08 de octubre de 2010
08.10.2010

Las primarias

08.10.2010 | 07:30

Emili Piera

El Partido Popular debe de estar muy arrepentido de haber presentado el proceso de elección de candidatos socialistas como un episodio más del «guirigay socialista». Escu-cho, de vez en cuando, alguna declaración de Artur Mas y usa el mismo epíteto para el tripartito. La derecha —catalana o española— sigue teniendo nostalgia del mando único y la encíclica papal, pero gracias a las primarias, casi todo el mundo le ha puesto cara a quienes hasta hace poco eran, para la inmensa mayoría, honorables desconocidos. El anonimato es muy fecundo para el alma, pero funesto para un político. Quienes tenemos sentido escénico —el político lo tiene— sabemos que al calor de un público, ofrecemos, por instinto, nuestro lado bueno. Como Sara Montiel, sí.
Así es como sé que el madrileño Tomás Gómez es un tipo de cabeza resuelta y un poco acerada que sonríe con cierta limpieza. A Manuel Mata lo veo más gesticulante y bronquista, me gusta su estilo deslenguado con fundamento y sí, le conozco ¡Y eso que ha perdido! Joan Calabuig, el futuro rival de Rita Barberá, es un tipo más centrado y correcto y ha ganado honrosamente, lo mismo que Jorge Alarte, quien también ha aprovechado la ocasión para lucir palmito. Lo único que Mariano Rajoy puede alegar como mérito es que ha perdido dos elecciones generales y que le señaló con el dedo de nombrar el rencoroso de Georgetown.
Las razones del pasado pero reciente anonimato de tan señalados aspirantes son muchas y complejas pero una de ellas es la propia naturaleza eclesial, cerrada, cooptativa de los partidos. Nuestra democracia no es capaz de funcionar sin partidos del mismo modo que no podemos movernos sin bancos ni inmobiliarias. La derecha universal atraviesa una fase desbragada y sin cauciones y no da ni agua a sus adversarios. Canal 9 se ha pasado años sin sacar a Alarte y en sus informaciones, como diría Orwell, no procura que hechos y relatos mantengan alguna relación, ni siquiera «la propia de una mentira ordinaria». Las primarias son como el adulterio: corrigen a los partidos y a los matrimonios.

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