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Opinión

Mi marido y sus complejos

Antonio Vergara

Las series españolas de televisión se superan a sí mismas casi a diario. Sus productores y guionistas son más veloces que los teletipos y los medios de comunicación. La técnica que siguen para elaborarlas consiste en ver los informativos de televisión (todos son iguales), leer las páginas de sucesos, escándalos y extravagancias, vigilar los procesos judiciales y dramatizar hechos históricos. Y como todo vale para conseguir audiencia, lo mismo les da hurgar malsanamente en la catástrofe del avión de Spanair que se estrelló en agosto de 2008 (hubo 154 muertos: y a sus familiares que les den) como retratar al rey, la reina, doña Letizia y el príncipe Felipe, cual si fuesen unos personajes extraídos de una comedieta bufa de Sazatornil o Antonio Ozores.

Por su indigencia intelectual y ética, la mayoría de las cadenas generalistas son una auténtica porquería. ¿O no? Viven de explotar lo más vil e ignaro de la condición humana porque no ignoran que muchos millones de personas teleadictas carecen de mecanismos de defensa ante tanta bazofia, manipulación e inmundicias varias. Algunas series, de actualidad eterna, podríamos decir —salvo las aprovechadas y morbosas— remiten en parte a las comedias cinematográficas de los años 60, los 70 y parte de los 80. No siempre por su temática, sino por su oportunismo y encuadramiento, fugaz, en la actualidad.

Hay numerosas películas de esos años en las que temas tabú y siempre de actualidad (infidelidades conyugales, homosexualidad, aborto, el marido cornuto, las obsesiones sexuales) o de rabiosa urgencia informativa (los Albertos y sus gabardinas, el potorro de Marta Chávarri filtrado a través de sus pantys, el triunfo electoral de los socialistas, el tráfico de influencias y la especulación, la evasión de capitales a Suiza, la expropiación de Rumasa) constituían la materia prima de filmes generalmente cómicos y excéntricos, firmados por Mariano Ozores, Pedro Lazaga, José María Forqué, Ramón Fernández, Ignacio F. Iquino o Pedro Masó.

En consonancia con la época y la censura correspondiente, hasta que a partir de 1977-78 el país empezó a ser más respirable (la portentosa raza hispánica ha logrado que hayamos regresado a no poder respirar entre tanta mangancia y políticos mentecatos), el tono de las películas era simpático, populista, picante como las revistas teatrales de Tania Doris y otras carnosas vedettes, y con porciones de astracanada. Un entretenimiento casi cándido, de cine de barrio, y a ratos incluso jocoso: El vikingo, Mi marido y sus complejos, No desearás la mujer del vecino, Por qué pecamos a los 40, Fin de semana al desnudo o El señorito y las seductoras. La sempiterna actualidad humana, destilada por el prisma de un humor ingenuo y en ocasiones retrógrado, pero de primera comunión, comparado con la zafiedad de 2010.

En fin, que ahora los cerebros de las series televisivas deberían inspirarse en nuestra estrambótica actualidad —tan coyuntural como perenne— para, renunciando a la fascinación enfermiza, el escándalo y el escarnio, producir mini series sobre del transplante de cabello de don José Bono, la sastrería Gürtel (corte y confección), el Extraño Caso de los Brotes Verdes o Zapatero y el País de Nunca Jamás. Siempre con buen talante y saludable escepticismo tragicómico. A la manera de Mariano Ozores o Ramón Fernández.

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