19 de junio de 2010
19.06.2010

Ciudad viva

19.06.2010 | 07:30

Emili Piera

A veces somos los guiris de nuestra propia vida y viajamos por la ciudad sobre circuitos organizados: organizados por el tiempo laboral o por los más variados afanes o presuposiciones. Y eso que las ciudades grandes tienden a ser cristalizaciones de espacios culturales enormes. El bar que veo desde mi ventana se llamaba Mar del Plata. El bar sigue ahí pero su nombre es ahora Li Yan (un café, noventa céntimos). Me tengo que enterar por un amigo de Xàtiva —el escritor Xavier Aliaga— de que en Velluters, donde sigo teniendo oficina, se distribuye una hoja volandera —Societat i Cultura— para grapar el barrio desmoronado a los sólidos cementos y argumentos del MuVIM, un museo de la modernidad, nada menos. En la revista aparecen viejos amigos como Salvador Barber —natural del Chino— o Nicolás Sánchez-Durá.
El otro día fui a Benicalap para un trámite humillante relacionado con la grúa. Decidí quedarme por allí y al poco rato de caminar divisé entre las azoteas anodinas, una cúpula enorme, de nervaduras verdes, con algo de templo bizantino de Creta o Serbia. Me acerqué a la iglesia y era un templo imponente, hermoso: parroquia de San Roque. La verdad es que los restos de la cultura cristiana salvan a ciertos rincones de la más completa futilidad. A esa hora salía del instituto un tropel de hormonados: uno de ellos trató de gorronearme un cigarro, pero no fumo.
Luego seguí por Torrefiel camino de Benimaclet. En estos barrios aún existen bares como los de antes, de fútbol y pelotazo de Magno, bares anteriores a la tapa de diseño o al horario estricto, a los que la gente se sigue acogiendo como a una verdadera casa, la otra está muy llena, talleres en bajos renegridos donde sólo caben dos coches (el resto se desparrama por las calles de todos) y negocietes en los más diversos grados de viabilidad. Antes de llegar a Alfauir —frontera ponentina del Califato— compro pan de semillas en la panadería gallega San Brandán y observo que en las fincas nuevas y un poco pretenciosas de toda una calle, nacidas bajo el furor y fulgor del ladrillazo, los pisos siguen en venta.

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