Un titular de este periódico del pasado miércoles afirmaba que «la riqueza por habitante cae un 8% en los últimos 10 años en la C. Valenciana». En principio, el titular produce extrañeza puesto que estamos cansados de oír que esta región va, económicamente, viento en popa. Pasada la sorpresa, uno echa cuentas, repasa lo poco que sabe de estadística económica regional y la sorpresa se convierte en una reflexión un tanto amarga.

Resulta que no somos ni estamos donde creíamos estar hasta hace unos meses: no somos más ricos. Somos, ahora, menos ricos que hace unos años: hemos retrocedido económicamente, en lugar de avanzar, como los políticos decían y casi todo el mundo creía. Se tiene la sensación de haber sido engañado. De todas maneras hay que matizar que esta disminución de la riqueza no se ha producido por igual entre los valencianos: algunos, pocos seguramente, son más ricos; otros, muchos, están más o menos igual; finalmente, otros, bastantes, están peor. Y los que están peor se pueden conocer. Hay el doble de parados que hace tres o cuatro años. Se estima que el paro ha crecido en unas 300.000 personas en los últimos tres años y el total de parados se aproxima a los 600.000. Parece claro que un parado cobra menos que cuando estaba trabajando. Sus ingresos han descendido bastante más del 8% que señala el promedio regional: unos porque ya han agotado el período de cobrar el paro y no cobran nada, quizás un subsidio. El resto porque sólo cobran una fracción de lo que ganaban trabajando. A estos parados oficiales hay que añadir los empresarios y autónomos que están ganando menos que hace unos años y, sobre todo, a los que han bajado la persiana y cerrado su negocio. No tengo ni idea de cuántas personas integran este colectivo, pero sospecho que se pueden contar por algunas decenas de miles. Todos estos conciudadanos se han empobrecido sensiblemente. Y si estas cifras de conciudadanos empobrecidos les parecen escandalosas, ya que posiblemente afecten al 25 o 30% de la población valenciana, se viene a añadir la reducción de salarios de los funcionarios que incrementa estos segmentos de valencianos que tienen menos renta, es decir, que ganarán menos, en términos absolutos, que el año pasado. La cuestión que preocupa a la gente es: ¿Cómo podemos salir de esta situación? Porque la percepción general es que este estado de cosas va a durar, si es que no empeora. El escepticismo y el pesimismo es el estado de ánimo dominante. Se desconfía de quienes se supone deben arreglar esta situación: los gobiernos. En nuestro caso, el Gobierno de España y el Gobierno valenciano.

Quizás sea útil ver cómo hemos llegado a esta desagradable situación. La riqueza de una región, en la nuestra, se produce mayoritariamente dentro de las empresas. Lo que ha pasado es, en gran parte, que muchas de las empresas valencianas han perdido mercados, se han convertido en menos competitivas, han sido desplazadas por otras foráneas, sus técnicas, o sus productos, o sus costes, no se han mejorado lo suficiente…, en fin, que han dejado de ser competitivas. Por ello, algunas han reducido su producción y la plantilla, otras se han trasladado a otros países y, finalmente, otras simplemente han cerrado y despedido a sus trabajadores. Tal como están las cosas, muchos ciudadanos esperan que los políticos en general, y los gobiernos en particular, arreglen la situación, como ya he dicho. Pienso que esta esperanza no se compadece con las habilidades, capacidades y posibilidades de los gobiernos —el de España y el de Valencia—. Pienso que poco pueden hacer para que se invierta el proceso actual en el que cada vez hay menos empresas. Desafortunadamente, los gobiernos no tienen los medios, ni saben qué hacer, para que un numeroso grupo de ciudadanos decidan emprender un negocio, lo hagan y tengan éxito. Y con ello se produzcan más bienes y servicios, se contrate a más personal, se paguen más impuestos…

En estos momentos, las medidas que los gobiernos pueden tomar para frenar la desaparición de empresas son muy pocas. Pero algo pueden hacer, por ejemplo, pagar puntualmente las deudas que tiene con las empresas. Muchos ayuntamientos valencianos deben mucho dinero a sus proveedores —que son empresas particulares con una nómina por pagar—. Si cumplieran escrupulosamente estos compromisos, se aliviaría la situación de estas empresas. Lo mismo se puede decir de las conselleries y de las diputaciones y de las empresas semipúblicas. Y lo mismo en relación con el Gobierno de España.

La situación nuestra es, aparte de delicada, nueva. No nos habíamos visto antes en una situación en la que nuestra riqueza se estuviera reduciendo y percibiendo que esta reducción va a continuar en los próximos años. Usted pensará que soy pesimista. Disculpe. Quizás aún esté sufriendo los efectos del poniente del lunes: 40 grados de temperatura son muchos grados.