En estos últimos días los medios de comunicación nos informan, casi en cascada y en distintos países, de casos de pederastia clerical. Es muy triste. Es posible que los medios estén amplificando las noticias sobre el tema o que se trate de una campaña, como afirman algunos prelados. Sin embargo, esto no resta un ápice de la cruda y espeluznante realidad. Los hechos son los hechos. Y la Iglesia en algún caso clamoroso —dígase Maciel— ha actuado, como mínimo, tarde, cuando no mirando hacia otro lado. Y ¿por qué? ¿Por qué no ha apartado a estas personas apenas hubiera tenido la más mínima constancia? No hace falta poner altavoces, pero sí eliminar posibilidad de reproducir casos y más casos.

El comportamiento de los pederastas con sotana es aún más terrible y demoledor. Aunque no lo queramos, pone en duda la credibilidad de la Iglesia. Supone un escándalo tan horrible, porque el engaño se realiza en nombre de lo «sagrado» y aprovechándose de seres débiles y vulnerables. Y, por supuesto, las secuelas para las víctimas son indestructibles y constantes. La fe de muchos se tambalea ante esta barbaridad.

La pederastia es un problema moral, psicológico y penal. El problema moral pertenece a la conciencia del individuo. Teniendo en cuenta el tipo de formación recibida, sin duda su conducta habrá llevado a muchos de ellos a vivir en una merecida esquizofrenia infernal. En cuanto a la problemática psicológica, existe una abundante y cualificada literatura sobre estos casos. Respecto a lo penal, el delito merece la cárcel. A su nivel, los encubridores deberían participar también de esta pena.

Sin embargo, ante esta avalancha de casos que pueden ser la punta de un inmenso iceberg universal de sufrimiento, la Iglesia no puede conformarse simplemente con pedir perdón. La Iglesia tiene que reflexionar a fondo sobre la clara relación entre la pederastia, otros comportamientos sexuales incoherentes del clero y el celibato. No es posible continuar ignorando ese nexo. Sin duda, la ilusión vocacional arranca demasiadas veces decisiones definitivas de forma inmadura en muchos candidatos. Posiblemente el discernimiento, en su momento, no fue tan riguroso y profundo como hubiera sido deseable. Punto a revisar. El inmenso misterio de la sexualidad humana aflora con virulencia, en cada etapa de la vida, creando la sensación de fracaso o esquizofrenia en muchas personas. Y, cómo no, las patologías de la sexualidad no perdonan tampoco a los célibes, sino todo lo contrario. A pesar de la montaña de concienciación e ilusión, la fuerza de lo afectivo y sexual es incontenible.

En cualquier caso, la Iglesia debería considerar, con serenidad, la cuestión del celibato. Al menos, el celibato opcional daría la oportunidad a muchas personas de realizar su sexualidad en un ámbito más normalizado. No creo que el problema sea que la Iglesia tema perder ese inmenso ejército de célibes, dispuesto al cien por cien a su servicio, como me decía un viejo sacerdote. El cardenal Martini, una vez más, ha dicho claramente en una reciente entrevista: «El celibato de los sacerdotes debería ser repensado».

No obstante, también pienso con reconocimiento y afecto en muchos sacerdotes y religiosos que diariamente luchan por ser fieles a ese duro compromiso del celibato que un día asumieron.