30 de octubre de 2010
30.10.2010

Paja de arroz

30.10.2010 | 07:30

Emili Piera

Durante muchos años he visto quemar la paja del arroz sin mayores problemas, salvo el percance de algún conductor repentinamente cegado por los humos acres que envuelven y estrangulan la luz. A veces la revolución consiste en dar una vuelta completa a las cosas, las utopías y las modas y plantarse en el punto de partida. Así, acontece en no pocos ayuntamientos —y en otros puestos de mando— donde sirven, es un decir, los hijos de los últimos tributarios del Movimiento, aquel partido único que se estaba tan quieto.
Un amigo que sabe del asunto me dice que «de un modo u otro, habrá que volver a la quema controlada de la paja», mientras que otro amigo, agudo y flanêur, me manda por la red las fotos de las carpas ahogadas en las acequias y en la Bassa de Sant Llorenç por culpa de la paja. Ahora, con la suelta de las aguas, mejorará momentáneamente la situación, el agua diluye la materia orgánica y los peces ya no tienen que pelear con el resto de materia viva por el escaso oxígeno. Hasta una nueva cosecha.
Según parece, Bruselas compensa a los arroceros por las pérdidas ocasionadas por la fauna y por emplear productos menos agresivos contra las plagas. Y también por no quemar la paja del arroz (aunque no dice nada de retirarla). Afirman que no se quema para frenar el calentamiento global, unos, o para no molestar a la importante aglomeración urbana (y electoral) que es Valencia, otros. Ha habido quejas de los asmáticos, de los conductores, de estos y los otros.
No sería complicada la recogida organizada y comunitaria de la paja pero, ahí es nada: poner de acuerdo a unos cuantos arroceros. Los buenos propietarios de otrora eran ricos —y hacían vida de rentistas la mayor parte del año— con trescientas hanegadas: ahora para vivir así han de coger más tierra (en alquiler) y pasar de las quinientas hanegadas con resolución. Y el empobrecimiento nunca fue preludio de buenos modales y visiones generosas, sin contar que algunos son así de borricos de suyo.
«O sea —me dice el experto—, que habrá que volver a las quemas. Controladas».

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