12 de junio de 2010
12.06.2010

Entrevistas al viento

12.06.2010 | 07:30

Matías Vallés

Un clásico diría que el periodismo es el arte de entrevistar. Un cínico añadiría que periodismo es el arte de entrevistar a personas que no tienen nada que decir. Me inicié en esta doctrina con una concienzuda entrevista a María Jiménez, tras la cual su manager me dijo «pon lo que quieras, ya sabes cómo funciona esto». Después de escribir más de dos mil entrevistas y de leer más de veinte mil, puedo concluir que la mitad de conversaciones que transcriben los medios jamás debieron ser publicadas, si se aplicara un mínimo control de calidad. Ante esa evidencia, el falsificador italiano Tommasso Dibenedetti ha negado a sus entrevistados la posibilidad de engañarle o de aburrirle, por el expeditivo método de inventarse encuentros periodísticos con las grandes personalidades del planeta.
El error de Dibenedetti no consiste en la atribución mentirosa de citas a Ratzinger, Gorbachov o Saramago —para inventarle una entrevista con el portugués, basta espolvorear generosamente cualquier frase con raciones generosas de la palabra «yo»—. Su fallo radica en la ocultación. Si hubiera advertido de que las entrevistas eran falsas, hubieran atraído a un mayor número de lectores. Hubieran sido más efectivas y, por tanto, más reales, porque no hubieran sido confundidas con la papilla insípida que se sirve profesionalmente bajo ese formato. Gracias a sus entrevistas falsas, ahora los grandes periodistas entrevistan a Dibenedetti. Después de todo, Vila-Matas se vanagloria de su falsa entrevista a Brando —la literatura como refugio del desprecio a la literalidad—, y Francisco Umbral publicaba extensas y geniales conversaciones sin tomar ninguna nota ni grabación de sus encuentros. Es decir, la entrevista es un retrato a cargo del entrevistador, donde la víctima debe limitarse a posar en silencio. De hecho, la mayoría de entrevistados sólo denuncian inexactitudes después de recibir las reacciones de sus próximos. No ha empeorado el periodismo, ha empeorado la realidad. O, por citar la inevitable última pregunta, ¿tiene usted algo que añadir?

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