23 de octubre de 2010
23.10.2010

Malo es pedir

23.10.2010 | 07:30

Emili Piera

A nosotros nos pasa como a Angela Merkel, pero con menos presupuesto: que pensamos, la cancillera lo ha dicho, que «se les pide muy poco a los inmigrantes». Eso siempre lo han dicho las señoras: que el servicio ya no es lo que era, incluso que nunca fue lo que era. El hecho de que algunas señoras sean caballeros (y al revés) no cambia la cosa. En general, se les ha pedido poco a los inmigrantes, cierto, porque lo único que de verdad queríamos exigirles es mucho, una enormidad: que no estén y si están que no se noten y si se notan que no molesten. Como en El extraño caso de Charles Dexter Ward (Lovecraft)», lo ideal sería reducir al inmigrante a sus sales esenciales y guardarlos liofilizados en un tarro para recomponerlos con agua pura de río autóctono cada vez que los necesitemos.
Francia es un gran país y volverá a serlo: sólo una inmensa herida narcisista puede explicar que en una política llena de sabios (no necesariamente honrados) se haya elevado por encima de ellos Sarkozy, un cateto con alzas que se atreve con los gitanos porque no tienen a dónde ir. Ese mismo narcisismo, muy caro a los casi estados como Cataluña, permite que Josep Anglada sea a la vez católico, eso dice, y racista y haya votado el Estatut del tripartito. La popular Alicia Sánchez Camacho no quiere perder ripio y sale a vocear el peligro rumano. El único peligro rumano que conozco son sus grandes filósofos y dramaturgos: en la cima de la desesperación.
Comprendo que la mera presencia de quienes nos recuerdan, constantemente, en dónde podemos caer y el hecho de que ya no seamos los campeones de la segunda residencia y de la cocina tecnoemocional encabrite al Narciso que tenemos adentro. Hay remedio: basta con pensar en lo que aún tenemos o, mejor aún, con echarle una mano a quien tiene menos. Así es; a los inmigrantes se les pide muy poco: que trabajen más, en lo que nadie quiere, a ser posible sin derechos y por una birria de salario. Cuando lo que a todos nos gustaría, verdad, es exigirles que se integren en la gran corriente de cultura humanista que nos caracteriza.

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