11 de junio de 2010
11.06.2010

Sindicalismo estupefacto

Luis del Val

11.06.2010 | 07:30

Hay momentos en que uno se encuentra en la etapa inadecuada y en el sitio más inapropiado. No los eliges, porque nadie es dueño de su propio destino, ni siquiera el presidente del Fondo Monetario Internacional.
En una etapa de crisis económica profunda, los sindicatos se encuentran con las mismas posibilidades que un buscador de pozos de agua en medio de un periodo de inundaciones. Si intentan sostener las conquistas sociales, les acusan de olvidarse de los parados; si aceptan el repliegue, se toma como una bajada de pantalones; si convocan una huelga general, les pueden acusar de que encima echan más ruina a la ruina, y, si no la convocan, que si están sólo para cobrar la nómina.
Además, se ha quebrado la veda sindical. Este es un país de cazadores furtivos, y de la misma manera que hubo una especie de veda monárquica, y no se podía mentar la Casa Real en vano, también parecía poco elegante criticar a los sindicatos. Leo y escucho que la veda se ha levantado, y al grito de «¡sindicalista el último!», parece que el que no se meta con los sindicatos es un flojo.
La principal culpa de los sindicatos quizás sea su estabulación. Vivir del Presupuesto relaja las costumbres, burocratiza la organización y nacen unos aparatos de estalinismo burgués y vicios de funcionario, sin haber pasado por la oposición. Puede que ello haya impedido un olfato más vigilante para evolucionar de acuerdo con los cambios sociales, un estancamiento que se nota en los discursos. Las dos cosas más antiguas que ahora, en el siglo XXI, pueden escucharse son una homilía sindical y un discurso del párroco en el mitin de la misa del domingo, o al revés.
Sin embargo, es injusto que sean los culpables de casi todo, o los chivos a los que hay que arrinconar para el sacrificio. Los que tenemos memoria nos acordamos de aquellas comisiones obreras que tanto ayudaron a traer la democracia.

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