desatino.

«L´alcaldesa de Valencia/ vol matar el Cabanyal. / Se li nota la impaciència/per enfonsar-li el puntal.» (Copla popular que me acabo de inventar.)