03 de noviembre de 2010
03.11.2010

Melancolía en el horizonte

Alberto Soldado

03.11.2010 | 06:30

Pasarán siglos, centenares de siglos; las estrellas enviarán sus parpadeos de luz a la Tierra; la noche pondrá su oscuridad; el sol alumbrará cada nueva mañana . Y el hombre se preguntará dónde está la justicia.
—¿La justicia? —Querido amigo, la justicia es tan vaporosa como la verdad, o como la amistad. ¿Qué es la justicia?
Imaginamos un amanecer en el acantilado, absortos, solos, melancólicos. El ronco rumor de las olas estrelladas contra las peñas; el lucero que marcha a descansar arrebujado en los brazos luminosos del nuevo sol; una tenue brisa que parece empujar hacia el azul aquellos caprichosos cúmulos. Las nubes, ora lentas y pausadas, ora rebeldes y tormentosas —caminantes de los cielos las llamará Azorín— nos enseñan que la justicia es también inestable, fugaz, siempre distinta y siempre la misma.
Manel Arcos se ha adentrado en la historia del bandolerismo valenciano del siglo XIX, en un trabajo de método, de hemeroteca, de archivos y boletines, tal cual se publicó por los notarios de aquel tiempo. Pasiones desatadas, odios desbocados a trabucazos, venganzas consumadas entre nuevos ricos y desheredados de siempre. Y justicia de la autoridad. ¿Autoridad? ¿Justicia?
Siglo XIX, convulso, guerras y corrupciones; ladrones pobres que roban a los que tienen y ricos que exprimen a los exhaustos. Con unos, la autoridad y la justicia. Entre otros, sed insaciable de rebeldía, sometida, siempre dominada por la ley. ¿Qué ley?
El siglo XX consuma el drama español, liberadas incontenibles las pasiones enjauladas. Sangre derramada entre compatriotas, a veces entre hermanos y vecinos? Tragedia de un pueblo que apuntilla a compadres como estoquea toros.
Siglo XXI, soberbia de gobiernos que invaden lejanos países para derramar sangre inocente. Iluminados que creen, cegados por la soberbia, quién sabe si por el rencor, descubrir la razón contra la razón de tres mil años de conciencia sobre lo que construye y embellece y contra la tenebrosa presencia, incansable, de lo que destruye. ¿Es que lo tenebroso es luz? ¿Acaso la luz es tiniebla? ¿Quién soy si soy capaz de ver luz en la tiniebla y ver oscuridad donde todo es luz?
Pasarán siglos. Solos y melancólicos seguiremos acercándonos a la arena de la playa. Un volver eterno en busca de la verdad, de la amistad, de la justicia. Nubes vaporosas se acumulan en el cielo, ora lentas y pausadas, ora tormentosas. A nuestra espalda plateada, orgía de matarifes y fariseos, desenfreno de vanidades y mentiras. Todo falso. Allá caen los soberbios; aquí gimen quienes presumían de poderosos. Una vuelta, otra más, de la rueda de la vida.
Sólo los niños sueñan. Sí, puede que sólo los niños entiendan del gobierno de las gentes. Sólo con soñadores de la verdad puede construirse el bien. Cerca de uno, el niño juguetea en la arena, levanta la vista, mira allá donde el cielo parece juntarse con la tierra, y sonríe. El libro de Manel me ha llevado a la orilla de la playa.

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